Retos que no enfrentamos

Cómo escaparse de la trampa de las excusas

Los pretextos pueden ser una forma de mostrar respeto, pero en exceso agotan la confianza. Algunas excusas nos sirven de escudo para no afrontar los miedos.

Víctor Amat

Presidente de la Asociación Española de Psicoterapia Breve

Jules Renard dijo en una ocasión que el único hombre realmente libre es aquel que puede rechazar una invitación a comer sin dar una excusa. La afirmación puede resultar exagerada pero evidencia algo importante.

Y es que todos hemos recurrido a coartadas más o menos honestas para salir airosos de un apuro, pero la mayoría también hemos sido conscientes de cómo en ocasiones nuestro exceso de indulgencia llegaba a paralizarnos.

Reconozcámoslo: determinadas excusas nos impiden vivir con plenitud; ahora bien, ¿es posible dejarlas de lado?

Las excusas son las razones con las que justificamos comportamientos, fallos o errores. Socialmente adquieren una connotación negativa por el hecho de contener usualmente engaños o medias verdades. Ya lo cantaba Joaquín Sabina: "Me falta una verdad, me sobran cien excusas".

Pero una excusa también puede nacer fruto del arrepentimiento sincero, y ser, como tal, prueba de sabia humildad. Con estas justificaciones nos disculpamos u ofrecemos nuestras razones, tomando así consciencia de nuestros errores y excusándonos por el daño que hayamos podido causar.

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La relación que cada uno mantiene con las excusas es totalmente personal y fluctúa según el momento vital en que se halle. Igual de cambiantes resultan el uso y la aceptación de las excusas en función del contexto familiar, social y cultural: qué está bien visto y qué no, qué se espera de nosotros en el trabajo, con los nuestros...

Pero básicamente en lo que todos coincidimos, en lo que a excusas se refiere, es en haber sido a la vez víctimas y verdugos de sus trampas, tanto si hemos recurrido a ellas con alevosía como si nos hemos sentido estafados cuando alguien las utilizaba con nosotros.

La intención positiva de las excusas

La PNL (Programación Neurolingüística) propone la idea de que "todo comportamiento nace de una intención positiva". También las excusas se legitimarían por ese tipo de intención, que busca protegernos o brindarnos algo bueno aunque con ese comportamiento estemos perjudicando a otros.

Esa necesidad de supervivencia explica el éxito de algunos manuales y recopilaciones del tipo: "Las 100 excusas que necesitas para librarte de todo" o "Cómo crear una buena excusa adecuada a cada situación". Las justificaciones están vinculadas a la socialización, a la necesidad de ser reconocidos y amados.

Humberto Maturana, al igual que otros autores, defiende la idea de que los seres humanos somos hijos del amor y de la cooperación, por lo que solo podemos socializarnos a través de la aceptación mutua. Dicha aceptación conlleva, entre otras, una conducta de respeto hacia el prójimo.

Y ahí es donde cobran importancia las nociones de acuerdo, colaboración y reciprocidad, como también la necesidad de eximirnos o justificarnos que provocan las interacciones con "el otro".

¿Cómo es nuestra relación actual con el mundo? ¿Equilibrada? ¿Nos deben algo? ¿Estamos en deuda? Las excusas que pedimos, que damos y nos damos, traslucen aspectos singulares de cada uno.

Lo bueno de lo malo, si es que hubiera perjuicio en esas excusas, es que detrás de ellas casi siempre subyace un buen fin: pedimos o damos excusas para sentirnos mejor, cuidarnos, hacernos perdonar o protegernos de algo. Y lo malo de lo bueno es que el pretexto, que en principio nos alivia, puede también con su abuso convertirse en motivo de malestar.

Esto ocurre cuando acabamos aceptando como verdades lo que en realidad no son más que pretextos que lo que hacen es alejarnos de aquello que pretendemos. Se suele decir que los viejos hábitos son difíciles de erradicar, pero si logramos conectarnos con el poder y el efecto de los avances que deseamos quizá lo podamos conseguir.

Además, corremos el riesgo de que las personas que nos rodean acaben por cansarse de escuchar excusas poco genuinas para justificar nuestros fallos, especialmente si de algún modo sienten que con ellas traicionamos su confianza.

Uso y abuso de las excusas

En su teoría de las relaciones del self, Steve Gilligan firma que las personas, desde su más tierna infancia, necesitan recibir mensajes de aceptación y apadrinamiento para llevar a cabo su proceso evolutivo.

