¿Te cuesta tomar decisiones?

Decidir es crecer: cómo hacerlo mejor

La indecisión nos afecta a todos en distinta medida, pero puede convertirse en una limitación paralizante cuando alcanza cierta magnitud o afecta en exceso.

Diariamente se nos brinda la oportunidad de tomar decisiones acerca de diferentes posibilidades.

Puede tratarse de resoluciones pequeñas y cotidianas o bien de elecciones que cambian el rumbo de nuestra vida.

Dedicar un tiempo a la reflexión y el reposo de las ideas es útil y necesario; no obstante también lo es aceptar que, en ocasiones, es preciso asumir cierto riesgo para avanzar y superarse con los cambios.

Una educación óptima ha de fomentar tanto las decisiones rápidas como la reflexión, la libertad y la responsabilidad de decidir.

Una buena formación personal exige reconocer y ser consciente de los problemas así como de las posibles vías de resolución, permitiendo luego a la persona asumir la responsabilidad de tomar sus propias decisiones.

El beneficio de la duda

Es necesario dedicar un espacio a la reflexión y a la duda, y también dar un tiempo a la situación para que madure por sí misma.

Tan importante es el resultado de las decisiones como el proceso previo que conduce a ellas, pues valorando y estudiando la situación se evita actuar por mero impulso.

En la sociedad actual subyace una urgencia por la pronta decisión: decidir y cuanto antes mejor se considera un valor deseable. En ocasiones suele preferirse un gestor rápido, independientemente de la calidad de las decisiones que tome.

El ser humano goza de la libertad para tomar sus propias decisiones y a veces esta puede consistir en no tomar ninguna de ellas.

Es preferible actuar con prudencia encontrando el momento adecuado y valorando las consecuencias de la decisión tomada, de manera que nos ayude a lograr los objetivos deseados.

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La indecisión como lastre para avanzar

A corto plazo una continua indecisión puede librar a la persona de la responsabilidad de tomar decisiones; no obstante, a largo plazo la indecisión mantenida implica preocupación y tensión interna.

De hecho, lo que más agota y estresa no es tanto el volumen o intensidad de las actividades realizadas sino lo que queda pendiente por resolver, aspecto que la mayoría de las veces depende de decisiones que debemos tomar.

Ese estado, si es continuo, merma la seguridad personal e imposibilita tomar una determinación para hacer cualquier cosa.

Es conveniente asumir la responsabilidad respecto a uno mismo implicándose en la toma de las propias decisiones. Eso nos convierte en sujetos activos de nuestra propia vida.

Si decidir resulta una labor costosa conviene tener en cuenta que ninguna decisión tomada ha de considerarse lo suficientemente rígida como para no volver a analizarla más adelante en función de las circunstancias.

Cuando la indecisión se convierte en un hábito puede generar:

  • Indiferencia y falta de ambición.
  • Dudas constantes.
  • Preocupación por los aspectos pendientes de resolver.
  • Tendencia a fijarse más en el lado negativo de las cosas, dedicando tiempo a pensar y hablar del posible fracaso en vez de concentrarse en los medios para alcanzar el éxito.
  • Dilación, posponiendo eternamente aquello que debería haberse afrontado hace tiempo.

Por otra parte, determinados factores pueden propiciar la indecisión y conviene tenerlo presente. Algunos de los más habituales son:

  • Objetivos difusos, contradictorios o poco realistas.
  • Estrategias o recursos inadecuados.
  • Situaciones novedosas no vividas previamente.
  • Se vive un momento inadecuado para tomar determinaciones.
  • Temor al fracaso.
  • Falta de confianza en uno mismo a la hora de abordar la situación.

¿Qué actitudes personales fomentan la indecisión?

Ciertas actitudes subyacentes pueden propiciar que la indecisión sea un constante compañero de viaje.

1. Ser excesivamente razonador

El ansia de seguridad así como el temor al riesgo pueden retrasar la toma de decisiones.

Ante determinadas situaciones y momentos, postergar la decisión para buscar más información o mejores alternativas puede ser lo adecuado. No obstante, si este proceso se dilata sin aportar nuevos datos puede generar un bloqueo.

Este surge cuando se pone tanto énfasis en el proceso de análisis que la persona se queda estancada en él. Lo adecuado sería optar por un punto intermedio en el que no haya precipitaciones o improvisaciones ni postergaciones innecesarias.

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2. Ser demasiado perfeccionista

Es posible hacer las cosas de una manera más adecuada o inadecuada, pero no perfecta.

El ansia por la perfección puede llevar a postergar continuamente la toma de decisiones.

3. Tener baja autoestima

Una constante indecisión puede ser producto de una falta de autoconfianza e inseguridad personal, otorgando así al tiempo el papel de decidir por uno mismo.

Confiar en las propias posibilidades abre muchos caminos y es la base para no dilatar innecesariamente la toma de decisiones.

¿Qué se esconde detrás del miedo al cambio?

En ocasiones inclinarse por una u otra determinación puede conllevar importantes cambios o consecuencias. Especialmente en estos casos decidir se torna más costoso si cabe, sea porque se tiene miedo al error o al cambio.

Tras el miedo se halla el deseo de acertar en la decisión tomada. La persona asume la responsabilidad de decidir y por ello en ocasiones pueden surgir miedos.

Es normal sentir cierta inquietud ante los desafíos que se presentan, lo preocupante sería vivirlos con indiferencia. En la toma de decisiones el temor puede ser un estímulo para la búsqueda de mejores alternativas ante los peligros o amenazas que pueden anticiparse.

