Aceptar la propia imagen

¿Y si haces las paces con el espejo?

Claudia Truzzoli

La dependencia de nuestro aspecto nos aleja de los vínculos significativos, la sabiduría de la experiencia y la libertad, y el orgullo de ser quienes somos.

¿Por qué aumenta cada vez más el número de mujeres que experimentan un sentimiento de vacío, de tristeza, de pérdida de sentido de sus vidas?

Estos estados anímicos se suelen tratar con pastillas, cuando, en la mayor parte de los casos, responden a cuestiones de fondo de esta época en que se privilegia la rapidez, el adormecimiento y los parches por encima de la reflexión, la lucidez y las soluciones a largo plazo.

La colonización del cuerpo: un síntoma más de esta sociedad

A través de muchos cauces se intenta adecuar la imagen femenina a ciertos prototipos de belleza que suponen una verdadera esclavitud desde el punto de vista estético, cuando no un peligro para la salud. A este proceso no son ajenos algunos hombres; aunque en su caso se trate de acentuar el vigor y la potencia.

No es que estos hechos resulten nocivos por sí mismos, lo que puede resultar perjudicial es la excesiva dependencia a la propia imagen en desmérito de reflexionar acerca de nuestro estar en el mundo.

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Cuando la inmediatez nos impide reflexionar

Sumidos en la exageración y el predominio de la imagen publicitaria que nos envuelve, perdemos algo realmente importante: la capacidad de pensar. De mantener una mirada reflexiva hacia nosotras mismas, hacia la sociedad que nos circunda, poder establecer una distancia crítica con las ofertas de una civilización que solo se ocupa del goce inmediato.

La seducción fácil, con su promesa de placeres inmediatos, reemplaza a la convicción en valores que verdaderamente nos sostienen.

La imagen sustituye al pensamiento, la austeridad y el esfuerzo se desvalorizan frente a la realización inmediata de los deseos generados desde una lógica que pretende encontrar en el consumo la solución a absolutamente todo.

Todas sabemos, porque alguna vez lo hemos sufrido, con qué rapidez se extinguen los pretendidos placeres que se esperan al comprar un objeto con la ilusión de cambiar un estado de ánimo triste o combatir momentos de vacío.

Entonces, ¿por qué algunas mujeres –y hombres en menor grado– se empeñan de forma desesperada en una ciega carrera de modificación de su cuerpo? Intentan rescatar lo imposible, la juventud.

Es precisamente en este aspecto donde las diferencias culturales entre hombres y mujeres se notan más claramente.

Hombres y mujeres: distintos raseros para la madurez

Los hombres no siguen una carrera tan extremada para parecer más jóvenes porque teniendo aspecto de maduros –aunque no necesariamente lo sean– resultan seductores para algunas mujeres jóvenes.

En cambio, las mujeres saben que a los hombres les da miedo la madurez femenina. Y buscan –tanto más desesperadamente cuanto más dependen de un hombre– parecer lo más jóvenes posible para reafirmar, a través de la mirada masculina, que aún son deseables.

Porque es algo tristemente comprobado que los hombres valoran la juventud más que las mujeres. Tanto es así que cuando ellos crean nuevas parejas después de un divorcio, generalmente se acoplan con mujeres de bastante menor edad.

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¿Es amor o miedo a envejecer?

No es que las mujeres no valoremos la juventud, sino que priorizamos otros aspectos que definen a una persona, por ejemplo su madurez, su saber hacer, su capacidad de compañerismo. Podemos soportar las críticas si están hechas de buena fe porque valoramos aprender de los demás.

Los hombres, salvo excepciones, están más sujetos a la necesidad de ser idealizados. Esto es más fácil que se produzca al lado de una mujer joven, porque ella suele adjudicarle un gran saber sobre la vida, con la esperanza de aprender para llegar a ser imaginariamente tan fuerte, deseable y poderosa como le imagina a él.

Exhibirse para seducir

Tanto los hombres como las mujeres somos sensibles al deseo de gustar. Sin embargo, diferimos en los medios por los que intentamos lograrlo.

Los hombres lo intentan a través del exhibicionismo de sus bienes y posesiones materiales. Ciertos objetos pueden utilizarse para seducir, como es el caso del automóvil, que deslumbra como símbolo de poder, un triunfo exhibicionista, un símbolo de estatus social.