El apadrinamiento positivo consiste en dar y recibir mensajes de autovaloración ("existes", "eres único", "eres valioso") y de pertenencia al grupo, familia o sistema ("tu contribución es importante", "eres bienvenido", "eres uno de nosotros"). Cuando recibimos estos mensajes, alineamos nuestras acciones y pensamientos para que sean coherentes con ellos.

Pero si este tipo de mensajes falta o falla de algún modo, entonces la persona desarrolla otro tipo de comportamientos que le permiten conseguir esa misma plenitud y reconocimiento, aunque sea de manera disfuncional o a costa de provocar un efecto negativo. Sería el caso de quien intenta ser visto o reconocido por sus malos modos o su agresividad, o de quien se protege con comportamientos de evitación para tratar de ser "bienvenido".

Nuestra necesidad de reconocimiento nos lleva a utilizar las excusas como forma para obtenerlo, pero es importante darse cuenta de que emplearlas de modo compulsivo agota a quien las usa y a quien las recibe.

Una persona que tiende a justificarse en exceso probablemente acabará causando irritación en el otro.

Con cada excusa de más, su confianza y la nuestra disminuyen. Si además los eximentes a los que se recurre son deshonestos, tarde o temprano el otro advertirá el engaño.

No puedes contentar a todo el mundo

Muchas personas ocultan sus errores y defectos con la falsa creencia de que si no lo hacen dejarán de quererlas. Tras las excusas que se dan a los demás también puede hallarse el miedo a no ser querido.

Este fenómeno se produce con mayor intensidad cuando los mensajes de apadrinamiento han fallado, lo que provoca una necesidad de reconocimiento aun mayor. Se intenta entonces satisfacer a los demás por todos los medios y de cumplir con aquello que esperan (o que se cree que esperan) de uno mismo.

Todo ello puede dificultar el reconocimiento de los propios errores o limitaciones, así como de la capacidad para poner límites o para ser honesto a la hora de desaprobar explícitamente una propuesta u opinión por miedo a sentirse rechazado.

La necesidad de corresponder a los compromisos o de hacer lo que socialmente se espera de uno en cada contexto puede llevar a un exceso de cortesía que provoque un efecto contrario al deseado.

Estos sentimientos están íntimamente ligados a nuestra noción de identidad y a creencias limitadoras acerca de cómo debe ser nuestra relación con los demás. Se olvida así que resulta imposible y agotador pretender estar en el mundo intentando contentar a todos.

Ponernos excusas a nosotros mismos

Todos en algún momento de la vida nos enfrentamos a situaciones que suponen un desafío. Frente a estos retos, o incluso frente a la responsabilidad cotidiana de defender nuestras creencias, deseos o necesidades, podemos dudar de nuestra capacidad y valor. Y es ahí cuando empezamos a buscar justificaciones de por qué no podemos afrontarlos.

Las excusas que se da alguien a sí mismo surgen a menudo de su propio miedo a fracasar. Se posterga la acción o se elude la responsabilidad por temor al riesgo o a no estar a la altura, o por no tener la convicción de que el esfuerzo rendirá los resultados apetecidos.

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Se trata de "pensamientos dormitivos", en palabras de Gregory Bateson: cuanto más recurrentes son las excusas que se usan para evitar hacer algo, más se debilita la confianza.

La mente brinda todo tipo de explicaciones lógicas que justifican aquello que no podemos alcanzar y que no tardamos en aceptar como ciertas, pues a nadie se engaña tan bien como a uno mismo. Asociamos a ellas nuestras frustraciones del pasado, centrándonos en evitar el fracaso y con ello el dolor, y recordándonos que no somos tan buenos como quisiéramos.

Las excusas se yerguen así como un bálsamo frente al dolor que, pese a reconfortarnos en lo inmediato, nos debilita en nuestra carrera de fondo. Y es que, como escribió Fernando Pessoa: "Las derrotas más dolorosas son las de las batallas evitadas", de manera que lo que parecía ser la solución se convierte en el problema.

Pero, ¿qué pasaría si en vez de permanecer estancados decidiéramos empezar a dar pequeños pasos hacia nuestro destino? Incluso aunque alguna molesta voz interna nos reproche la osadía y nos empuje a no hacer nada.

Salir del círculo de las excusas

Wayne W. Dyer, creador del proceso "Basta de excusas" y del libro de ese título (Excuses Begone, 2009), recuerda que cada uno es responsable de su futuro y propone estrategias alternativas a estos pretextos balsámicos.

Las excusas que damos sobre lo que podría haber pasado si las cosas hubieran sido de distinta manera solo llevan a gastar energía inútilmente. El adagio popular "agua pasada no mueve molino" encaja perfectamente en lo que queremos decir.

