Mimarse para poder dar cariño

Cuidados para cuidadoras

Claudia Truzzoli

La función de cuidar suele confundirse con una vocación innata. La exigencia puede causar problemas somáticos si no se reserva un espacio propio sin culpa.

Nuestra manera de vivir nos exige una alta inversión de tiempo personal para el trabajo si se quieren generar unos ingresos que mantengan un nivel de vida que no siempre responde a lo que necesitamos, pero sí a los imperativos del consumo. Nos inclinamos más por el tener que por el cuidado del ser.

Esta situación pone en un lugar difícil a las personas cuidadoras porque tienen que preocuparse del ser; es decir, ofrecer cuidados a quienes por su deterioro físico o mental no pueden valerse por sí mismas. Es algo que exige muchas renuncias personales.

También es importante el papel diferenciado de los estereotipos sexuales; tradicionalmente se les ha adjudicado a las mujeres el rol de cuidadoras, como si formara parte de su naturaleza.

Así, el cuidado se asocia al “instinto” maternal. Se trata de estereotipos milenarios con tanta fuerza emocional que cuesta cambiarlos en los sentimientos profundos de las personas, a pesar de los cambios de conducta y modo de pensar.

La mujer tiene tan interiorizado el rol de cuidadora que se exige en el deber de cuidar Y se culpa si no muestra total disponibilidad.

Hay una brecha importante entre el cambio de pensamiento y el cambio de actitudes, y es en cuestiones que pueden parecer banales, como la responsabilidad de las tareas domésticas, o de importancia más evidente, como el cuidado de las necesidades de todos los que habitan en la casa familiar, por donde se filtran prejuicios, desencuentros, desengaños y heridas narcisistas que generan rencores…

Cuidar: un verbo femenino

En nuestra sociedad, tanto los hombres como las mujeres trabajan para mantener un nivel de vida como el actual, pero de quien se espera que invierta su tiempo para hacerse cargo de un familiar enfermo o dependiente o de los niños pequeños, es de la mujer. Aquí se nota la influencia que los estereotipos de género ejercen sobre la subjetividad.

Hay pocos hombres cuidadores y, en general, quienes lo son no se ven presionados de la misma manera al cumplimiento del cuidado porque los estereotipos de género no esperan que cuiden sino que sean proveedores de ingresos, delegando la atención en las mujeres de la familia.

Por eso, si un hombre cuida, se le atribuyen unas características de generosidad, bondad, casi de heroicidad, que despiertan compasión y comprensión si pierde la paciencia.

Recuerdo una película muy entrañable, Kramer contra Kramer; en ella se refleja la dificultad de un hombre que debe hacerse cargo de su hijo pequeño porque su mujer decide que quiere dejar la familia para rescatar su creatividad como diseñadora.

Este hombre pasa por todas las vicisitudes que sufre una mujer sola con un hijo pequeño en la misma situación: ausencias en el trabajo cuando el niño está enfermo, dificultades de relación con las mujeres por su situación emocional…

En la película, este padre despierta la simpatía y la compasión, el deseo profundo de que su situación cambie porque se cree injusta. Es cierto que es un buen hombre y un excelente padre, pero la misma situación vivida por muchas mujeres no recibe el mismo reconocimiento. Y, si se quejan, se las censura por no ser lo bastante generosas, cuando no, malas.

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Cuidar no es genético: cumple tu parte del trato

Hay una amplia variedad de mujeres que, además de hacerse cargo de la responsabilidad doméstica, asumen el cuidado de un familiar que no puede valerse por sí mismo. Esto supone una sobrecarga que no siempre es reconocida por su entorno.

Algunas de ellas deben dejar el trabajo fuera de casa para dedicarse a ello, y las que lo conservan deben consagrar un tiempo extra que las desgasta física y emocionalmente.

Esta situación genera un doble vínculo que las enferma, porque los estereotipos que las inducen al cuidado de todos los integrantes de la familia –incluidos los enfermos o inválidos dependientes– les roban el tiempo que necesitan para sí mismas, tanto para el indispensable descanso como para sostener los ideales sociales de trabajo que las obligan a la eficiencia.

Cuando el conflicto se hace insoluble, puede producir síntomas psicosomáticos o una disociación entre el deseo de cuidar, que se reconoce como propio, y el deseo de reconocimiento, que se siente como contrario al supuesto altruismo sin condiciones que se considera forma parte de la identidad femenina.

Estas mujeres acaban por exigirse demasiado en el deber de cuidar y, paralelamente, se sienten culpables por querer ser reconocidas y por disfrutar del placer del trabajo en sociedad, del deseo de ganar dinero o el de tener un tiempo propio para sí mismas.

Esta contradicción conflictiva es la que hace que muchas mujeres sientan que no están donde deberían estar cuando no cuidan de otros, sean niños pequeños o abuelos dependientes.

¿Y las crisis económicas?¿Afectan por igual a ambos sexos?

En los hombres produce síntomas y conductas que intentan restablecer un equilibrio –fallido– frente a la situación de privación a la que se ven abocados, porque no están socializados ni preparados para enfrentarse a la impotencia. Si tienen que cuidar de otros, se sienten colocados en un rol que los feminiza y es un conflicto que tienen que reconocer para atravesarlo y poder cambiar de actitud.

A las mujeres, por su parte, el impacto de la crisis económica les afecta doblemente: además de estar peor pagadas, son las primeras afectadas por el recorte de servicios sociales –como la disminución de ayudas en la ley de dependencia, por ejemplo– y por el aumento de la explotación –debido a sus condicionamientos de rol– por el tiempo dedicado al cuidado de los demás.

