Las claves del talento

Todos podemos tener talento: solo hay que potenciarlo

Paco Valero

El talento no es un don misterioso ni una inteligencia extraordinaria, sino resultado de unos hábitos que se pueden desarrollar. La práctica y la motivación son el secreto.

Hace tiempo una amiga me llevó al colegio de invidentes en el que trabaja como educadora. Allí me encontré con dos niños extraordinarios.

Uno tiene una memoria que le permite recordar lo que había en el menú de cualquier día de cualquier año desde que llegó. Le preguntas qué comió el 12 de diciembre de hace un año y te recita los dos platos y el postre de ese día; lo compruebas con el archivo de cocina y nunca falla.

El otro niño tiene un oído absoluto: es capaz de identificar una nota musical con solo oírla, sin compararla con otra. Cuando el profesor o quien sea comete un fallo al piano o con la flauta, el niño enseguida protesta como si fuera insoportable para él. Son dos ejemplos de un talento natural increíble.

Aunque cada vez se conoce mejor la morfología práctica y cerebral del talento, su génesis aún conserva zonas oscuras.

Estas habilidades extraordinarias parecen próximas a un don: son habilidades desarrolladas aparentemente sin esfuerzo y sin control de la voluntad. En el caso de los dos niños ciegos, así es, y están vinculadas a cierto autismo que padecen, como si enfocaran el cerebro en una sola dirección.

Sin embargo, la mayoría de los talentos que conocemos no son así. Si le preguntas a Rafa Nadal por el secreto de sus triunfos te dirá que no es otro que el entrenamiento y el trabajo duro.

Algo parecido a lo que dijo Aristóteles hace más de dos mil años: "La excelencia es un hábito". Lo mismo que repetía Charles Darwin: "Los hombres no se diferencian mucho en cuanto a intelecto, solo en ahínco y trabajo duro". O lo que aseguraba Albert Einstein: un genio es alguien que sigue trabajando cuando los demás abandonan.

Pero todos conocemos ejemplos de personas que han trabajado mucho en algo y no por eso han conseguido grandes metas ni se han convertido en prodigios. Y tal vez esa sea otra lección: no basta con tener una gran aptitud. Tiene que haber algo más.

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El talento: una inteligencia que triunfa

En la Antigüedad se consideraba el talento un don divino. Luego se habló de la "sangre". Más tarde se vinculó a la forma del cráneo, y así hasta llegar a los genes, la respuesta que tenemos hoy para casi todo lo que no acabamos de comprender, sea el cáncer o la inteligencia.

Y sin duda los genes deben de ser importantes, pero también sabemos que padres geniales han tenido hijos mediocres, y viceversa. ¿Es innato, pues, el talento? José Antonio Marina, autor de La educación del talento, no lo cree. Todo depende, según su criterio, de que la educación recibida sea certera o no.

Y lo explica con una imagen muy gráfica: la inteligencia, dice, se parece al póquer. En la vida y el juego nos reparten cartas que no podemos elegir: cartas genéticas y sociales en un caso, naipes en el otro, y en los dos casos hay cartas buenas y malas, pero en ninguna de las dos situaciones gana el que dispone de mejores bazas, sino el que juega mejor.

Marina define por eso el talento como la "inteligencia triunfante"; es decir, la que sabe elegir sus metas y alcanzarlas. Marina democratiza el talento, al situarlo cerca de la mayoría.

El talento debe multiplicar las posibilidades, ensanchar la libertad, facilitar más opciones.

Desarrollar el potencial de cada uno debería ser una vía de autoconocimiento y autorrealización. Es algo que requiere esfuerzo, sin duda, pero ese esfuerzo es parte del premio, porque como dijo Aristóteles: "solo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego".

Y como dice el psicólogo Mihály Csíkszentmihályi, estos prodigios se dan en ámbitos como la música, el ajedrez, el dominio de idiomas, deportes o matemáticas. No hay prodigios en moralidad o altruismo.