Pero, si se instala obsesivamente en la mente de quien tiene que elegir, ejerce un efecto paralizante, lo que bloquea no solo su capacidad de decidir sino también la de razonar con claridad y actuar.

Al centrar la preocupación en los problemas o amenazas, es decir, en la posibilidad del fracaso, disminuye la concentración y la energía necesarias para la ejecución del proceso que conduce al resultado.

No es que el fracaso no se reconozca como una alternativa que en definitiva siempre está presente en cualquier decisión, sino que cuando se anticipa irracionalmente consume más energías que las acciones que deben ejecutarse.

Al tomar las propias decisiones surge una sensación de bienestar personal y autoestima. La persona siente que encauza y protagoniza su vida, asumiendo a su vez de forma responsable el riesgo a equivocarse.

La seguridad total ("todo controlado", "todo supervisado") no contiene en este sentido ningún aliciente. Es más rentable dejar cierto azar, incertidumbre y chispa en la vida.

¿Por qué es bueno decidir?

Es difícil conseguir logros importantes con la indecisión a cuestas. Superarla ofrece la oportunidad de crecer con los cambios y vivir nuevas experiencias.

Tras estudiar la situación resulta enriquecedor abrirse a lo inesperado y desconocido, aceptando cierto azar o incertidumbre inherente a toda decisión.

Al cuestionarse diferentes aspectos emprendemos cosas nuevas y tomamos el timón de nuestra vida, evitando que sea el azar o el paso del tiempo el que decida por nosotros.

Decidir ofrece así un poder gratificante. Tras la toma de decisiones la mente queda limpia de duda, libre para concentrarse en trabajar en la decisión tomada.

Una persona que decide razona sobre las acciones que cabe seguir, confía en sí misma y en sus proyectos, dedicando su esfuerzo y su energía donde es necesario.

Crecer es en definitiva una de las facetas más enriquecedoras de la vida, aparte de la ilusión que subyace tras la libre toma de decisiones. Es importante tener sueños, creer en proyectos, hacer planes...

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Las decisiones originadas con optimismo y confianza permiten aprender, conocerse y crecer.

Tal y como apunta Eileen Caddy, una de las fundadoras de la famosa comunidad de Findhorn en Escocia: "Los que no se arriesgan pueden evitarse el sufrimiento y el dolor. Pero difícilmente pueden aprender, sentir, crecer, cambiar, amar".

En la vida no se trata únicamente de tomar las decisiones acertadas, sino de qué actitud tenemos para afrontarla y de lo que hacemos con las opciones que la realidad nos presenta.

¿Cómo ganar confianza en la toma de decisiones?

El movimiento se demuestra andando. Todos sabemos tomar decisiones, pues incluso el hecho de no hacerlo por miedo o inseguridad ya implica una decisión.

En este campo lo óptimo es empezar por dar pequeños pasos:

  • Tómate el tiempo preciso para decidir reuniendo y analizando la información relevante.
  • Establece prioridades. La vida es un constante enfrentamiento a escenarios donde hay que tomar decisiones relacionadas con las prioridades. Lo esencial, siempre, es preguntarse: ¿para qué y por qué hago esto? Si se tiene una clara definición de las prioridades será más fácil definir una situación de indefinición.
  • Escribe las posibles opciones. Lo que no está escrito es fácil olvidarlo, al escribirlo puede recordarse, mejorarse y tenerse presente.
  • Divide los problemas grandes en pequeños problemas y afróntalos poco a poco.
  • Asume la incertidumbre, siempre implícita, así como la posibilidad de errar. Las personas que nunca se equivocan, generalmente es porque pocas veces toman decisiones.
  • Obtén el aprendizaje que todo error conlleva, haciendo uso de él en futuras decisiones.
  • Prepara planes opcionales. ¿Qué hago si sucede...?
  • Empieza por tomar decisiones menos trascendentes, o aquellas en que te sientas más cómodo y seguro (a nivel laboral, familiar...). Conforme ganes confianza, pasa a las que consideres más complicadas.
  • Mira al pasado. Contestándote cómo te fue cuando decidiste algo parecido.
  • No tomes decisiones para complacer a los demás sino por tu propio deseo. Para elegir bien hay que sentirse libre.
  • Una vez has optado por un camino continúa avanzando por él confiando en tu instinto de resolución.
  • Valora las oportunidades que contiene cada problema. Al permanecer indeciso siempre se encuentra algún problema o preocupación que impide avanzar; en cambio, enfocarse en los beneficios potenciales, viendo el "vaso medio lleno", permite ser más ejecutivo.
  • Felicítate y disfruta de cualquier pequeño avance.

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7 pasos en la toma de decisiones

  1. Definir con claridad la situación y el problema. Puede ser necesario dividirlos en varios.
  2. Determinar criterios, siendo conscientes de que las decisiones se han de corresponder con metas mayores y coherentes con los valores personales.
  3. Pensar alternativas, sin evaluarlas.
  4. Analizarlas, valorando sus implicaciones.
  5. Elegir una alternativa, aceptando la responsabilidad que conlleva y sus posibles imperfecciones.
  6. Implantar la alternativa seleccionada. Una vez tomada la decisión hay que ponerla en acción, esto a su vez puede exigir decisiones adicionales a medida que se avanza.
  7. Evaluar la efectividad de la decisión. Muchas decisiones pueden revisarse o adaptarse a nuevas circunstancias.

Lecturas para superar la indecisión

  • Supere la indecisión; T. Isaac Rubión, Ed. Grijalbo
  • ¿Cómo decidir mejor y más rápido?; Gordon Porter Miller Ed. Deusto
  • El arte de decidir; R. Riccardi, Ed. Macchi

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