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¿Sufres el "síndrome de la mujer guerrera"?

Imaginen el caso de una familia en la que el marido se queda en paro, hay un anciano dependiente y niños pequeños; la mujer trabaja fuera de casa, pero su sueldo no resulta suficiente para mantener las necesidades de la familia. El marido, deprimido, no habla y se irrita si su mujer intenta ayudarlo; los niños pequeños no pueden ver a su mamá como alguien con límites; una persona dependiente que hay que atender –que suele ser el padre o la madre, incluso los suegros– y que no admite demora; ayudas oficiales ineficientes

¿Cómo se soporta esta carga sin un alto coste de salud física y psicológica? Recuerdo el título de una obra de Carmen Rico-Godoy, Cómo ser mujer y no morir en el intento. Nunca mejor dicho.

¿Cómo soporta un hombre sentirse desposeído del único valor en el que ha sido socializado y que le obliga a ser exitoso, potente, adinerado? ¿Cómo actuará si no se le ha enseñado a desasirse de los ideales patriarcales que no le perdonan la fragilidad, que no le permiten mostrar su angustia, aceptar que necesita ser ayudado en situaciones de impotencia vital?

Las reacciones masculinas varían de acuerdo al trabajo personal que hayan hecho para vencer los mandatos arcaicos de género. Los más tradicionales están más desprotegidos frente a situaciones cambiantes que los descolocan de sus papeles tradicionales y son los que más enferman, mientras que los más evolucionados pueden soportar con mayor madurez las adversidades, aunque con un trabajo psíquico que los enfrenta a una nueva y necesaria imagen de la masculinidad que incluye el permiso a la fragilidad, el deseo de cuidar a otros, no solo en aportes económicos, sino en ternura, en tiempo sacrificado, en estar preparados para no recibir reconocimiento –por ser niños pequeños o por el deterioro senil de los atendidos–.

Poniendo límites a los desequilibrios

Siempre que recibimos algo de alguien, tal concesión genera una deuda que ata tanto a quien da los cuidados como a quien los recibe. Es importante tenerlo en cuenta porque si esa deuda se niega, si se disfraza de generosidad incondicional, se paga, con síntomas en la persona cuidadora y con malestar en la persona cuidada. No se puede escapar de la deuda.

Toda relación es un intercambio, por lo que en las relaciones de dependencia es sano reconocer que existe un desequilibrio.

Las reacciones de quienes saben que no pueden pagar lo que reciben varían de acuerdo a su carácter y a su grado de madurez. Las personas dependientes pueden reaccionar con mal humor o con depresiones melancólicas por sentirse imposibilitadas y obligadas a depender de otros con quienes, además, las relaciones puede que no fueran gratas cuando disponían de autonomía.

Las personas cuidadoras que no se sienten retribuidas en su dedicación también reaccionan en función de su madurez, de su grado de tolerancia a la frustración. Pero no hay que olvidar que estas personas tienen un límite más allá del cual aparecen síntomas de malestar. Y por eso es importante cuidar también a la persona que cuida.

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Alzheimer: cuidar también al cuidador

¿Cómo se puede preservar una relación de asistencia sin que aparezca el maltrato? Sin perder de vista, además, que la persona cuidadora tiene que darse un espacio placentero para preservar su salud física y mental.

Todos los cuidadores deberían tener lo siguiente en cuenta:

La patología del salvador

Colocarse en situación de salvadores de otro genera patologías serias. La exigencia desmesurada de tiempo que se dedica a cuidar a otra persona a costa del propio derecho al placer personal genera un resentimiento que se hace sentir de manera sibilina mediante un maltrato sutil o manifiesto hacia la persona dependiente o mediante la aparición de problemas físicos.

El amor al otro tiene los límites que impone el necesario cuidado de uno mismo. Solo cuidándonos estaremos en condiciones de soportar la dureza de ciertas situaciones, especialmente en aquellos casos más graves en los que existe una dependencia total.

Estas personas sufren más su decadencia cuanto más autónomos han sido y necesitan más que nunca nuestro cariño. No obstante, las personas cuidadoras deben saber poner límites, preservar un espacio personal y tener en cuenta las propias necesidades y deseos; deben buscar un tiempo de esparcimiento placentero sin sentirse culpables; se trata de cuidar de la salud de cada uno.

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Cómo debe cuidarse el cuidador

Nutrir el cariño

Para ofrecer cuidados cariñosos hay que preservar las condiciones para que ese cariño se nutra y no se convierta en resentimiento y maltrato.

La implicación de toda la familia es una forma de atender no solo a las personas dependientes sino también a las cuidadoras. Tenemos una deuda con nuestros seres queridos, y no estaría mal que toda la familia recordara que ahora nuestro intercambio con la persona dependiente es desigual, pero que ya lo fue para ella en nuestra infancia, cuando cuidó de nosotros.

No obstante, las condiciones de vida actuales a veces hacen imposible que una familia se dedique al cuidado de la persona dependiente porque la administración no ayuda con residencias accesibles, suficientes y dignas para la población que necesita estas atenciones.

La responsabilidad, entonces, se delega en los familiares más próximos, olvidando los cargos políticos que la sociedad tiene una deuda con las personas que necesitan ayuda y que deben crear las condiciones para que puedan ser asistidas en centros públicos adecuados a sus necesidades y con el personal idóneo, que, además, debería asistir a los familiares de la persona dependiente. porque, como dice Joan Manuel Serrat en una de sus canciones, no podemos apartarlos “después de habernos servido bien”.

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