Ayudar es un arte

Cómo ofrecer ayuda a quien la necesita

La destreza que requiere el arte de ayudar se puede aprender y ejercitar. Todos somos capaces de brindar un apoyo constructivo y fructífero a otros seres humanos si nos lo proponemos desde la sinceridad y la tolerancia.

Desde que llega al mundo, el recién nacido experimenta lo necesarios que son los cuidados y atenciones de otros seres humanos, así como la protección física y afectiva que estos le procuran. Aunque con el tiempo ganará en independencia y podrá valerse por sí mismo, recibir ayuda es una de las primeras lecciones que le ofrece la vida.

Del mismo modo, no tardará en aprender que también él tiene capacidad para ayudar a otros, lo que fomentará su desarrollo, su madurez y, sobre todo, su sensación de competencia. También se dará cuenta de que, por muy autónomo que sea, su bienestar seguirá dependiendo de sus semejantes, de la dedicación y el apoyo que reciba del entorno. Sabrá que hay momentos para ofrecer y entregar, y otros para pedir y aceptar.

En la vida cotidiana, dar y recibir ayuda hace posible que las personas avancen y sus situaciones mejoren.

Escuchar a un amigo que tiene un problema, animar a la pareja cuando está triste, enseñar a un hijo algo que no sabe... son estampas habituales en las que alguien acusa una necesidad y otro la cubre de forma espontánea. Tanto ofrecer como solicitar colaboración son deseos genuinos, pero no siempre se es consciente de la actuación requerida por ambas partes; la misma que convertirá la ayuda en un proceso auténtico y positivo.

Los beneficios de ser altruista

Si bien se suele ayudar por motivos altruistas, resulta difícil no percibir algún beneficio a cambio, por mucho que este no fuera el objetivo primordial.

  • Ayudar a los demás nos hacer sentir necesarios, y nos recompensa con el placer y el orgullo de sabernos útiles ante nuestros semejantes.
  • Contribuye a fomentar la autonomía y el sentido de la propia competencia, a tener mejor concepto de uno mismo y elevar la autoestima.
  • Centrarse en los problemas de otros ayuda a relativizar los propios y a valorarlos en su justa medida.
  • Supone una fuente extra de satisfacción, actúa como un amortiguador ante los fracasos, rupturas o miedos en otras facetas, y mantiene elevados los niveles de entusiasmo y esperanza.

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Ayudar no significa controlar

Las relaciones de ayuda se basan en una desigualdad: una parte presenta un vacío y la otra un excedente que conviene no alimentar. Ayudar a alguien necesitado constituye una valiosa recompensa para la propia autoestima, pero también una trampa que puede llevar a creer que se detenta poder sobre la otra persona y se sabe mejor que ella lo que le conviene.

"Quien ayuda, no empuja con sus propias manos ni dirige de forma omnipotente, sino que ofrece herramientas y muestra la posibilidad de un camino de salida, aceptando que puede haber muchas otras formas de actuar", comenta la psicóloga clínica María Regás.

En ese sentido, es básico saber que ayudar implica también dar espacio a los demás para que encuentren la manera de cuidar de sí mismos, respetando sus decisiones. Y es que el impulso por aliviar el sufrimiento ajeno a veces lleva a querer dar más de lo estrictamente requerido, lo que puede convertirse en un obstáculo para la mejora y el cambio, amenazando la autoestima del receptor y favoreciendo la desigualdad. Para la psicóloga Gisela Carres: "Es mejor ayudar cuando así nos lo solicitan. Ofrecer ayuda a quien no la pide puede hacerse una vez en señal de educación, pero si la rehúsa es preferible no insistir. Una ayuda mal recibida puede entorpecer más que favorecer el proceso".

Ciertamente, pese a tener las mejores intenciones, se necesita medir la manera en que se va realizar la donación, así como su idoneidad. Una de sus finalidades principales es que resulte adecuada, para lo que será imprescindible no hacer por otro lo que él mismo es capaz de hacer y, en su lugar, proporcionarle recursos útiles. La empatía –la capacidad de comprender los sentimientos ajenos– es otro ingrediente fundamental en el intercambio; se ha de procurar no confundir lo que uno mismo necesita y lo que realmente precisa esa persona.

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Cómo ofrecer ayuda a quien la necesita

Es bueno que quien obtiene la ayuda la perciba como una muestra de apoyo, interés y preocupación, así como que se sienta valorado. De otro modo, es probable que la rechace. Este fenómeno suele darse a menudo en las relaciones entre padres e hijos o en la pareja. Si bien el acto de ofrecer ayuda se realiza como una manera de ser útiles y agradar a los demás, a veces la respuesta obtenida es la opuesta y, lejos de aportar beneficios, aumenta la desigualdad, pues se entiende como una restricción de libertades, como una usurpación de poder, o bien hace creer a quien la recibe que es incapaz y dependiente.

"Conviene priorizar y alentar la autonomía del receptor, solo así dejará de buscar asistencia y tendrá mayor confianza en sf mismo y deseo de mejoran", apunta Maria Regás.

Esto no significa que la ayuda nunca sea apreciada en sí misma, pero es preciso conocer la forma correcta de llevarla a cabo, sin incurrir en el error de relegar a quien está necesitado a una condición de mayor dependencia. Por eso resulta preferible la colaboración puntual y estimulante a la regular o rutinaria. No hay que olvidar que quien necesita ayuda debe enfrentarse al problema por partida doble: a aquello que le hace sufrir se suma el esfuerzo de reconocer ante otros que no puede resolverlo por sí solo.

