Duelo y psicofármacos

El desamor no se medica

Irene Muñoz

Nuestra sociedad cada vez tiene menos tolerancia al dolor. Pero afrontar la tristeza tras una pérdida forma parte del proceso natural que nos lleva a superarla.

Hoy a los psiquiatras se nos pide que, al reconocer a un paciente, resolvamos dos cuestiones: ¿Cuál es el diagnóstico? ¿Qué plan terapéutico es necesario? Estamos en la era de las teorías que lo explican todo, de los protocolos, de los generalismos. Si alguien está triste necesitamos medicarle inmediatamente porque las personas no toleramos el sufrimiento, no toleramos que haya incertidumbre o vacío, no toleramos no saberlo todo.

Un día cualquiera de enero acudí al Centro de salud mental, como de costumbre, dispuesta a atender a mis pacientes. Encendí el ordenador, obtuve la lista de citas previstas y leí lo siguiente: “V. M. C., 44 años. Motivo de consulta: depresión con ansiedad. Observaciones: ruptura de relación sentimental, dice estar muy triste. Ruego valoración y ajuste de tratamiento. Un saludo”.

El médico de atención primaria ya había dictaminado, por su parte, que V., tras una ruptura sentimental y mucha tristeza, tenía depresión mezclada con ansiedad. ¿Qué debía hacer yo? ¿Qué se espera de un psiquiatra ante esa situación? Imagino que eso es lo que marcaba a continuación en las observaciones del médico: “valora y pauta tratamiento psicofarmacológico”.

¿Qué demanda de nosotros como terapeutas la sociedad ante el sufrimiento psíquico?

¿Qué es lo que viene buscando V.? ¿Qué deberíamos devolverle ante su demanda? Lo primero que me vino a la cabeza, como cada mañana que me veo confrontada a este tipo de palabras y diagnósticos absolutamente rotundos a los que estamos condenados, fue si alguien se preguntaba quién era V. o, simplemente, se me convocaba para sentenciar qué es lo que tenía esta paciente, y en definitiva, dicho coloquialmente, para decidir qué pastillas debía recetarle.

Superar la pérdida con medicación: un parche ineficaz

En una sociedad donde existe una corriente mayoritaria de pensamiento que es altamente intolerante a las emociones negativas como la tristeza o el enfado, una persona que ha experimentado una dolorosa ruptura puede verse tentada a hacer una petición concreta al terapeuta: acabar cuanto antes con la ansiedad o la tristeza que eso le genera.

Esto lleva en muchos casos a demandar medicación ansiolítica o antidepresiva. Y no es la solución.

El origen de la ansiedad y de la tristeza pueden ser ideas o pensamientos más o menos dolorosos que permanecen en nuestro inconsciente y que muchas veces no son fácilmente identificables. La medicación no ayuda a identificar la causa de estos síntomas ni logra corregirla.

Teñir los síntomas

No nos engañemos. La medicación puede darnos un sentimiento de euforia o de tranquilidad pero es una euforia artificial, una falsa tranquilidad.

Si no logramos identificar el origen de nuestras emociones en el momento de retirar el fármaco, lo único que conseguiremos es que los síntomas reaparezcan.

Caer en el engaño

Lo anteriormente explicado puede llevar a las personas tratadas con fármacos a caer en un engaño: como al dejar la medicación vuelven los síntomas, llegan a pensar que la depresión es una enfermedad crónica y que requieren de tratamiento para toda la vida. Estas personas solicitan de nuevo consulta y demandan que se les vuelva a poner el mismo tratamiento.

Quedan atrapados en ese círculo, cuando lo que en realidad ocurre es que se ha querido poner la tirita sin intentar curar primero la herida.

Hablar sí ayuda

¿Puede un psicoanalista ayudar a superar una pérdida sin recetar fármacos?

En realidad, para ser desenmarañadas las causas que mueven a una persona a sentir tristeza y poder resolverlas, lo necesario es que la persona afectada relate su historia, la historia de esa pérdida.

