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Deberes en cuarentena: 6 preguntas que deberías hacerte

Cristina Romero

Esta cuarentena puede ser una oportunidad para que las escuelas y las familias demos una nueva oportunidad a la infancia y a la juventud y, en lugar de cargarlos con deberes, les devolvamos lo que les habíamos robado: la ilusión, las ganas y el interés por lo verdaderamente importante.

Muchas familias se enfrentan durante todo el año a las tardes interminables de deberes de sus hijos. Sin embargo, con el confinamiento, son aún más las madres y los padres que padecen a diario la realidad de perseguir y obligar a sus hijos a cumplir con las demandas de la escuela.

Es entonces que palpan aún más de cerca la realidad absurda y sinsentido que viven diariamente sus hijos, donde el aprendizaje se transforma en un mero trámite, desconectado de lo que realmente necesitan o les interesa a esos niños o niñas en ese momento. Las tareas se convierten en algo a hacer para que les dejen tranquilos.

Esta cuarentena es una oportunidad perfecta para plantearnos (tanto escuelas como familias) cómo podríamos devolverles a niños y jóvenes la ilusión, las ganas de aprender y el interés por lo que para ellos es verdaderamente importante. Para reflexionar sobre esto, ahora que tenemos tiempo, podemos hacernos algunas preguntas importantes.

1. ¿Dónde quedaron las ganas de aprender?

El Sistema educativo está lleno de niños y niñas que entraron con una gran curiosidad y que salen apáticos, estresados y desmotivados. Sin ganas de coger un libro ni de buscar información o vídeos acerca de cosas que desean aprender.

¿Por qué ocurre esto? ¿No es algo terrible? El problema no está en los niños, sino en un sistema educativo que desconfía de la infancia, que ha olvidado que el ser humano es curioso por naturaleza.

El problema lo generamos cuando nosotros los adultos decidimos sistemáticamente qué es lo que necesitan o les conviene aprender y logramos así que dejen de dar valor, o tengan tiempo, para investigar acerca de eso que sí les interesa o interesaría…

El sistema educativo no se da cuenta de que a fuerza de decirle a cada niño lo que tiene que aprender, consigue que ya no desee aprenderlo. Ni eso, ni muchas otras cosas.

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2. ¿En qué estaban invirtiendo el tiempo los niños antes de la cuarentena?

A algunas de las personas que hemos invertido e hipotecado gran parte de nuestra infancia y de nuestra juventud entre las cuatro paredes de una escuela o un instituto, no nos salen las cuentas entre lo invertido y lo ganado. Entregamos gran parte de nuestro valioso tiempo presente a cambio de la promesa de un futuro mejor. Y ahora nos damos cuenta de que no solo tuvo un precio demasiado alto, sino que en muchas ocasiones la promesa no se cumplió.

Pero es que además de esas horas y horas valiosas que no volverán de nuestras vidas –en las que sentadas y sentados por largo tiempo, aprendimos a cumplir los objetivos de otros, a desatender los mensajes de nuestros cuerpos, a compararnos con otros y a juzgarnos severamente muy bien…– tenemos que añadir esas otras horas invisibles, diarias, de deberes encerrados en casa.

¿Eres consiente de que todo ese tiempo que destinaste a rellenar o responder cuestiones que no te interesaban y que probablemente siguen sin interesarte?

Entrenamos día tras día a la infancia para ser “un buen adulto” capaz de hacer un montón de cosas que ni le interesan, ni le apasionan… Porque es lo que les toca, porque es lo que se espera de él o de ella. En el fondo es un entrenamiento perfecto a lo que viven muchos adultos en su vida laboral…

3. ¿Se están teniendo en cuenta los intereses y necesidades de los pequeños?

¿Qué ocurriría si desde niños hubiéramos podido sumergirnos en aquello que verdaderamente nos motivara? ¿Qué ocurriría si el sistema educativo se centrara en acompañar los intereses de la infancia, y no al revés?

La realidad es que, aunque la escuela tradicional no lo vea, no todos necesitamos aprender las mismas cosas, ni en el mismo momento… Ojalá la escuela, en lugar de recortarnos a todos para encajar en unos moldes prefijados, sepa estar al lado de cada niño.

¡Nuestra sociedad sigue necesitando personas adultas creativas, apasionadas y felices! No necesita personas acostumbradas a no dar valor a lo que sí lo tiene.

Cada niño viene de serie con un programa interno de aprendizaje, guiado desde su motivación intrínseca, que tiene mucho que ver con sus características y dones para el mundo, pero también con lo que le hace verdaderamente feliz. No todos necesitamos pasar uniformemente por el mismo camino prefijado, sino que en ese trayecto forzado hacemos que –dramáticamente– muchos jóvenes salgan desconectados de sí mismos y de la escucha a su cuerpo o a su corazón. Sin saber quiénes son ni qué les apasiona.

