La culminación del proceso vital

Hay mucho que disfrutar a partir de los cincuenta

Xavier Serrano

Permite que en este periodo las relaciones afectivas, el placer del contacto, el disfrute de los sentidos y el goce de la naturaleza pasen a primer plano.

Si concebimos la vida como un proceso, algo que el premio Nobel Alexis Carrel gustaba de afirmar, la vejez es su fase final, porque en ella se produce la muerte.

A diferencia de lo que sucede en culturas tribales, donde el anciano es cuidado, venerado y consultado por su ecuanimidad y sabiduría, y vive acompañado hasta su despedida final, en nuestra narcisista sociedad occidental, en la que la muerte parece no existir y lo que cuenta es la productividad, la belleza estereotipada, el poder y la fama, los ancianos sufren un auténtico abandono social.

La condición de “viejo” es un estigma que, acompañado de unos cambios físicos que los trucos cosméticos o quirúrgicos no disimulan, cala en el psiquismo individual y conforma un prototipo social que parece abocado sin remedio a la soledad, la enfermedad, la incapacidad, la vida en una residencia y, finalmente, la muerte. Más que un proceso parece un camino hacia el abismo.

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Tampoco ayuda mucho cuanto se ha ido acumulando en la mochila a lo largo de la excursión vital: células oxidadas, órganos desgastados, ralentización circulatoria, músculos en estado de tensión crónica, reducción de algunas funciones cognitivas y del sistema inmunológico, embrutecimiento perceptivo...

Sin embargo, a menudo ignoramos que ese estado puede ser fruto de una dinámica infantil determinada, de una educación carente de afectos, represiva y generadora de distrés porque no respeta los ritmos naturales, que se agudiza en la adolescencia, y que culmina en la configuración de un patrón de organización de la estructura personal tendente a la neurosis, la disociación y la patología, características que marcan la forma de relacionarnos y de funcionar en la juventud y la madurez.

El resultado de todo este proceso no tiene por qué ser la insatisfacción, el dolor y la enfermedad. Conocer la realidad nos permite cambiarla, tanto con medidas directas como con medidas preventivas.

Tienes media vida por delante: aprovéchala

Lo que se considera envejecimiento comienza en torno a los cincuenta años y puede terminar sobre los cien. Media vida: demasiado tiempo para no darle la importancia y dedicación que se merece. Y no solo para vivir más años, sino para hacerlo con dignidad, calidad, satisfacción y bienestar en el amplio sentido de la palabra.

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Sin embargo, la realidad es que muchas personas, durante su vejez, ven empeorar las ya difíciles condiciones sociales en las que vivían y se ven abocadas a la marginación, la soledad y numerosas carencias. Aun así, y contrariamente a la tendencia general, algunas personas pueden experimentar durante su envejecimiento una mayor alegría interior, más satisfacción, capacidad de afecto y disposición para encontrar facetas nuevas y creativas.

Esto se debe a que en esta etapa puede darse un fenómeno propio: se reblandece el sistema defensivo, la coraza caracteromuscular, lo que reduce ese estado de atrofia general, despertándose la ternura, la creatividad y la alegría.

El motivo es simple: el narcisismo deja de tener sentido. Ya no se persiguen objetivos de logro y desaparece el afán compulsivo de sentirse productivo, no se necesita ni reconocimiento, ni dinero, ni aparentar. La conciencia de la temporalidad, junto a la reducción de ciertos rasgos de carácter –fálicos, histéricos, compulsivos...–, hacen el resto. Es pues un momento vital donde lo inmediato cobra protagonismo.

Vivir el sexo intensamente después de los 50

Recuerdo un caso muy curioso. Ramón tenía 67 años cuando vino a mi consulta. Quería que le diera mi opinión sobre lo que le estaba sucediendo.

Toda su vida había sufrido de impotencia eréctil secundaria y nunca lo había superado. Estuvo tomando Viagra durante unos años, pero lo dejó al desaconsejárselo su cardiólogo. Empezó a relacionarse con una mujer bastante más joven que él, Amparo, y desde el primer día disfrutó del sexo con erección. Había dejado de sufrir impotencia. La única explicación que vimos fue que esa había sido la primera vez que, de verdad, no tuvo miedo a perder la erección.

No pensaba que su relación fuera a ser sexual; la primera vez fue algo tan espontáneo que no se lo esperaba. Fue tal la pasión que sintió que no pensó en nada más. Dejó que todo fluyera.

Me lo contó emocionado: estaban en una pequeña cala; habían ido a cenar unos bocadillos y a darse un baño. Las pocas personas que quedaban se fueron yendo, y allí, solos, mirando la luna, Amparo se acercó a él y lo besó. Hicieron el amor y ambos disfrutaron plenamente. Se dio cuenta de todo cuando ya había pasado, al descubrirse abrazados, tumbados, mirando la luna y escuchando el mar. Desde aquella experiencia había dejado de ser impotente.

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También me parece interesante compartir el caso de una pareja que vino a mi consulta para ver si podían disfrutar más de su relación. Llevaban seis meses juntos y los dos estaban sorprendidos porque experimentaban sensaciones que nunca habían sentido antes.

Ambos eran viudos y habían mantenido otras relaciones. Se conocieron en un curso de pintura. Juan tenía 74 años; Rosa, 66. Sus relaciones sexuales eran casi diarias, pero no se atrevían a decírselo a sus amigos o familiares por si pensaban que se echaban un farol o estaban locos. Me encantó ver que todavía deseaban sacarle más partido a la vida.

El primer paso: superar los prejuicios

Evidentemente estos ejemplos no sirven para sacar conclusiones generales. Es obvio que no es habitual que esto suceda, pero el hecho de que ocurra significa que es posible. Estas personas no eran especiales, pero estaban abiertas a la vida, habían abandonado prejuicios morales y se habían dado una oportunidad. ¡Qué enseñanza tan rica nos da la vida!

Tenemos la posibilidad de desarrollar algunas potencialidades propias del ser humano precisamente cuando, objetivamente hablando, disponemos de menos tiempo para ello y más mermados tenemos nuestros sistemas vitales.

Encarar la vejez con todas sus potencialidades nos permite tomar conciencia de lo que podría ser una forma de vivirla hasta el final, si ponemos en jaque ciertas tendencias que solo sirven para amargarnos y morir antes de tiempo.

Si aplicamos los atributos de la vejez saludable a nuestra juventud y madurez, viviremos esas etapas más intensamente y la última, de una forma todavía más plena.

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¿Cómo cumplir años con alegría?

Dejando de lado los tópicos, envejecer permite sentir la vitalidad y la posibilidad de ser libres.

He aquí algunas claves para recorrer este camino.

  • Tomar conciencia de que en la partida de ajedrez que se juega con la muerte, no solo no habéis sido vencidos, sino que tenéis más experiencia para seguir ganando.
  • Gestionar el tiempo en función de vuestro ritmo y necesidades para descubrir situaciones y relaciones nuevas: meditar, hacer ejercicio, mimar vuestros sentidos.
  • Disfrutar de la alimentación, mediante productos ecológicos y dietas sencillas.
  • Realizar actividades intelectuales y ofrecer vuestros conocimientos en tertulias o espacios docentes.
  • Permitiros expresar lo que pensáis y sentís.
  • Compartir afectos y emociones con vuestra pareja, hijos, sobrinos y nietos, con cualquier persona que surja.
  • La sexualidad, la capacidad de amar, nos acompaña durante toda la vida; el goce y el placer no siguen modelos ni esquemas estáticos.
  • Reivindicar vuestro derecho a una atención sanitaria global y humanizada, incluso en la gestión de vuestra última jugada.

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