Cómo vivir sin demasiado miedo ni excesiva esperanza

Aceptar las cosas tal cual son, sin dejar de creer que puedan ser mejores y asumir que el miedo no tiene el poder de controlar nuestros actos son las dos claves.

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Una máxima para gozar de una vida plena, atribuida a los filósofos estoicos latinos, esnec metu nec spe: "ni miedo ni esperanza".

Su origen parece ser un antiguo aforismo médico que afirmaba que, para curarse, no bastaba ni con la sola esperanza ni con el miedo, y animaba al enfermo a tener una actitud positiva y participar en su sanación, pero acabó definiendo un modelo de vida y una forma concreta de afrontar la adversidad.

Vivir sin miedo ni esperanza. Una ardua tarea que, aunque para muchos no sea asequible, sí merece al menos una reflexión.

Cómo vivir sin miedo

Suele tipificarse el miedo como un sentimiento negativo. Si nos domina nos paraliza, y llamar a alguien cobarde es insultarlo. El miedo parece, pues, algo que debe evitarse.

Pero si nos detenemos a pensar caemos en la cuenta de lo necesario que es para sobrevivir: si no lo sintiéramos no mediríamos correctamente los riesgos -físicos o emocionales- a los que nos enfrenta la vida, y nos pondríamos continuamente en peligro, a nosotros y los que nos rodean, con conductas temerarias.

Valiente no es quien no siente miedo, sino quien sabe superarlo. El héroe no es quien lo evita, sino quien lo domina.

La prudencia, siempre tan necesaria, no es más que un ejercicio adecuado de su gestión.

Por eso, el significado de la máxima quizá no sea tanto vivir sin miedo, sino encontrar la dosis necesaria; sufrirlo, pero controlarlo para que no sobrepase su justa medida.

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Cómo administrar bien la esperanza

Con la esperanza sucede lo contrario: se vive como un sentimiento exclusivamente positivo, y eso también constituye un error.

Cierto, sin esperanza no es posible la plenitud vital, hay momentos en que es lo único que justifica la vida, y la desesperación es la base de no pocas patologías mentales y desastres personales.

Por eso la esperanza en un futuro mejor, sea en otro mundo o en este, ha estado siempre en la base de las religiones, las revoluciones y cualquier otra ideología interesada por el desarrollo del ser humano ("Otro mundo es posible").

Ahora bien, la esperanza mal administrada también puede ser problemática: porque si el exceso de miedo lleva a la inmovilidad, el de esperanza conduce inexorablemente a la decepción.

Esperar demasiado, de uno mismo o de los demás, también provoca inmovilidad y frustración; ¡pero es que es tan difícil aceptar que no hemos llegado donde deseábamos llegar, que la pareja no cambie esos pequeños detalles que no nos gustan, que los hijos no hagan aquello que sabemos que es lo mejor para ellos...!

Idealizar y generar expectativas poco realistas parece ser una costumbre muy extendida, y eso conduce a vivir situaciones difíciles de asumir y que con frecuencia terminan en la desilusión o el desamor.

Por eso, si el miedo hay que dosificarlo con la pauta del riesgo bien medido, la esperanza hemos de administrarla combinando la ilusión con el ejercicio de un realismo coherente.

Por dónde empezar a ser más estoico

¿Por qué pues no ser un poco, solo un poco, estoicos?

La tarea, por supuesto, es difícil: implica nada menos que arriesgarse a actuar, pero hacerlo de forma prudente; empezar a aceptar nuestras limitaciones y las de los demás; ser capaces de amar lo que cada cual es y no lo que desearíamos que fuera, empezando por uno mismo.

Creer y no dejar de luchar por todas las posibilidades sin abandonar un sano escepticismo.

Aunque, en el fondo, quizá no sea tan complicado; quizá sea simplemente cuestión de ponerse manos a la obra y empezar haciéndolo con el método apropiado: nec metu, nec spe; sin dejarnos dominar ni por el miedo ni por la esperanza.

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