Curar el cuerpo desde la mente

El componente emocional de los síntomas físicos

Juan Pundik

¿Puede ser la salud corporal el objetivo de una psicoterapia psicoanalítica? Los sentimientos pueden ser causa de desequilibrios orgánicos y producir dolores.

La salud del cuerpo puede ser el objetivo central de una psicoterapia psicoanalítica; para mí lo es siempre. La persona que acude a la consulta llega con su mente y con su cuerpo, en el supuesto que alguien se atreva a distinguir dónde comienza el uno y acaba el otro. Mens sana in corpore sano, proclamó el poeta romano Juvenal; los psicoterapeutas deberíamos ser los herederos de este pensamiento.

Tres años de dolores de cabeza sin explicación

Era la primera vez que Ana acudía a mi consulta. Tenía 34 años y desde hacía tres padecía de unos dolores de cabeza intensos y persistentes que la habían llevado a la consulta de distintos especialistas, fundamentalmente neurólogos.

–Me han hecho escáneres, tomografías, resonancias magnéticas… con resultado negativo. En este tiempo, he tomado todo tipo de pastillas: analgésicos, antiinflamatorios, antidepresivos y antiepilépticos, pero los dolores de cabeza no cesan. Los padezco casi a diario, ya forman parte de mi cotidianeidad.

Pero hace poco asistí a una de sus conferencias y, al escucharle, fui consciente de que en mi terapia anterior nunca había hablado de este tema, ni siquiera lo había mencionado. Ocupé las sesiones hablando de mis padres, mi pareja, mis hijos... y pensé que mis jaquecas constituían un problema de ámbito estrictamente médico.

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Le pedí a Ana que me explicara cuándo habían empezado sus dolores de cabeza.

–Exactamente no sé, fue meses después de nacer Paula. Tengo dos niños, Pedro, de 6 años, y Paula, de 3. Les quiero muchísimo y han sido niños muy deseados. Les dedico el mayor tiempo posible, pero cuando me atacan los dolores de cabeza, pierdo la paciencia y me cuesta estar con ellos. En esos momentos, solo necesito recostarme, silencio y oscuridad.

¿Y el padre de los niños? –le pregunté.

Trabaja mucho –respondió–. En su empresa está muy bien considerado, ha ascendido rápidamente de responsabilidad en responsabilidad y cada vez se ve obligado a viajar más. Los fines de semana los pasa en casa y se ocupa mucho de los niños. Es muy niñero, se lo pasa muy bien jugando con ellos.

Las omisiones en terapia: fuente de información muy valiosa

–Además de los dolores de cabeza, ¿hay algún otro tema que pudiera ser importante y que hayas omitido en tu terapia anterior?

Ana se quedó pensativa y permaneció largo tiempo en silencio; entonces di por terminada la entrevista y la cité para el día siguiente.
–¿Mañana? –preguntó Ana sorprendida mientras se encaminaba a la puerta.
–¿Piensas seguir disfrutando de tus dolores de cabeza mucho más tiempo? –le pregunté.

Al día siguiente llegó con diez minutos de retraso. Se sentó sin mirarme a los ojos y permaneció en silencio un buen rato.

–He dormido fatal –dijo finalmente–. Hay un tema del que nunca he hablado en mis anteriores sesiones. En realidad, ayer se me pasó por la cabeza no venir más, sin avisar ni dar explicaciones, aunque no sea mi estilo. Entonces sentí impotencia y mucha rabia contra mí misma por no poder hablar del tema. Pensé que sería importante verbalizarlo, pues podría ser la causa de mi sufrimiento.

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Nuevamente el silencio. Después de un tiempo retomó la palabra.

–Cuando Paula tenía meses, todavía la estaba amamantando, volví a quedarme embarazada. Me angustié muchísimo. Sentí que el mundo se me venía encima y decidí abortar. Pedro intentó disuadirme, pero al verme tan mal, cedió. Me sentía cobarde y despreciable, pero incapaz de afrontar un nuevo embarazo, un parto, la casa, los compromisos sociales de Pedro. Después de la intervención me sentí peor. No podía mirar a Pedro, no me sentía en condiciones de atender a mis hijos.

Ana lloraba ininterrumpidamente. Cuando la noté más calmada, la cité para el día siguiente.

Llegó con retraso. Su rostro denotaba sufrimiento. Seguía sin poder dormir.

–Mi familia es muy creyente; si lo supieran, no me perdonarían. He mantenido siempre una cerrada oposición al aborto y he criticado abiertamente a quienes lo han practicado. Dejé de hablarme con mi hermana durante un año al enterarme de que lo había hecho.

Ana lloraba amargamente. Respondió a una de mis preguntas: no mantenía relaciones sexuales con su marido desde el aborto.
–Parece ser que las has cambiado por tus torturantes dolores de cabeza –le dije la cité para el día siguiente.

El efecto de sentirse culpable sobre el cuerpo

Llegó puntual. Se había arreglado y parecía relajada. Me miró a los ojos y me dijo que le parecía increíble haber podido explicar su experiencia.

–Preferiste transformar tu vida y la de tu familia en un infierno –le respondí–. Sacrificaste tus convicciones para dedicarte a tus hijos y tu pareja y, sin embargo, lo has pagado con ellos, con tu abstinencia sexual y con su consecuencia, tus jaquecas.

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Tres años han sido una condena más que severa y suficiente. Es hora de empezar a levantar todos los castigos, de darte un indulto, una amnistía. Hasta a los criminales se les da por cumplida la pena....

Los sentimientos de culpa pueden originar numerosas enfermedades autoinmunes: mente y cuerpo son indisolubles.

Poco a poco, Ana pudo perdonarse y recuperar su vida: reanudó la intimidad con su pareja, pudo atender relajadamente y con plena disposición a sus hijos, empezó a dormir mejor y, un buen día, se dio cuenta de que sus dolores de cabeza se habían espaciado tanto que ya habían desaparecido.

Los sentimientos de culpa patológicos no solo pueden ocasionar dolores de cabeza, como en el caso de Ana, sino angustia, estados depresivos e insomnio. También pueden ser la causa de gastritis y úlceras, de disfunciones digestivas y alergias, y de enfermedades autoinmunes, incluido el cáncer.

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