Las mujeres intentamos satisfacer la necesidad de gustar a través del cuidado del cuerpo, pese a la enajenación que supone para una mujer sostenerse solo de su imagen: transitoria, cambiante, expuesta al declive y a la pérdida de belleza, a la vejez, a la decrepitud.

Así, aumentan cada vez más las ofertas de cirugía estética que borran del rostro las arrugas, liposucciones, aumentos o disminuciones mamarias, extirpación genital de labios mayores para aparentar un sexo más aniñado, depilación, operaciones de estómago para perder el apetito, control de la menstruación para tenerla solo unas veces al año o bien parches hormonales para prolongarla indefinidamente sin tener en cuenta que los mismos tienen una incidencia directa en el cáncer de mama.

Ir contra la naturaleza es una lotería. Y, ahora, desde el discurso médico posmoderno, se nos quiere hacer creer que la naturaleza no es tan sabia como creíamos y que provocar cambios en ella nos beneficiará. Los científicos tendrían que apelar a la sensatez frente a la soberbia de creer que pueden dominar por entero el mundo natural.

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Olvidarnos del espejo

Pero ¿qué nos estamos perdiendo con este culto desmesurado a la imagen y a la juventud?

Justamente lo que no se pierde jamás, a menos que la memoria enferme: la riqueza de la experiencia acumulada con los años, el grado de libertad que eso supone, la alegría de poder sentirse a gusto con una misma sin tener que subordinarse a los criterios de los demás.

La posibilidad de vivir una madurez no alienada en una carrera hacia lo imposible de evitar, es decir, la vejez, se encuentra en poder sacarle partido a cada edad con sus características particulares.

La juventud es preciosa pero llena de inseguridad, de promesas futuras, de peleas por lograr los objetivos que se proponen en la vida, de miedos, de vulnerabilidad de la propia imagen frente a los demás, de pruebas continuas, de desafíos.

La madurez, por el contrario, es sabia. Gracias a la experiencia vivida, tiene una experiencia de lo humano que va más allá de las modas. Aunque la subjetividad de cada época esté marcada por estilos y costumbres diferentes, algo permanece invariable a lo largo de muchas generaciones: la sabiduría de las cosas del corazón que nos pueden trasmitir las personas mayores.

Reconocerse a través de los cambios supone un esfuerzo de simbolización, un trabajo psíquico que equilibre logros y pérdidas referidas al propio cuerpo, a nuestros vínculos, a nuestra inevitable finitud.

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Relaciones más profundas

Ese esfuerzo no será posible sin el acompañamiento de interlocutores válidos que nos reafirmen en esta andadura, con quienes establecer una relación profunda que nos haga sentir importantes y especiales. Pero no es esto precisamente lo que abunda en la manera posmoderna de vincularse, con contactos rápidos y cambiantes que no dejan anclar los afectos que sostienen.

Nuestra época se caracteriza por una política de ceguera frente a lo que molesta. Pero las cosas no desaparecen porque no se las quiera ver. Por mucho que nos estiren la piel, eso no nos librará de la vejez. En cambio, si en lugar de estirarnos la piel preferimos aceptar la evidencia de nuestra edad, tenemos que tener una compensación que nos permita sentirnos interesantes a pesar de ser mayores.

Eso se logra alimentando nuestro espíritu con relaciones interesantes, con lecturas que nos acompañen en ese proceso de reflexión acerca de nosotras mismas, de nuestros vínculos, de las múltiples experiencias que la vida nos pone delante.

La libertad de ser dueña de una misma

Es un auténtico descanso sentirse dueña de una misma, da una enorme paz interior no sufrir la ansiedad de depender de cómo nos ven los demás, gastar nuestra energía en cuestiones verdaderamente importantes, poder crear y dejar nuestra huella en otros, una huella que no se deteriore y que sirva para sostenerlos y ayudarlos a andar por la vida, sentir que nuestra soledad es rica en emociones, en recuerdos gratos, en amistades que verdaderamente nos acompañan.

Y si somos afortunados, puede que también tengamos la suerte de vincularnos con quienes tengan la madurez suficiente como para que les resulte estimulante pensarse a sí mismos fuera de los tópicos comunes y superficiales, y poder reconocerse con orgullo y sin rubor

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