Edades por vivir

El nuevo ciclo vital. ¿Por qué se acorta la infancia y se alarga la adolescencia?

Jorge Bucay

Vivimos más años, pero la infancia cada vez es más cortas y la adolescencias, en cambio, es dura muchos más años... Así han cambiado las etapas vitales en menos de un siglo.

Uno de los logros más espectaculares y trascendentes que la evolución de la ciencia ha producido en el último siglo es el aumento de la expectativa de vida.

Especialmente potenciada por los avances en biotecnología, diagnóstico por imágenes, seguridad quirúrgica y las nuevas estrategias terapéuticas de las últimas dos décadas, la expectativa de Occidente pasó de 65 años a principios de los 90 a superar ampliamente los 70 en 2013. Y eso no es todo: los datos que manejan los científicos parecen indicar que durante el siglo XXI se mantendrá esa tendencia.

Se supone con cierta certeza que la gran mayoría de los niños que nacen hoy podrán festejar su cumpleaños número cien sin dificultad.

Esta variable no solo influye e influirá sobre el replanteamiento de las vidas de las personas tomadas individualmente, sino que también provocará profundos cambios en múltiples áreas de nuestra cotidianeidad, tanto en lo social como en lo laboral, lo familiar y, por supuesto, también en lo económico.

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El cambio del ciclo vital

Si pensamos que la vida “normal” de un individuo cualquiera puede dividirse en tres o cuatro etapas más o menos delimitadas, es lógico que, con la prolongación de la vida, su duración también se vea alterada proporcionalmente. Y que las capacidades e incapacidades que se corresponden con esas etapas se prolonguen también, y que lo que “debe” suceder en cada tiempo se postergue a veces de manera inconveniente.

En las primeras etapas, por ejemplo, en las que la tarea fundamental podría definirse como la de acompasar el desarrollo del cuerpo con la construcción de la propia identidad, una dilación indeseada puede afectar al desarrollo de la necesaria firmeza y seguridad en uno mismo que requieren las primeras y difíciles relaciones con el mundo (y las más complicadas relaciones adolescentes con uno mismo).

Especialmente porque es en la adolescencia donde se nos presenta como desafío más o menos consciente reafirmar y defender esa manera de ser que nos diferencia de los demás, sin separarnos por ello del mundo de lo social y compartido.

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Adolescencia temprana

Misteriosamente, existe un periodo de la vida que, paradójica y tristemente, en lugar de alargarse se ha acortado, por lo menos en la sociedad urbana de Occidente: la niñez.

La adolescencia no solo se ha prologado hacia delante (termina después) sino que también se ha extendido (porque empieza antes).

De modo clásico se ha considerado que la adolescencia comenzaba alrededor de los 11 o 12 años (la llamada pubertad, que duraba hasta los 13 o 14 años), para dar paso a la adolescencia propiamente dicha, que se extendía hasta los 18 o 19. Hace un siglo se suponía que a los 20 ya eras una persona adulta en condiciones de asumir todas las responsabilidades que implicaban mantenerte, casarte y hasta tener hijos.

Hoy podemos ver, a veces con simpatía, a veces con preocupación, y siempre con sorpresa, actitudes claramente adolescentes a edades tan precoces como los siete u ocho años, que se prolongan mucho más allá de los 25 años en las mujeres y de los 28 en la mayoría de los hombres (y todo esto, cabe repetirlo es normal, es decir, sucede sin que medie ninguna incidencia patológica).

La influencia de las TIC

El comienzo anticipado de la adolescencia tiene también una explicación, que se relaciona con el avance de las nuevas tecnologías puestas al servicio de la educación.

Los niños están expuestos, desde muy temprano, a una marcada sobreestimulación que incluye, claro, el acceso precoz a todo tipo de información de modo más veloz y sin casi restricciones (para bien y para mal).

Esta idea no debería empujarnos, sin embargo, a intentar restringir el acceso a la información de los más jóvenes, ni imponer controles a su manejo de Internet, su consumo de medios masivos de comunicación o las redes de contacto con sus iguales, argumentando que podrían introducirlos en esas “ideas perniciosas” que hemos querido ahorrarles.

