¿Eres conformista y siempre cedes ante los demás? Lo que significa psicológicamente y por qué cambiarlo

Ceder siempre ante la voluntad de los demás para evitar conflictos puede tener un trasfondo psicológico que conviene analizar. Esta actitud, a la larga, dificulta sus relaciones sociales y nos deja más vulnerable al abuso.

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A muchas personas les cuesta reconocer sus propias necesidades e imponer ciertos límites y tienden a ceder ante la voluntad de los demás para adaptarse a lo que quieren ellos, sin tener en cuenta su propia voluntad. A veces este conformismo ocurre en todas las áreas y en otras ocasiones solo en algún área determinada (por ejemplo, es posible que alguien no tenga esta actitud en el trabajo pero que en el terreno afectivo la cosa sea bien distinta).

En los casos más extremos, la persona queda atrapada en este afán por adaptarse y contentar a los demás, lo que la aleja de sí misma, dificulta sus relaciones sociales y la deja más vulnerable al abuso. ¿Cómo salir de este círculo vicioso?

Qué hay tras la tendencia a ceder ante los demás

La tendencia repetida a ceder ante la voluntad ajena aunque choque con la suya propia parecería una buena estrategia para evitar el conflicto, contentar a los demás o ser uno más en el grupo. La experiencia, no obstante, nos indica que eso acaba complicándonos la vida.

¿Se trata de hipocresía o de incapacidad? En la base de este problema se esconde la propia inseguridad, que impulsa a buscar la aprobación social y acoge el miedo al rechazo y a no ser valorado ni tenido en cuenta.

De ahí surge, asimismo, el emperro por caer bien, por adaptarse a lo que se imagina que los otros esperan, por dar una buena imagen (amable, diligente, comprensiva, generosa, tolerante...).

De esta inseguridad básica surge también el miedo a defraudar las expectativas de los demás, a no dar la talla, y la falsa idea de que solo sacrificando las propias necesidades se logrará la valoración ajena.

Por qué expresar tus necesidades cuanto antes

Quien no defiende sus derechos ni expresa sus necesidades tiende a ir acumulando resentimiento por los agravios sufridos.

Una persona puede esperar que los demás comprendan por sí solos los evidentes sacrificios que ha hecho para que las cosas salgan bien. Pero los demás no parecen haber percibido sacrificio alguno ni tienen por qué darse cuenta de algo que nadie ha expresado.

Cuando el resentimiento y la rabia llegan a su punto máximo se puede acabar explotando en lo que se ha dado en llamar "efecto volcán".

Se puede decir entonces, de malas maneras, todo aquello que se ha venido callando, a veces durante años.

La reacción es sorprendente: unas personas se enojan; otras permanecen estupefactas pensando que el airado "se ha vuelto loco"; las hay que preguntan, simplemente, por qué no se expuso eso antes; otras recuerdan que nadie pidió sacrificio alguno y que, por tanto, no hay nada que reclamar. También puede suceder que los interlocutores hayan olvidado por completo la situación que generó el conflicto.

Cómo superar esta dificultad

1. Valorarse a uno mismo

Para superar esta dificultad y aprender a no dejarse llevar por los demás a la hora de tomar decisiones hay que entender que las opiniones propias son, como mínimo, tan significativas y valiosas como las ajenas.

Solo nosotros disfrutaremos o sufriremos las consecuencias de las decisiones tomadas y que, por tanto, vale la pena atreverse a asumir lo que pensamos, sentimos o deseamos y hacerlo en función de nuestros propios valores y prioridades vitales.

Es erróneo pensar que se puede contentar a todo el mundo e incluso que la amistad sincera depende de los favores o sacrificios que hagamos por otra persona. De hecho, suele suceder lo contrario: cuanto menos se valora alguien, menos valoración recibe.

Los demás no suelen ser adivinos. Sin nuestra colaboración, nadie puede llegar a conocernos e, incluso, puede ocurrir que las otras personas se formen una idea falsa de nosotros y que actúen más en función de la imagen que proyectamos que de lo que somos en realidad.

Paralelamente, quien cae en la tentación de mantener esa imagen falsa, por ideal que pueda parecer, acaba sintiéndose desconectado de sí mismo o incluso incomprendido.

Además, a fuerza de actuar en función de lo que cree que los otros esperan y de relegar las propias necesidades, acaba por no saber quién es, qué piensa ni qué quiere.

2. Poner límites

Todo parece una gran trampa cuando a lo anterior se añade la creencia de que los demás deberían darse cuenta por si mismos de lo que ocurre. Como esto no suele suceder, algunas personas fácilmente se sienten explotadas o creen que se abusa de ellas.

Ciertamente, hay situaciones en las que es posible sentirse explotado: «Siempre soy yo quien acompaña a todo el mundo en coche o quien acaba organizando todos los actos festivos del grupo ».

Pero con ello se olvida que solo uno mismo es responsable de expresar su incomodidad ante una situación particular. Si no lo hace, los demás tienden a suponer que ya le va bien, por aquello de quien calla otorga.

Tanto en el terreno profesional como en el de la amistad, los límites son necesarios para no acabar cargados con más empeños y obligaciones de los que pueden asumirse.

Eso puede conducir al agotamiento pero también a mantenerse tan ocupado con las necesidades ajenas que se carezca de tiempo para cubrir las propias, tan infravaloradas por cierto que a veces ni siquiera se conocen.

¿Cuántas excusas nos podríamos haber ahorrado si hubiésemos, simplemente, dicho un "no" a tiempo? Buscar pretextos, elaborar complejas historias explicativas, recordar qué hemos dicho a cada uno... representa un desgaste de energía tan intenso como inútil.

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