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La mielina y los ácidos grasos omega-3

Y lo mismo hizo Dan Coyle, autor de Las claves del talento. Este periodista norteamericano recorrió medio mundo para conocer de cerca lo que llama "semilleros de talento": un pequeño estudio vocal de Dallas que da más cantantes de renombre que cualquier otro; una islita del Caribe con un número increíble de buenos jugadores de béisbol; un club de tenis ruso de una sola pista que ha formado a algunas de las mejores jugadoras del mundo…

En su peregrinar, Coyle habló también con expertos en neurociencia. Y halló que todos los "semilleros" tienen un modo de funcionamiento parecido, un "sistema" basado en la práctica intensiva y la corrección de errores que incrementa los niveles de mielina de las personas.

La mielina es una capa aislante compuesta de grasas y proteínas que se forma alrededor de los nervios, incluyendo los de la médula espinal y el cerebro, y que permite la transmisión rápida y eficiente de impulsos a lo largo de las neuronas. Envuelve las fibras nerviosas y aumenta la fuerza, la velocidad y la precisión de la señal que se transmite por ellas a las neuronas y los músculos.

Es algo así como el ancho de banda de las telecomunicaciones: cuanto mayor, más rapidez permite y más conexiones se forman. Conexiones, por ejemplo, entre ciertos impulsos cerebrales y ciertos músculos en el ejercicio físico, o entre diferentes áreas cerebrales en la práctica artística, intelectual o científica.

Para el neurólogo George Bartzokis, profesor de la Universidad de California, es "la clave para hablar, leer y desarrollar habilidades del aprendizaje". Con ella creamos "circuitos" que automatizan procesos y mejoran el rendimiento. Cuanto más se activa el nervio, más mielina se crea y más rápida circula la señal.

La mielina explicaría, por ejemplo, por qué los bebés amamantados poseen un coeficiente intelectual más alto: la leche materna proporciona los ladrillos de la mielina. Su producción está vinculada también a los ácidos grasos omega-3.

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La verdadera inteligencia: al alcance de la mayoría

La excelencia, vienen a decir Marina y Coyle, cada uno a su manera, puede alcanzarse a partir de unas habilidades e intereses previos, que todos, o casi todos, tenemos.

A la misma conclusión ha llegado el venezolano Luis Alberto Machado, que cifraba los rasgos del talento en la curiosidad, el trabajo y la constancia. No hace falta ni tan siquiera una inteligencia extraordinaria.

Para medir la inteligencia de las personas se suelen utilizar los denominados test de inteligencia. Pero es un baremo que deja fuera aspectos tan importantes para medir el talento como la gestión de las emociones y las virtudes de la acción, la tenacidad, el esfuerzo o la resistencia a la frustración.

El psicólogo norteamericano Joseph Renzulli estima que con un coeficiente intelectual superior a 75 es suficiente para conseguir un alto desempeño en cualquier actividad. Lo importante, afirma, es la interacción exitosa de tres componentes: la inteligencia, la creatividad y el compromiso con la tarea.

El talento no puede medirse con ningún test de inteligencia porque es mucho más que el coeficiente intelectual.

Por eso, Robert J. Sternberg, profesor en Yale y presidente de la American Psychological Association, escribió el libro Más allá del cociente intelectual, donde se define la inteligencia exitosa como "la inteligencia que se emplea para lograr objetivos importantes".

Esta inteligencia se caracteriza, según se resume en La educación del talento, de José Antonio Marina, en las siguientes características:

  • Las personas con talento no dependen de motivaciones externas; se automotivan.
  • Saben decidir en qué ocasiones es mejor perseverar y en qué otras es preferible cambiar de objetivos.
  • Sacan el máximo provecho de sus capacidades.
  • Traducen el pensamiento en acción, llevan sus ideas a la práctica.
  • Se proponen objetivos concretos y se concentran en ellos, limitando la dispersión.
  • Tienen iniciativa y completan las tareas que asumen, sin dejar las cosas para otro día.
  • No tienen miedo al fracaso ni al ridículo.
  • No tratan de hacer demasiadas cosas a la vez ni tampoco demasiado pocas.
  • Tienen la capacidad de aplazar las gratificaciones.
  • Equilibran el pensamiento analítico con el creativo y el práctico. Saben ver el bosque y, al mismo tiempo, también los árboles.
  • Tienen una autoconfianza razonable y son independientes.