Algunas personas justifican sus fracasos por pertenecer a una familia con pocos medios, otras achacan su infortunio a la separación de sus padres. Los más vinculan su mala suerte a problemas de personalidad o a su falta de carácter, incluso a su exceso de peso. Excusas del tipo: "si hubiera tenido más estudios", "si yo fuera más alto", "si tuviera más dinero", "si mi pasado hubiera sido diferente", consumen la autoestima y, además, no tienen remedio.

La vida nos da derrotas y bendiciones y, aunque a veces resulte difícil, es nuestra tarea encontrarle sentido a la existencia.

Las excusas no suelen ofrecer opciones de crecimiento, aunque pretendan protegernos del fracaso. Si queremos transformarlas en recursos deberemos legitimar dicha función actuando, en ocasiones, como si no escucháramos esas voces internas y, en otras, negociando con ellas y apaciguándolas.

Las excusas que cargamos a lo largo de la vida no solo hacen que perdamos las riendas de nuestro destino y las oportunidades del presente, sino que en un futuro nos pueden llevar a perder el tiempo preguntándonos qué habría pasado si hubiéramos reaccionado con más valor.

Enfréntate a las excusas: ¿te atreves?

Debemos animar a las personas a equivocarse, a probar las cosas antes de dominarlas, pues, como decía Shakespeare: «El buen juicio es resultado de la experiencia, y esta es, a menudo, resultado del mal juicio». Eso es lo que hacen precisamente las excusas: negarnos la posibilidad de experimentar.

Un buen ejercicio consiste en revisar cuáles son nuestras excusas más recurrentes para valorar, acto seguido, si nos están apartando de algo o de alguien, o bien si nos impiden pensar en algo o invertir nuestras energías en obtener mayores logros, como ser mejores padres, compañeros, emprendedores o cualquier otra cosa que pretendamos.

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Y si llegamos a la conclusión de que alguno de esos pretextos nos está perjudicando o nos impide hacer algo beneficioso para nosotros, entonces quizá sea el momento de afrontar los temores que se enmascaran detrás de ellos.

No decimos que sea fácil, pero existen formas de dejar esas excusas en el camino y poder andar más ligeros. Ya sea solos, acompañados o buscando ayudas externas.

¿Qué tal si nos entrenamos a equivocarnos cada vez mejor? Sin grandes ambiciones, sabiendo que así aprenderemos a "cómo hacer" y, otras veces, a "cómo no hacer", y que quizás encontremos la manera de excusarnos con honestidad y dignidad cuando nos equivocamos, puesto que cometer errores nos enriquece y nos hace estar vivos.

Anna Freud comparaba la existencia con una partida de ajedrez: "Las primeras jugadas son importantes, pero hasta que la partida no se termina quedan algunos hermosos movimientos por hacer". ¿Y si admitimos nuestras debilidades y dejamos de negarlas como si nada ocurriese?

Nuestro deseo es que las excusas nos sirvan para hacernos más libres, no para entorpecernos la vida.

Cuando excusarse ya no es útil...

Si excusarse a menudo buscando aceptación no rinde los resultados apetecidos, conviene hacer cosas diferentes.

Deja de defenderte y de justificarte si eso no funciona.

Muchas personas se sienten acosadas y, sin embargo, intentan ser reconocidas sin éxito. Agradece las críticas sin tomarlas como algo personal, especialmente si son cuestionamientos sinceros.

Acepta que no siempre se puede ser el "bueno" de la película

Puede que los demás te otorguen otro papel y que no puedas hacer nada para cambiarlo. En ocasiones, hay que aceptar que la percepción de los demás no depende de uno mismo.

Esto ocurre, por ejemplo, en situaciones de desencuentro, competición o tras una ruptura amorosa. No se puede pretender dejar una relación de pareja y que todos nos vean con buenos ojos.

Aprende a practicar el "no" si no se te da bien

Prueba a poner pequeños límites y observa si realmente dejan de "quererte" por ello. Empieza poco a poco y así desarrollarás esta nueva habilidad.

Si te sientes culpable, permítete experimentar la "culpa buena"

Se trata de un sentimiento habitual que surge cuando dejas de hacer algo que antes hacías para que te miraran bien. Y tiene una razón de ser positiva que te permite crecer a ti y al otro.

Dejar que un hijo cometa un error para que aprenda algo experimentándolo, o claudicar en una relación de pareja agotada son ejemplos habituales de "culpa buena".

Reconoce a los demás

Recuerda que es imposible obtener el reconocimiento del otro sin darlo. Eckhart Tolle dice: "Invita al otro tal como es, invítate a ti mismo tal como eres".

Observa que, curiosamente, el otro cambia cuando tú dejas de mantener tus viejas respuestas.

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