Fortalecer el vínculo con respeto y amor

Comprender a los adolescentes, ¿misión imposible?

Juan Pundik

No es fácil convivir con adolescentes. Sin embargo, hay que pensar qué margen deja la sociedad a los jóvenes para que expresen su energía en eclosión.

La adolescencia es un invento de las sociedades modernas. En las sociedades tradicionales no existía como tal. El sujeto pasaba de la infancia a la vida adulta, que se iniciaba con el aprendizaje de los trabajos domésticos, artesanales, del campo, artísticos, del mar, de los oficios o de la industria.

Pensemos en Romeo y Julieta, la tragedia de William Shakespeare que se ha constituido en una de las grandes historias de amor de nuestra cultura. A Julieta, de solo 12 años, se la considera una “muchacha casadera”. Y Romeo, en el momento del drama veronés, tiene 16 años.

En nuestra cultura, y seguramente como consecuencia del aumento de la esperanza de vida, Julieta sería una niña. Tendrían que pasar bastantes años hasta que se la considerase “casadera”.

La cultura ha ido introduciendo un intervalo de tiempo entre la madurez sexual y la edad en que se considera a un joven en condición de casarse; intervalo destinado a prepararse para el futuro, ya que no está en condiciones de trabajar e independizarse económicamente.

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Ese tiempo es una invención contemporánea y es lo que hemos denominado adolescencia, una etapa transitoria que puede alargarse artificialmente y generar problemas de convivencia por el choque crítico entre las características físicas y las pulsiones sexuales de la especie, que no han cambiado en miles de años, y los cambios sociales habidos con el paso del tiempo.

¿Por qué es tan difícil la adolescencia?

Incluso en las condiciones más óptimas, la adolescencia es una complicación en el proceso de estudio y aprendizaje. El orden, la higiene, la disciplina, los horarios… son frecuentes motivos de discusión.

La sexualidad sin resolver y la falta de una ocupación productiva son el verdadero problema para ellos, atrapados en un periodo entre la infancia y la adultez que hemos alargado artificialmente.

Entre los 10 y los 15 años, el cuerpo de niños y niñas es invadido por una cantidad de cambios visibles, invisibles e incluso desconocidos.

  • Una vez perdida la protección que sentían durante la infancia, hay adolescentes que intentan defender inconscientemente esa etapa mediante una actitud regresiva, negándose a avanzar, a continuar. Se niegan a estudiar y a aprender, con la fantasía inconsciente de que eso les permitirá mantenerse en la idealizada etapa infantil.
  • También hay adolescentes que, por el contrario, se defienden afirmándose contra su infancia y contra sus padres, rechazando las normas y los valores de estos e intentando crear los suyos propios en oposición a los de los progenitores.

En el pasaje a su condición de adulto, el adolescente se encuentra dotado de una sexualidad que no se le permite ejercer y que se le censura o incluso, en algunos casos, se le llega a prohibir. A esto hay que añadir un sentimiento de culpabilidad que la familia, la educación, la religión y la cultura han exacerbado.

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Sometida a estas presiones, la sexualidad de los jóvenes se transforma en una máquina productora de síntomas patológicos, acompañados de silencio y de prejuicios.

¿Cómo reducir la frustración adolescente?

No dispongo de una solución concreta para la sexualidad de los jóvenes, pero tengo claro que es necesario acabar con el silencio hipócrita, con la negación, los tabúes y prejuicios que pesan sobre la sexualidad de los adolescentes, porque es precisamente esta actitud ciega y sorda ante el tema la que fomenta conflictos psíquicos, fracaso escolar, actitudes contestarias antisociales y toxicomanías.

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Una cuidadosa información acerca del funcionamiento fisiológico y psíquico del sujeto, de su sexualidad y de la anticoncepción constituyen una asignatura pendiente, un aporte significativo y una medida preventiva importante. Si se llevara a cabo, podría incluso disminuir la elevada tasa de embarazos en menores de 16 años, con las dramáticas secuelas que conllevan.

Los detractores de esta orientación alegan que esta se constituiría en un estímulo generalizado para adelantar prematuramente la edad de inicio de las relaciones sexuales.

Mi experiencia me indica, sin embargo, que los jóvenes y, en particular, las jóvenes bien informadas, administran con mayor grado de madurez y cuidado su iniciación sexual.

En cambio, las que se ven abocadas a una historia de iniciación sexual sin haberlo pensado, sin habérselo propuesto previamente, sin tener claro su deseo, suelen ser justamente las más carentes de información sobre la sexualidad y la anticoncepción.

Tenemos a nuestros jóvenes condenados a la pasividad, a la dependencia económica, afectiva y social, durante su etapa más rica, más productiva, cuando su potencia intelectual, física y sexual están en pleno apogeo. Ese estado de frustración los desestimula y empobrece justo cuando están empezando a llegar a la vida adulta.

Reconozcamos el potencial de la adolescencia

Como señala el divulgador científico Ramón Núñez en un artículo:

  • "Galileo descubrió la ley del péndulo a los 17 años y formuló las leyes sobre la caída de los cuerpos a los 26.
  • Newton creó el cálculo diferencial, inventó la gravitación universal e imaginó la naturaleza de la luz antes de los 25 años.
  • El caso de Einstein es especialmente conocido: la que todavía se califica como última gran revolución de la ciencia tuvo lugar en 1905, cuando Albert, a los 26 años, publicó aquellos tres artículos en la revista Annalen der Physik.
  • Werner Karl Heisenberg propuso las relaciones de incertidumbre con 26 años.
  • James Watson tenía 25 en 1953, cuando lo de la doble hélice del ADN.
  • El primer invento de Edison fue a los 22 años…”

Pueden citarse docenas de casos parecidos de genialidad precoz, sin olvidar a los magnates actuales de la informática: por ejemplo, Steve Jobs y Stephen Wozniak tenían, respectivamente, 21 y 26 años cuando en 1976 crearon el primer ordenador personal de Apple.

Los adultos, ya en la declinación de nuestras energías, no estamos en condiciones de resolverles su futuro. Y a ellos, que sí tienen la energía, los tenemos psicológicamente disminuidos e impedidos.

Está pendiente una revolución por hacer en las ideas, la educación y la crianza. Acordarse de abordar la problemática en la adolescencia puede ser ya demasiado tarde.

La siembra comienza en el nacimiento, en el amamantamiento, en la estimulación temprana, en el amor, la ternura, en un hogar que genere seguridad y paz. Es una inversión de tiempo pero sobre todo de paciencia, de comprensión, tolerancia y calidad del vínculo.

La pubertad y la adolescencia son la época de la cosecha. Si hemos sembrado bien y cuidado de nuestros retoños, por nuestros frutos nos reconocerán.

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