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4. ¿No hacer nada es "perder el tiempo"?

Todo ser humano necesita libertad y tiempo para invertirlo en sus propios asuntos. En el caso de la infancia es aún más vital. Pero esta sociedad no soporta que niños, jóvenes, ni adultos “pierdan el tiempo”.

Pensamos, con toda la buena intención, que nosotros los adultos sabemos mejor que los propios niños lo que les conviene aprender o hacer con sus vidas. Así que rellenamos y guiamos su tiempo “para que aprendan más”, “para que sean alguien de provecho en el futuro”…

En realidad, cada pausa, cada momento de vacío o de no hacer nada concreto, cada momento de “aburrimiento” es tremendamente fértil. La infancia (también nuestra parte creativa como adultos) necesita poder disponer de tiempo para dedicarlo a la fértil “nada”.

Es justo allí donde nuestro programa interno de aprendizaje, nuestro verdadero plan de ruta, nos susurra cuál es el siguiente paso. Pero si rellenamos el tiempo disponible infantil con deberes y pantallas, anestesiamos sistemáticamente esa valiosa guía interior.

5. ¿Les están sirviendo para algo los deberes?

Los deberes son “deberes”, no propuestas opcionales, sugerencias ni invitaciones. Y por ello convierten cualquier cosa interesante en aburrida, tediosa e incluso odiosa. Porque estamos obligando al niño a dedicar su atención y su tiempo a algo que ahora mismo simplemente no ha preguntado. Ahora no le interesa, quizás siguiendo su propio interés se lo encuentre más adelante. O quizás no. Y no pasa nada. No todos sabemos de todo.

  • Los deberes no sirven para que aprendan algo implicando ni el cuerpo ni las emociones. Sirven para que pasen aún más horas sentados, para complacer los objetivos de otros.
  • Los deberes saturan al niño de demandas del exterior y contribuyen a dejar de tener ganas de seguir investigando por su cuenta en sus propios intereses. Son contrarios a alimentar la curiosidad. La matan.
  • Los deberes roban tiempo libre para jugar o para conocer y conectar con otras personas. Son contrarios a la convivencia.
  • Los deberes roban tiempo y energía a la infancia para destinarlo en aquello que le da más placer y alegría… Los deberes desatienden sus necesidades reales.
  • Los deberes convierten el poco tiempo compartido familiar en reproches, estrés y conflictos… Especialmente porque los adultos lamentablemente ya estamos adiestrados desde niños para cumplir con el objetivo, con acabar la tarea entera, por aburrida y sinsentido que sea.
  • Los deberes se convierten en algo a entregar para complacer al adulto. Y donde el aprendizaje real, significativo, no está en el centro, no es lo verdaderamente importante. El protagonista no es el niño, ni se fomenta su unicidad, su diversidad o lo que él quiere aportar al mundo.

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6. ¿Qué podemos hacer durante la cuarentena ante este dramático panorama?

Estamos ante una época incierta de nuestras vidas, donde lo realmente importante será recuperar un cierto equilibrio anímico y la alegría. Así que cuidemos juntos de la infancia.

  • Protejamos el juego libre y el tiempo invertido en sus propios asuntos.
  • Acotemos el tiempo de pantalla, es un claro disruptor de los intereses genuinos de la infancia.
  • Propongamos a la escuela de nuestros hijos que sea suficientemente flexible y amplia en sus propuestas como para ofrecer a todos los niños opciones con las que conecten más.
  • Si nuestro hijo ya no muestra curiosidad por nada, dejemos un tiempo necesario de desintoxicación de demandas del exterior hasta que vuelvan a brotar intereses genuinos, reales, que le apasionen…
  • Evitemos comentarios del tipo: “eso no te va a servir para nada en la vida”, “eso no es importante”, cuando nos muestren su interés por algo considerado socialmente como poco valioso: el dibujo, el arte, la fotografía, la música…
  • Pasemos tiempo juntos, relajados, sin destinarlo a hacer los deberes, charlando acerca de sus intereses y acompañémosles en sus aventuras por absurdas y sinsentido que nos parezcan.
  • ​Acompañémosle en sus descubrimientos e investigaciones solamente hasta donde nuestro hijo quiera. Sin pretender alargar, ni estirar o aprovechar que se siente interesado por algo, para colarle otros conceptos o aprendizajes. Como en la alimentación… cada cucharada de más solo interfiere negativamente en su gusto por comer.
  • En lugar de posicionarnos sistemáticamente al lado de la escuela y del otro adulto, cuestionemos las tareas que le llegan a nuestro hijo si nos parecen alejadas de sus intereses o lo vemos pasar un mal momento. Empaticemos con nuestro hijo y traslademos a la escuela sus necesidades reales.

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