Evitar la triangulación

Cómo proteger a los hijos de los conflictos paternos

Sergio Huguet

Los progenitores deben dejar a un lado la frustración y recordar que parte fundamental de su labor es proteger al pequeño de conflictos que no le son propios.

Casi todas las parejas se enfrentan, en un momento u otro de la relación, a una manifiesta falta de recursos y habilidades para gestionar sus conflictos.

Por eso, algunas parejas no encuentran el modo de abordar con éxito sus divergencias y, sin embargo, permanecen juntas más tiempo del que hubiesen deseado, a pesar de la falta de armonía y de la tensión existente entre ambos.

Cuando una pareja se divorcia –o mantiene una relación frágil e inestable–, puede inmiscuir en su conflicto a una tercera parte inocente: el hijo. Esta maniobra tiene consecuencias nefastas para el desarrollo emocional del niño.

Muchas de estas parejas, al sentirse desbordadas y confundidas por las dificultades que experimentan en esos dolorosos momentos, abren su relación, su conflicto, a terceras personas, fundamentalmente a los hijos, convirtiéndolos en parte activa de una dinámica conflictiva que no les corresponde. De esta forma, un problema que atañe exclusivamente a los dos, a la pareja, se hace extensible a la tríada que forma la pareja y el hijo.

¿Qué es la triangulación de un conflicto?

Se trata de una situación en la que los padres intentan ganar, contra el otro progenitor, el cariño de su hijo. Es una forma de enfrentamiento en la que cada miembro de la pareja busca soporte en los hijos, como el náufrago que busca un salvavidas al que aferrarse.

El mal momento que están pasando les impide ser conscientes de las implicaciones, a veces muy graves, que su conducta tiene para la tercera persona implicada, sobre todo cuando se trata de un hijo, sometido a una intensa lucha de lealtades. En estos casos, decimos que la pareja ha “triangulado” al hijo, lo cual puede llegar a dificultar de forma importante su desarrollo emocional.

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La triangulación es una experiencia muy compleja y difícil, especialmente cuando el hijo es de corta edad, pues a menor edad, menores son también los recursos para sostener la tensión psicológica que le produce esta situación.

Los padres somos los responsables de mantener a nuestros hijos al margen de los conflictos de pareja.

Un hijo necesita a ambos progenitores en la misma medida y, cuando se ve implicado en el malestar de cada uno de ellos, experimenta una intensa ambivalencia, ya que quiere y teme, en la misma proporción, ayudarles. El temor se despierta cuando intuye que el apoyo a uno de los dos le puede llevar, irremisiblemente, a perder al otro.

En algunas triangulaciones, uno de los progenitores puede insistir tanto en el hecho de que el padre o la madre no cumple adecuadamente con su rol que el hijo termina por asumir las funciones del progenitor cuestionado. Es así como el hijo se involucra, adoptando un rol protector con el progenitor que hace de víctima y rechazando al otro.

Se establece entonces una coalición, una proximidad de afectos e intereses con uno de los padres y en contra del otro.

¿Cómo dejar de poner a los hijos en medio del conflicto?

Esto es justamente lo que le ha ocurrido a Mario: un padre de 46 años que, tras veinte años de vida en pareja –una relación que fue frágil y difícil durante mucho tiempo–, ha decidido finalmente separarse. La pareja está de acuerdo en cuanto al deterioro de la relación, pero su mujer no le perdona que haya sido él quien haya tomado la iniciativa de poner punto final. Tienen un hijo de 9 años.

Aunque se han separado como pareja, no lo pueden hacer como padres, y deberán seguir relacionándose durante mucho tiempo para llegar a acuerdos sobre la educación del niño.

Como no han podido dirimir sus desavenencias y llegar a una despedida armoniosa, han dejado la relación con importantes asuntos inconclusos, que salen a la luz cada vez que necesitan negociar cualquiera de las cuestiones que atañen a su hijo. Finalmente, y como consecuencia de esta situación, la madre se niega a mantener cualquier tipo de trato con el padre.

Aunque esto es doloroso para Mario, lo que realmente le preocupa –y es el motivo que lo ha llevado a la consulta– es que su hijo ha comenzado a mostrarse muy a disgusto con él y a decir que su padre los ha abandonado a los dos, que ha dejado sola a mamá, que lo que papá quiere realmente es buscarse a otra mujer, que no quiere pagarles nada de dinero…

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En un primer momento, Mario quiso preguntarle a su hijo si eso era lo que le había dicho su madre: estaba convencido de que su expareja estaba poniendo a su hijo, más o menos intencionadamente, en su contra. Este asunto le enfurecía pero no podía abordarlo con su mujer porque ella se negaba a mantener cualquier tipo de contacto, por lo que solo le quedaba la opción de confrontar con el niño esa información para poder rebatirla.

Afortunadamente, Mario intuyó que interrogar al niño con la intención de replicarle sus creencias no era lo más adecuado para ninguno de los dos. Ese fue el motivo que le llevó hasta la consulta de un terapeuta: necesitaba orientación.

Después de un tiempo, Mario entendió que lo mejor que podía hacer por el bien de su hijo era mostrarle su amor manteniendo una actitud totalmente respetuosa con las creencias del pequeño. Se trataba de que su hijo percibiera que su padre no participaba en el juego de ganarse su aprecio colocándose en contra de la madre.

El amor por su hijo implicaba poner a salvo el vínculo que tenía con su madre y no someterlo a una lucha de lealtades.

La clave no estaba en convencerlo de que mamá mentía, sino en mostrarle abiertamente su afecto, en demostrarle su amor incondicional y asegurarle que siempre estaría a su lado. Hacerle ver que él no estaba enfadado con su madre ni, mucho menos, con él por pensar de esa manera, por más que se sintiera en profundo desacuerdo.

Es muy importante tener en cuenta que la paternidad –el acto de cuidar, educar y, en definitiva, amar a un hijo– implica ser capaz de protegerlo de los conflictos que no le son propios; estar dispuesto, cada vez que miremos al niño a los ojos, a dejar de lado la frustración que se pueda sentir con la pareja.

Si somos fieles a esta actitud, con el tiempo conseguiremos que nuestros hijos sean capaces de reconocernos y agradecernos el hecho de haber sabido protegerlos de una experiencia tan estresante como la que se produce en la triangulación.

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