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No deberíamos intentarlo, no solo porque sería imposible (intentar cubrir el sol con la mano), sino también y sobre todo porque este acceso privilegiado a la información trae consigo demasiados beneficios importantes como para pensar en prescindir de él. Está más que demostrado que los niños y jóvenes descubren, gracias a su acceso a la informática y a Internet, campos a los que sus padres no hubieran podido darles ni una mínima entrada.

Es evidente que el acceso fácil a las redes ha acelerado el proceso de aprendizaje y lo ha vuelto más autónomo y menos dependiente de aquellos que “detentan” el saber. De alguna manera se ha terminado para los padres aquella sensación vanidosa que tenía mi padre cuando me explicaba la fórmula química del agua. Si tu hijo te lo pregunta, sentado frente a su ordenador, lo hará para confirmar si tú lo sabes, no para que se lo expliques.

Quienes presencian estas apariciones supuestamente demasiado tempranas o demasiado tardías de conductas adolescentes suelen ser críticos e impiadosos con esos adolescentes fuera de tiempo.

Cuando los aún muy niños realizan cuestionamientos propios de la adolescencia, se toman los mismos por falta de respeto, desfachatez o mala educación. Es importante recordar que estos niños de entre 8 y 12 años no están solo actuando de ese modo, sino que verdaderamente se sienten así. Nos guste o no, tienen información suficiente y han oído otras campanas como para cuestionar a sus padres, y es lógico y entendible que así lo hagan.

Adolescencia prolongada

En los demasiado crecidos, las conductas ambivalentes de la adolescencia (eres mayor para unas cosas y pequeño para otras) se toman como pereza, vagancia o comodidad. También este juicio es injusto.

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Debemos recordar las condiciones con las que se enfrentan: la prolongación del ciclo vital que ya hemos mencionado deja demasiados adultos maduros que no piensan en abandonar sus puestos de trabajo, impidiendo así el relevo de filas. Las condiciones que un joven precisa para sostener un proyecto autónomo son cada vez mayores y más difíciles de conseguir; es poco probable que un joven de 25 años (independientemente de su capacidad y empeño) obtenga un empleo que le permita mantenerse sin sacrificar toda posibilidad de construirse un futuro (por no hablar del tiempo que necesita para disfrutar de su vida).

Así, los jóvenes suelen verse en la disyuntiva de dejar el hogar de sus padres al precio de renunciar a sus posibilidades de ahorro o permanecer allí más de lo que quisieran (fortaleciendo una conducta claramente adolescente) hasta que existan mejores condiciones.

Tener en cuenta estos cambios es fundamental para no oponernos ni enfrentarnos a nuestros hijos, alumnos, y demás jóvenes de nuestro entorno. Quizá podamos así acompañarlos nutritivamente en una etapa que, al fin y al cabo, ellos sufren más que nadie. Esto hará, sin buscarlo, que nuestro pasaje por la edad adulta sea más llevadero y menos solitario.

El tiempo del individuo adulto

Considerando estos factores, la edad adulta comienza por supuesto más tarde, pero también se prolonga mucho más allá. Será un largo y trabajoso proceso para construir un espacio para habitar con auténtica libertad personal. Incluyendo una y otra vez la necesidad de enfrentarse con aquella identidad armada a empellones en la etapa anterior.

La famosa “crisis de los cuarenta” es hoy una crisis mucho más tardía: la crisis de los cincuenta, ¿o de los sesenta?, aunque traiga consigo la misma pregunta: ¿Estoy satisfecho con esta vida que tengo, con mi trabajo, con mi pareja, con mi predecible futuro?

Es cierto que muchas de estas metas o expectativas siguen siendo el resultado de mandatos impuestos por el afuera y que por eso deberíamos desestimarlos (estás en edad para pensar en esto o no deberías a estas alturas estar pensando en aquello); sin embargo, hay algunas líneas que deberemos cruzar, antes o después, para poder desplegar todo nuestro potencial como personas evitando quedarnos detenidos viviendo vidas empobrecidas o insatisfactorias.

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El inevitable darnos cuenta de la transitoriedad de toda nuestra existencia y lo efímero de la vida (por mucho que se prolongue) no puede llevarnos más que a una conciencia mayor de la responsabilidad de cada uno en este mundo compartido, y el compromiso pleno que una vida digna de ser vivida nos exige día a día.

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