Renunciar a las expectativas

La magia de lo inesperado

Gaspar Hernández

Existe una ley universal no escrita que permite que muchos deseos se cumplan cuando hemos renunciado a ellos. La clave es el desapego.

A menudo las cosas llegan cuando ya no las esperamos.

Un gesto de cariño. Una llamada. Un trabajo. La solución a un problema económico.

La relación con el jefe que se resuelve por arte de magia cuando ya hemos tirado la toalla después de meses o años de esfuerzos que hemos considerado estériles.

Quizá lo que nos llega es una nueva relación. Una pareja.

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El escritor Luis Racionero cuenta en sus memorias sentimentales, Sobrevivir a un gran amor, seis veces (RBA), cómo las mujeres se le acercan justo cuando ha empezado una nueva relación. Cuando ya tiene aquello que tanto anhelaba –un nuevo amor–, la vida le regala más. Y entonces tiene que elegir.

El "efecto Mateo"

A veces solo logramos cosas que ya tenemos. O sea, más de lo mismo.

  • La Biblia lo expresa con esta frase: “Al que tiene se le dará”.
  • La tradición zen lo dice de otro modo, con una paradoja: “Si tienes un bastón, te daré uno. Si no lo tienes, te lo quitaré”.
  • Y el filósofo Alan Watts escribió: “Solo puedes conseguir algo cuando no lo necesitas. Solo puedes obtenerlo cuando no lo quieres”.

Es difícil de comprender, y nadie tiene una explicación lógica ni racional.

En el día a día, sabemos que el exceso de tensión, de expectativas, provoca malos resultados. En el deporte, por ejemplo. con exceso de tensión –o sea, cuando estamos demasiado pendientes de los resultados– el juego no fluye. Lo mismo sucede en la vida.

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El profesor de tenis norteamericano Jerry Alleyne lo ilustraba con este ejemplo: “cuanto mayor sea el esfuerzo con el que golpeemos la pelota, mayor será la contracción muscular y, en consecuencia, menor la velocidad que le imprimamos”.

En la cúspide de su carrera periodística, Tony Schwartz se lanzó a vivir experiencias inesperadas en busca de la plenitud. Según Alleyne, al que cita Schwartz en Lo que realmente importa (La Liebre de marzo), si bien hay que jugar para ganar, no hay que conceder la menor importancia al resultado.

Hay que tener como objetivo la victoria, porque ello depara un foco de atención. Pero obsesionarse con el resultado solo genera tensión y distracción.

Por eso muchas veces lo que deseamos llega cuando ya no lo esperamos: porque dejamos de molestar con una tensión excesiva.

Aprender a desprenderse

En el fondo, estamos hablando del desapego, una de las leyes espirituales universales.

Según esta ley, para obtener cualquier cosa en el universo físico debemos renunciar a nuestro apego a ella. “Eso no significa que renunciemos a la intención ni al deseo. Renunciamos al interés por el resultado”, sostiene el conocido médico norteamericano Deepak Chopra.

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El desapego es sinónimo de confianza. En cambio, el apego se basa en el temor y la inseguridad. Y desde el temor y la inseguridad no podemos lograr nuevas relaciones, ni nuevos trabajos ni, desde luego, una nueva etapa vital que no sea “más de lo mismo”.

Podemos empezar en nuestro ámbito cotidiano, intentando irradiar confianza. No fijarnos en la meta final sino en el proceso, disfrutando de él.

Lo ideal sería no desear demasiado. A grandes expectativas, grandes decepciones. Y solo entonces lo inesperado acontecerá.

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