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¿Qué necesita la inteligencia para convertirse en talento?

El talento ha dejado de ser un don regalado por los dioses o entregado por los genes. Es más bien una potencialidad que se expande o no en función de lo que hacemos y cómo lo hacemos. Y por lo tanto, nos concierne a todos.

El secreto es trabajar las propias habilidades, desde luego, pero sobre todo trabajarlas con sentido. El psicólogo Mihály Csíkszentmihályi señala cómo estos talentos prodigiosos se dan en ámbitos como la música, el ajedrez, el dominio de idiomas, deportes o matemáticas. No hay prodigios en moralidad o altruismo.

Como le dijo el neurólogo George Bartzokis a Dan Coyle: "Todas las habilidades, todo el lenguaje, toda la música, todos los movimientos están hechos de circuitos vivos; y todos los circuitos crecen según determinadas reglas". Veamos algunas de ellas.

Motivación o entusiasmo

Es lo primero y más importante. Las personas con un talento básico, con una determinada aptitud física, intelectual o artística, se automotivan. Necesitan satisfacer su necesidad de mejora, de conocimiento, de destreza…

Desarrollar un talento es un objetivo a largo plazo y si carecemos del interés suficiente, abandonaremos.

Pero, a veces, esa motivación puede devenir tras un brusco cambio en la vida, como una pérdida o una crisis personal. Son momentos que pueden alimentar un proceso de mejora y que debemos aprovechar. Porque el talento es también, como dijo el cantante Jacques Brel, tener la necesidad de hacer algo.

Autopercepción adecuada

La idea que tenemos sobre nuestra capacidad para hacer algo o para enfrentarnos a algún problema es un condicionante para mejorar.

Según el famoso estudio sobre el "efecto Pigmalión", si se le dice a un profesor que determinado alumno, escogido al azar, tiene una gran capacidad de mejora, automáticamente el rendimiento escolar de ese alumno aumenta.

La explicación que se ha dado es que, por una parte, el profesor dedica más atención al alumno y, por otra, que el alumno mejora su rendimiento para no decepcionar al profesor y estar a la altura de la mejor percepción que tiene ahora de sí mismo.

Objetivos elevados para la mejora continua

Las metas que nos propongamos han de estar más allá de nuestras habilidades actuales y ser claras, específicas.

Un talento tiene que ejercitarse siempre. Incluso los mejores pianistas pierden facultades cuando dejan de practicar. La excelencia es un camino, además de un objetivo.

Los errores como aliados

Nada hay más pernicioso para el desarrollo del talento personal que el miedo al fallo, el temor al ridículo o cualquier otra consideración parecida.

En los "semilleros de talento" la práctica está enfocada y orientada al error. Los movimientos de los ejercicios, musicales, deportivos o del tipo que sea, se ralentizan para detectar los fallos y adquirir así una percepción activa del funcionamiento de la habilidad.

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Creatividad y flexibilidad

El mundo es cambiante y necesitamos un talento flexible, que posibilite aprender continuamente. Es una característica que adorna a las personas con talento, al igual que la de ser creativos.

Pero las dos se pueden aprender y practicar, porque estamos preparados biológica y evolutivamente para encontrar posibilidades en la realidad.

Concentración

No se trata de practicar muchas horas, sino de poner en ello cuerpo y alma. Dan Coyle cuenta el caso de Clarissa, una niña que tocaba el clarinete. Carecía de oído musical y ponía escaso interés.

Hasta que una mañana quiso aprender una melodía que le gustaba. La escuchó varias veces y luego intentó tocarla. Empezaba y paraba una y otra vez, detectaba las notas equivocadas, volvía atrás y enmendaba el error; miraba la partitura con los ojos entrecerrados, repetía las notas en su cabeza, las tarareaba e intentaba llevarlas a la práctica. Siempre a un ritmo lento.

Sonaba mal y cualquiera podría pensar que era un fiasco el aprendizaje. Sin embargo, así es como preparan los músicos profesionales los conciertos. Clarissa estaba totalmente entregada y en el vídeo que estudiaban los psicólogos para el estudio que reseña Coyle se la puede ver dando un gran salto en su aprendizaje, no en meses, sino en menos de seis minutos.

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