Para pensar

Un cuento zen que explica cómo nos marcan los diálogos internos

Este cuento zen explica cómo nos llegamos a torturar con los pensamientos que conforman nuestro diálogo interno.

Silvia Díez, periodista y terapeuta
Silvia Díez

Periodista y terapeuta gestalt

Mireia Darder
Mireia Darder

Psicóloga

Se cuenta que una vez un monje y su discípulo, caminando, encontraron a una preciosa mujer que no se atrevía a cruzar un río. El maestro se la subió a la espalda y la ayudó a pasar a la otra orilla. Al discípulo la escena le enfureció. Y, al llegar a la puerta del monasterio, espetó al monje: "Maestro, os voy a denunciar. No podemos tocar a ninguna mujer. Y usted no solo la ha tocado, sino que ha cargado con ella unos metros".

"¿De qué hablas?", le preguntó el maestro. "De la mujer que ayudó a cruzar el río", contestó. El maestro: "Yo la llevé unos minutos y la dejé en el río. Mientras que tú todavía la estás cargando".

Este cuento zen es un buen ejemplo para explicar, a través de lo que le pasa al discípulo, cómo nos llegamos a torturar con los pensamientos que conforman nuestro diálogo interno. El maestro, en cambio, que vive en el presente, carece de él. Ni se acuerda del suceso.

Enredados en un bucle mental

Ser capaz de vivir en el presente es lo opuesto a la neurosis que se caracteriza por un diálogo interno que nos atrapa y no nos deja contactar con la realidad. Podríamos fantasear sobre cómo quedó atrapado el discípulo desde su encuentro con la mujer hasta la llegada al monasterio.

"No debemos ayudar a esta mujer porque nos lo prohíben. ¿Cómo se atreve mi maestro a desobedecer las reglas del monasterio?", debió decirse.

"Él debería ser un ejemplo para mí y mira lo que está haciendo… ¿Cómo se permite tocar a una mujer cuando está prohibido incluso hablar con ellas?", pudo pensar. "¿Estará poseído por el deseo mi maestro? No quiero enfadarme con él, ¡pero esto no puedo permitirlo! Estoy enojado y cuando llegue lo voy a denunciar… Se ha saltado las reglas… Es que las mujeres son una tentación… ¿Pero cómo habrá podido caer en ella?", pudo seguir. "Tengo que dejarlo como maestro. No puedo seguir con él".

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Perdiéndonos el presente

Este tipo de diálogo interno es el que a menudo nos tortura a nosotros impidiéndonos también vivir la experiencia. Es más que seguro que este discípulo no pudo disfrutar ni un momento del camino, y mucho menos de la compañía de su maestro, absorto como estaba en estos pensamientos que habitualmente no tienen salida.

¿Cuántas veces has vivido algo similar? A todos nos ha pasado. Vivimos situaciones que nos llevan a entrar en un bucle mental que nos agota, nos confunde y nos coloca en un túnel en el que perdemos de vista lo que está ocurriendo en la realidad, en el momento presente. Muchas veces, tal como puedes leer en este artículo, los diálogos internos proceden de experiencias que nos han marcado durante la infancia.

Qué le pasó al discípulo

Podríamos suponer que su herida o dolor estaba relacionado con no haber podido expresar su miedo en la niñez, porque sus cuidadores no lo atendieron cuando lo tuvo y le obligaron a seguir las reglas. Seguramente, en lugar de cuidarlo, cuando él intentó compartir su miedo, lo riñeron, lo castigaron y lo acusaron de ser un niño malo.

Por consiguiente, él interiorizó ese diálogo hacia sí mismo en el que, cuando alguien tiene miedo y no se atreve a hacer algo, debe esforzarse más.

Este conflicto es el que proyectó en el maestro y la mujer. En el caso de que hubiera podido expresar su miedo de pequeño, probablemente lo hubiera expuesto al maestro y este lo hubiera atendido evitando la lucha interna. Desde ahí, hubiera podido ver que el maestro solo ayudó y cuidó a una persona en apuros.

Como cuenta Thich Nhat Hanh, la lucha entre las partes de uno mismo es absurda. Y solo se trasciende cuando uno es capaz de mirarse a sí mismo con aceptación y amor en todas sus facetas.

"Un día recuerdo que estaba clavando un clavo y mi mano derecha no estaba muy firme, y en lugar de darle al clavo, me golpeé en un dedo de la mano izquierda. Dejé el martillo para que mi mano derecha cuidara de mi mano izquierda, de forma muy tierna, como cuidándose a sí misma. Y ella no dijo: ‘Mano izquierda, ¿sabes que he cuidado de ti? Debes recordarlo y devolverme este favor’. ¡No existe ese tipo de pensamiento! Y mi mano izquierda tampoco dijo: ‘Mano derecha, me has hecho mucho daño, ¡dame ese martillo! ¡Quiero justicia!’ Porque ambas manos saben que están unidas y que son iguales". Esta es la actitud para acallar el diálogo interno y sus voces.

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