Coronavirus

COVID-19: ¿Por qué la muerte nos produce tanta angustia?

María José Muñoz (Psicoterapeuta)

Sea a través de las cifras reales de víctimas mortales a nivel mundial, local y del entorno, la palabra muerte, junto a la de coronavirus, inunda nuestra existencia y cotidianidad. ¿Por qué nos produce tanta angustia?

La palabra "muerte" está inundando nuestra existencia y cotidianidad durante este estado de alarma provocado por la expansión del coronavirus. Nos llegan a diario cifras reales de víctimas mortales a nivel mundial, local y también noticias de fallecimientos de personas de nuestro entorno. De forma menos puntual y controlada, nuestro pensamiento está invadido por una idea: la del posible contagio y su desenlace fatídico.

Los seres humanos poseemos esa característica tan especial de poder ir, con nuestro pensamiento e imaginación, hacia atrás y hacia adelante en el tiempo.

Revisar los lugares donde se ha estado, las personas con las que se ha compartido, los objetos que se han tocado, contar los días del último encuentro, abrir enlaces y videos de expertos para recabar la máxima información... Se han convertido en tareas diarias que pueden expresarse de forma colectiva, o bien quedarse en la intimidad de cada uno.

De esta manera somos capaces de construir distintos escenarios y mover a sus protagonistas en función del guión que hayamos elaborado. Esta trama puede ir cambiando en función de los acontecimientos y el estado de ánimo en el que nos encontremos. Pero, ¿qué es lo que dispara la angustia desencadenando síntomas, a veces físicos y otras psicológicos?

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Incertidumbre, muchas preguntas y demasiadas respuestas

En este contexto actual del coronavirus es normal que alguien de nuestro entorno enferme o que tenga que estar aislado por no saberse si está contagiado o no lo está. Eso genera incertidumbre.

La dependencia de factores no controlables provocan un sentimiento de indefensión absoluta: las investigaciones en curso (pero no definitivas aún); la fluctuación de los recursos sanitarios dependiendo del lugar donde se resida; el recelo respecto a las decisiones políticas, la ignorancia del origen del contagio...

Muchas preguntas y demasiadas respuestas. Queremos encontrar rápidamente un sentido a todo lo que está ocurriendo y aceleramos todo tipo de interpretaciones. Culpabilizamos a otros o a nosotros mismos. Es un mecanismo casi automático que solo sirve como una descarga momentánea.

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Imaginar nuestra propia muerte o la de los demás

El segundo factor que opera en el desbordamiento de la angustia es el de imaginarnos nuestra propia muerte. Aunque desde una perspectiva racional podría contemplarse como un rasgo realista y precavido de lo que podría suceder y la manera de afrontarlo, si nos recreamos mucho en este tipo de ficciones, estamos alimentando un agujero negro del que difícilmente podemos salir indemnes.

Lo que viene a nuestra cabeza solo pueden ser conjeturas de cómo nos sentiríamos en ese proceso, sin darnos cuenta de que todo lo figuramos desde lo que suponemos que es ese pasaje o desde lo que nos han contado de él.

Las redes y los informativos están llenos de palabras que pretenden describir el estado de los enfermos terminales y de sus finales, pero esto no deja de ser un punto de vista externo.

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Poco o nada sabemos sobre ese tránsito y si nos dejamos llevar por las distintas especulaciones sobre él, solo podemos encontrar lugar para sentirnos víctimas del destino e incrementar la ansiedad.

Freud dijo que nuestro psiquismo no puede registrar la muerte. Ni la nuestra, ni la de los demás.

La nuestra solo podemos figurárnosla y, por lo tanto, llenarla de contenido religioso, ideológico o de nuestra invención. La de los demás solo la experimentamos como una ausencia, un vacío.

De la nuestra solamente entrevemos la privación de aquellos que nos rodean y de lo que también supondría para ellos la nuestra. Este mal solo nos puede traer una tristeza fruto de la imaginación.

No queramos controlar, anticipando, lo que aún no ha sucedido.

Resumiendo, en esta coyuntura histórica de pandemia del COVID-19, nos vemos expuestos a dos formas desnudas de lo real. Una que viene de afuera, que tiene que ver con un virus que no se ha logrado neutralizar hasta ahora, lo cual nos habla de los límites de la propia ciencia. La otra, desde dentro, con nuestra incapacidad, y por tanto también con límites de inscribir mentalmente lo que significa desaparecer de la faz de la tierra.

Estas dos imposibilidades son las que promueven todo tipo de teorías conspiratorias o autosugestivas que nos pueden conducir a un sufrimiento añadido al que ya comporta esta situación. Están ahí, sin duda, pero intentemos mesurarlas y colocarlas en su debido lugar.

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Solidaridad para salir del círculo mortífero

Sophie Freud, hija de Sigmund Freud, falleció el 20 de enero de 1920 a los 27 años, víctima de la pandemia conocida como gripe española que asoló Europa desde 1918. Esta carta es la que, después de la muerte de una de sus hija, escribía Freud al marido de esta:

“Sabes cuán grande es nuestro dolor y no ignoramos tu sufrimiento. No intentaré consolarte, tampoco tú puedes hacer nada por nosotros… ¿por qué te escribo pues?

Creo que lo hago porque no estamos juntos, ni puedo decirte las cosas que repito frente a su madre y sus hermanos: que habernos arrebatado a Sophie, ha sido un acto brutal y absurdo del destino, algo acerca de lo cual no podemos protestar ni cavilar, sino solo bajar la cabeza, como pobres desvalidos seres humanos con los que juegan los poderes superiores”.

Frente a esos poderes superiores solo nos queda apostar por la vida. Cuidándonos y cuidando a los otros. Volcarnos en quienes más lo necesitan en estos momentos, niños, personas mayores, sanitarios y demás personal que han de estar en primera línea. Estas tareas nos harán salir de ese círculo mortífero.

Tanto en las redes como en las propias comunidades de vecinos o locales se están produciendo multitud de propuestas solidarias que trabajan en ese sentido. Sentirse útil reaviva siempre nuestro ánimo.

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