Por lo general, las personas que están dispuestas a ser ayudadas responden favorablemente a quienes se es ofrecen. Pero en ocasiones no es asi. Unas veces por creer que pedir ayuda es sinónimo de falta de competencia o de debilidad, y otras porque se avergüenzan de lo que les está pasando o temen no ser comprendidas. "Por orgullo, por miedo o por vergüenza, muchos no se atreven a pedir ayuda. Pero, sobre todo, porque no están preparados para el cambio", añade Maria Regás. "Expresar un problema implica ser sincero con uno mismo y encarar aspectos dolorosos. Es el primer gran paso hacia la superación", concluye.

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7 pasos para pedir ayuda cuando la necesitamos

Está claro que abrirse a los demás y manifestar las propias necesidades de manera explícita no siempre es fácil de hacer, pero resulta tan valioso e indispensable como saber socorrer a quien tiene dificultades. Por un lado, significa reunir el valor necesario para empezar a afrontar aquello que preocupa (como ganar en autonomía y seguridad para afrontar otros desafíos venideros) y, por otro, permitir a los demás sentirse útiles y necesarios. Además, dejarse ayudar también tiene su recompensa afectiva: la de sentirse valorado y querido por el entorno.

7 claves para ayudar con eficacia

  1. Preguntar: ¿necesitas ayuda? En ocasiones, la desesperación por ver sufrir a alguien que nos importa puede llevar a abalanzarse sobre esa persona. Lo hacemos con el fin de evitarle más dolor, pero en la práctica lo que estamos haciendo es impedir que se exprese o incluso ahogarle aún más. La ayuda no se impone: se brinda. Los demás son libres de aceptarla cuando lo deseen o estén preparados.
  2. Buscar el momento y el lugar adecuado, reservando un tiempo en exclusiva para la otra persona. El simple hecho de estar con ella y transmitirle nuestra dedicación al cien por cien ya hará mucho bien, pues elevará su autoestima.
  3. Establecer una confianza. Es básica para que la comuni-cación resulte sincera y la cooperación dé sus frutos. Esto se consigue garantizando la confidencialidad de la ayuda: haciéndole saber al otro que no vamos a difundir lo que nos cuente ni le vamos a fallar.
  4. Mantener una actitud de escucha, es decir, abstenerse de empezar con un monólogo. Dejar que el otro se explique con tranquilidad y sin presiones. Es necesario que nuestro lenguaje corporal acompañe: mirar a los ojos y mantener una postura relajada reforzará el apoyo.
  5. Respetar los sentimientos. Hay que diferenciar los propios valores, creencias y sentimientos de los de la otra persona. Hace falta mucha objetividad, tolerancia y desterrar cualquier prejuicio o supuesto. La empatía surge entonces por sí sola.
  6. Dar consejos solo si nos los piden. Deberá ser un consejo libre, nunca imperativo, ni con ánimo de manejar al otro. Esto se logra emitiendo las recomendaciones desde uno mismo.
  7. Permitir la independencia. Una vez finalizada la ayuda, la otra persona debe tener la oportunidad de desenvolverse con libertad por sí misma.

La generosidad debe ser voluntaria

La predisposición es también clave para quien ofrece la ayuda. Uno debe plantearse la verdadera motivación que hay detrás de su impulso para poder mantener su propósito en el tiempo y responder al compromiso que conlleve. Por eso, antes de actuar conviene calibrar la situación personal.

Estar preocupado por otras cosas, apresurado o de mal humor, posiblemente deje poco espacio para atender los problemas ajenos. Tampoco conviene sentir que se ayuda obligado por las circunstancias o por no ser capaz de decir no, ya que eso niega uno de los principios de la ayuda: la generosidad voluntaria.

Cuando ayudar frustra o impide ocuparse de uno mismo, es preciso plantearse una manera de actuar más coherente, buscando un equilibrio entre las necesidades personales y las ajenas. La ayuda debe administrarse con criterio.

Conviene ser consciente de los propios límites, admitiendo hasta qué punto se puede colaborar.

El intercambio positivo es el que resulta provechoso y fortalecedor para ambas partes. En ocasiones, la ayuda puede convertirse en una coraza que oculta una asignatura pendiente con uno mismo. Hay personas que se dejan absorber por las demandas de otros, olvidando las propias.

"Centrarse en el mal ajeno puede hacer sentirse a una persona aligerada de su problema en tanto que no se enfrenta a él y no sufre, pues pasa a ser el espectador del sufrimiento de los demás. Esta actitud denota falta de confianza para abordar las propias dificultades", opina Gisela Carres.

El miedo a los cambios, la inseguridad o la soledad son factores que a veces llevan a mantener en el tiempo una actitud centrada en el dar, que no solo bloquea la posibilidad de recibir, sino también la de progresar individualmente.

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Dar y pedir: un equilibrio necesario

Dar y recibir en equilibrio

Recurrir a los demás para resolver cualquier contratiempo puede indicar que están fallando ciertos aspectos que sería adecuado trabajar con un profesional. Así lo afirma María Regás, quien considera que un comportamiento dependiente a veces esconde una baja autoestima, poca tolerancia a la frustración o miedo a la responsabilidad. La mayoría de las veces la ayuda no consiste en dar lo que se tiene, sino en alentar lo más valioso del otro.

El progreso de esa persona influirá en todo su círculo, teniendo efectos en cada uno de sus integrantes, que a su vez influirán en su propio círculo, y así de forma extensiva. La postura de dar, ofrecer y compartir es mucho más creativa que la de retener, guardar y bloquear lo que tenemos.

Igualmente, estar dispuestos y abiertos a recibir con gratitud la sabíduria y experiencia de otros ampliará nuestras posibilidades de crecimiento. Las relaciones de ayuda son, al fin y al cabo, una forma de compartir tiempo, emociones e ideas. Y, cuando fluyen adecuadamente, es difícil distinguir cuál de las dos partes ha salido más beneficiada.

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