El poder de los relatos

Somos lo que nos contamos

Óscar Vilarroya

Narrar historias nos ayuda a dar sentido a las cosas que ocurren. A veces, eso hace que creamos que las cosas son de una forma cuando, en realidad, son de otra.

La evolución nos ha llevado a los humanos a convertirnos en una especie narrativa, esto es, que se explica lo que le ocurre y lo que sucede a su alrededor mediante relatos.

Contarnos cosas es una actividad involuntaria, como la respiración. No es algo que decidamos llevar a cabo de manera deliberada, a pesar de que seamos conscientes de ello.

Es cierto que nos contamos cosas cuando explicamos a alguien algo que nos ha sucedido, como también lo es que esto es lo que realizan profesionalmente los escritores, los cineastas o los dramaturgos. Pero el contar cosas al que me refiero no es algo deliberado, sino involuntario. Es una actividad que nuestro cerebro no puede dejar de hacer porque forma parte de nuestra manera de percibir y entender el mundo.

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"Los relatos nos dan placer y una gran capacidad de adaptación"

Toda nuestra maquinaria mental utiliza el relato. El cerebro está preparado para contar todo lo que nos ocurre, de la misma manera que la retina o el oído no pueden dejar de registrar y procesar datos de una manera particular.

Todo, absolutamente todo lo que nos sucede tiene que ser contado. Desde que abrimos los ojos por la mañana hasta que los cerramos por la noche, y aún más, cuando soñamos. Nos despertamos, miramos la hora y ya inmediatamente pensamos que “la noche ha pasado demasiado deprisa”, que “estamos más cansados de lo que deberíamos porque el día anterior hemos trabajado demasiado” o que “el día está más oscuro de lo que debería”.

El relato da sentido a lo vivido

El estudio moderno de lo narrativo nos ha revelado que la función del relato no es la de representar fiablemente lo ocurrido, sino la de darle sentido. La idea de relato como “constructor de sentido vital” no es nueva. Desde siempre se ha reconocido el valor de lo narrativo a la hora de dar sentido a nuestras experiencias.

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Palabras que enferman, historias que curan

El más firme defensor de esta idea en los últimos cincuenta años ha sido el psicólogo Jerome Bruner, quien sostiene que nos pasamos la vida contándonos historias con el fin de dar sentido, coherencia y continuidad a nuestras experiencias. Siguiendo a Bruner, podríamos decir, de manera muy sucinta, que dar sentido consiste en integrar lo que ocurre en función de nuestras situaciones presentes y pasadas, nuestras motivaciones y deseos, y del contexto en que tiene lugar lo ocurrido.

Cada relato que elaboramos incluye nuestro estado mental y físico, nuestros planes, necesidades y expectativas de lo que va a ocurrir (y también de lo que esperamos que se produzca)...

El relato primordial no es, por tanto, una representación del mundo desligada de la persona, sino que debe integrarse plenamente en ella, en su forma de ser, de ver el mundo y en su experiencia pasada, aunque asimismo debe incluir aspectos mucho más generales, como nuestra personalidad, nuestra experiencia, nuestros valores e ideas políticas, entre otras muchas cosas.

Los relatos nos acompañan desde pequeños, estructurando el largo aprendizaje de las habilidades sociales que necesitamos para vivir en sociedad. Sin embargo, narrar se ha adueñado no solo de nuestra vida social, sino incluso de nuestra comprensión del mundo. El relato es, de hecho, el material con el que construimos la realidad en la que vivimos.

Ni verdad ni mentira, sino todo lo contrario

El relato primordial se refiere a esa herramienta explicativa original, a la estructura narrativa mínima que comparten nuestros relatos, y no a los contenidos con los que se llena la estructura. La manera de completar un relato primordial depende siempre de cada persona y de cada momento.

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Es decir, no construye esa realidad a partir de una representación fiable de lo que pasa, más bien lo hace a partir de una representación conveniente que da sentido a lo que vivimos de una manera verosímil, razonable y eficaz.

En ocasiones eso pasa por hacernos creer que las cosas son de una manera, cuando en realidad son de otra (o de ninguna). Eso puede implicar, según el caso, consecuencias positivas, irrelevantes o negativas. Los bulos son un ejemplo de consecuencias indeseables. ¿Por qué ocurre eso? Porque la correspondencia entre relato y realidad es compleja.

Nuestro cerebro elabora esos relatos mezclando lo verosímil con lo subjetivo.

Por un lado, el cerebro maneja representaciones fiables del mundo como, por ejemplo, entender que una piedra es sólida y el agua líquida, o que las personas actúan movidas por creencias. Por otro lado, algunas representaciones que construimos con el mismo tipo de información son representaciones convenientes, como creer que, si después de lanzar una moneda al aire sale cara, hay más probabilidades de que salga cruz la siguiente vez. Estas representaciones son construcciones propias del cerebro que se han incorporado durante la evolución porque han resultado apropiadas en nuestra interacción con el mundo y con nuestros congéneres, aun a pesar de que no son representaciones fiables del mundo.

Cómo elaboramos una historia: las claves de nuestros relatos

Contarnos historias nos permite crear un espacio donde personajes, acciones y situaciones pueden ser creados a voluntad y aplicados en muchas actividades, desde el juego hasta el cotilleo, pasando por el arte o la literatura. Pero, ¿cómo llegamos a construir estas historias?

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En suma, todo relato primordial consiste, en primer lugar, en identificar cosas o personas y en establecer relaciones causa-efecto entre ellas. Se narra lo que se hacen unas personas a otras, lo que se hacen las cosas entre ellas, o lo que hacen las personas o las cosas, o viceversa.

El contenido de los relatos puede ser muy variable, desde explicaciones simples a otras muy sofisticadas. Pero, en general, para elaborar un relato en su forma más básica siempre se empieza identificando varias cosas:

  1. Seleccionamos algo de interés. Identificar implica seleccionar algo de nuestro entorno que resulta relevante para explicar la situación.
  2. Reconocemos los elementos básicos. Cosas, personas, animales: es una forma simplificada de decir que “lo que puede entrar en un relato es cualquier cosa”.
  3. Intentamos entender qué ocurre. A las cosas o personas que intervienen les ocurre algo; si no sucede nada, si no hay ningún cambio en lo que estamos observando, entonces no vemos necesario contar algo.
  4. Tratamos de identificar la causa. Es lo que nos proporcionará la explicación. Sin causa no hay relato que construir.
  5. Analizamos quién o qué lo padece. La última parte de la definición del relato se refiere a aquello que padece el cambio en la situación y que merece una explicación, es decir, a las cosas o las personas a las que les ha ocurrido algo.

Este texto es un extracto del libro Somos lo que nos contamos (Ed. Ariel). En él, el neurocientífico Óscar Vilarroya aborda el relato como una estructura mental que hemos heredado y que constituye la herramienta explicativa por excelencia para entender lo que nos sucede y cómo el cerebro adquiere conocimiento y se adapta a los retos vitales.

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