Para ello es necesario la terapia. Solo así se puede identificar qué significado tiene esa pérdida para la persona que la está viviendo.

La versión de V.: cómo encontrarse y llenar el vacío

En todo esto pensaba mientras esperaba a V., quien seguro que debía de estar sufriendo. De eso no me cabía la menor duda. Tenía 40 minutos para indagar en su historia, para saber de qué sufría.

V. comenzó a llorar. Del llanto pasó al berrinche, sudaba, temblaba… incapaz de articular palabra. “No sé qué me pasa, no encuentro palabras… Se ha ido”.

V. estaba casada desde hacía años. Tenía un hijo de cuatro años y una niña de un año. Hacía varios meses que su marido se había ido, sí, o si se prefiere, que no había vuelto. Ella, desesperada, había llamado a la empresa donde le habían comunicado que él había cogido unos días de vacaciones. Posteriormente, el vacío. La nada.

Ella recordaba que su marido estaba raro desde hacía unos meses y que en la cena de Navidad, cuando fue a acercarle el teléfono, vio reflejado un número desconocido. Después él se ausentó para hablar. Esto ocurrió alguna vez más. Recuerda su sensación extraña, un escalofrío que le recorrió el cuerpo, algo que negó inmediatamente, incapaz de tolerar, ni siquiera de imaginar.

Sin embargo, registró ese teléfono. Tenía curiosidad y si, llegado el caso, lo necesitase, tendría algo a lo que agarrarse. Ese momento había llegado.

Marcó y escuchó una voz de mujer al otro lado. Entonces distinguió de fondo la voz de su marido. ¿Quién es? Ella se armó de valor y le explicó quién era y para qué llamaba. Pensaba que al otro lado del teléfono estaba la amante. En una fracción de segundo pudo casi imaginarse su rostro y dibujar su silueta, seguramente joven, bien parecida.

Se encontró con la misma historia en negativo. Una mujer con pareja que trabajaba en otra ciudad y que llevaba viviendo varios años con ella. Tenían un hijo en común, de dos años. La vida le parecía a V. una gran mentira. Aquello teñía de añil todos aquellos años.

No solo existía un vacío por el desencuentro con el otro, con el objeto amado, sino que sentía vacía y hueca su vida previa. ¿Dónde había estado él durante todo este tiempo? ¿Cómo no pudo darse cuenta?

Ahora, una parte de ella se había perdido con él y no era capaz de reconocerse a sí misma. Ni siquiera V. era capaz de saber lo que él representaba para ella. Ese sería el gran enigma con el que debería enfrentarse.

¿Cómo llegar al significado del desamor?

Muchos pacientes acuden a terapia pensando que son los hechos los que de verdad importan.

El primer error por nuestra parte sería colocarnos, inconscientemente, en el lugar de un abogado o de un juez. En definitiva, colocarnos en la posición del saber. Haciendo que conocemos lo que es grave, importante o nimio y otorgando un valor aleatorio a las cosas, a los sucesos.

Digo que el valor es aleatorio porque cualquier coincidencia con la realidad de esa persona, cuando todavía no hemos explorado su cuestión, tiene más que ver con el mero azar que con la realidad que vive. Esta realidad solo le pertenece a él.

Es decir, lo único que tiene valor es la historia que esa persona trae a consulta, su historia. De pocas otras certezas podremos hacernos cargo como de esta.

Nietzsche dijo: “Precisamente no hay hechos, solo interpretaciones”. Nadie sufre de la cosa sino de lo que la cosa representa para uno. El afecto siempre aparece indisociablemente unido a la representación y de esta representación es de la que sufrimos. Solo en esta representación hallaremos al sujeto.

Y si queremos acompañar el duelo tras una ruptura, lo que debemos encontrar es a ese sujeto, y lo que significa para sí su dolor.

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