Aprender de los errores

¿Cómo sacar provecho de un fracaso?

Anna R. Ximenos

Vivir es ir sumando sucesos, decisiones y sentimientos. Incluso lo que llamamos errores son peldaños en el proceso de aprendizaje hacia nuestra felicidad.

Es de sentido común pensar que lo que nos da la experiencia a todos son los años, lo que no implica, automáticamente, adquirir sabiduría. Una cosa es lo que nos sucede y otra lo que pensamos y sentimos acerca de eso que nos sucede.

Hechos similares hunden a algunas personas y a otras las fortalecen. ¿Qué las distingue?

Hay quienes aprenden siempre y quienes pasan por la vida como de puntillas, sin querer aprender de sí mismos, empeñados en que el mundo les es y será siempre hostil. Todos conocemos a personas mayores que han ido haciéndose cada día más sabias a través de la experiencia... y a otras que se han ido progresivamente cerrando al aprendizaje.

¿Tropiezas siempre con la misma piedra?

En la película Atrapado en el tiempo, Bill Murray, caracterizado como frustrado y arrogante hombre del tiempo de una cadena de televisión, es enviado a la pequeña población de Punxstawnwey para cubrir la información del festival del Día de la Marmota.

Una tormenta de nieve lo obliga a pernoctar en la ciudad y a la mañana siguiente, al despertar, comprueba atónito que comienza otra vez el Día de la Marmota. Murray se verá enmarañado en un bucle temporal que lo condena a revivir una y otra vez el mismo día.

A lo largo de la película, asistiremos a su paulatino cambio de valores: solo cuando logre ser consciente de sus errores y aprender de su propia experiencia vital podrá abandonar el día en el que se encuentra atrapado.

En otra película de corte muy diferente, Pequeña Miss Sunshine, asistimos a los avatares de convivencia de una familia poco convencional: el padre trata de construirse una carrera de éxito como motivador de la autoayuda profesional; el abuelo ha sido expulsado de un asilo para ancianos por traficar con estupefacientes; el hijo adolescente ha jurado mantener silencio y se niega a hablar hasta que cumpla su sueño de convertirse en piloto de pruebas, y la niña, rellenita y con grandes gafas, ha sido seleccionada para participar en un concurso de belleza típicamente americano.

A pesar de no gustarles la idea, la familia al completo decide acompañar y apoyar a la niña, asumiendo un margen de error importante, y se embarcan en un viaje por carretera de 1.287 kilómetros en una destartalada camioneta.

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A lo largo del viaje, la familia sufre numerosos percances: el padre pierde un importante contrato como motivador; el abuelo muere inesperadamente; el hijo descubre que es daltónico y que jamás podrá pilotar un avión... tensiones y adversidades que los miembros de la familia logran ir encajando apoyándose los unos en los otros.

Finalmente, después de una carrera frenética a contrarreloj, la familia llega al hotel donde se celebra el concurso. Enseguida se dan cuenta de que la hija menor no tiene el perfil “adecuado” (niñas delgadísimas con voz de falsete, maquilladas y vestidas como si fueran mujeres).

En cualquier caso, ella quiere salir al escenario a llevar a cabo el baile que el abuelo le había ayudado a preparar en secreto (una actuación burlesque de Super Freak, de Rick James). Los organizadores, furiosos, ordenan al padre que saque a la niña del escenario, pero en lugar de hacerlo, toda la familia sube al escenario para bailar junto a ella.

¿Qué nos enseñan Atrapado en el tiempo y Pequeña Miss Sunshine?

Como Bill Murray, muchas personas transitan por la vida con una actitud cerrada a la posibilidad de ensancharse y crecer, convencidos de que no pueden aprender nada, menos de su propia experiencia. Suelen ser personas rígidas, a las que les cuesta cambiar de rumbo y ser flexibles en su toma de decisiones.

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En cambio, los personajes de la segunda película asumen de modo natural un gran repertorio de errores y equivocaciones como algo intrínseco al desarrollo humano, hecho que les permite aprender de su propia experiencia vital desde el inicio de la película y crecer como individuos.

El ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pero a veces, como Bill Murray en Atrapado en el tiempo, parece que no escarmentamos y, a pesar de superar duros reveses en nuestra vida, volvemos a cometer una y otra vez los mismos fallos que nos llevaron a esa situación.

Es cierto que, sobre todo cuando estamos pasando por un periodo complicado, nos resulta muy difícil ver las cosas objetivamente y no entendemos por qué suceden. Sin embargo, ese es el mejor momento para enfocarnos en el aprendizaje. Lo importante es que en el proceso podamos detenernos y preguntarnos qué podemos aprender de nosotros mismos.

Si no nos damos la oportunidad y la apertura para identificar lo que nos está limitando, nosotros mismos nos convertimos en nuestro mayor obstáculo.

Para dejar entrar cosas nuevas en nuestras vidas tenemos que cerrar, limpiar, tirar o deshacernos de lo que no nos sirve, no funciona o nos hace daño. Pero lo más importante es el aprendizaje que nos dejaron estas experiencias.

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Se puede aprender de los errores

La primera exigencia es aprender a reconocerlos. Si pensamos que estamos exentos de cometerlos, si creemos que no podemos equivocarnos, nunca aprenderemos.

No es humillante reconocer los errores. Lo triste es ignorarlos o negarlos y empecinarse en ello. De hecho, si nos detenemos un poco, incluso podríamos decir que equivocarse es una de las experiencias más apasionantes que existen.

Acaso uno de nuestros grandes errores consista en negarnos de entrada la posibilidad de equivocarnos y fracasar.

En segundo lugar, deberíamos poder analizar por qué se ha cometido un error, cuál ha sido la causa del mismo para intentar que no se repita.

Para ello, tenemos que aceptar lo que nos sucede, analizar las causas, perdonar y cambiar, entendiendo que somos seres en perpetuo movimiento. Si lo conseguimos, podremos avanzar en nuestra vida y ser personas más felices.

Así es como actúan los miembros de la familia de Pequeña Miss Sunshine: por muy disparatado que sea lo que están sintiendo, no lo niegan, logrando eludir así muchas convenciones sociales y obteniendo como resultado un modo de vivir absolutamente genuino.

El acto de errar consiste en atentar contra uno mismo y contra el mundo, pero de ese atentado podemos obtener una lectura positiva si logramos ser conscientes de él y detectarlo a tiempo: a largo plazo hallaremos nuestro camino fortalecido, con la autoestima y la confianza renovadas.

Fracasar mejor

El libro Instrucciones para fracasar mejor. Una aproximación al fracaso (Abada Editores), de Miguel Albero, ilustra de modo muy ameno el tema que nos ocupa. Así, en contra de la creencia común de que el fracaso debe ocultarse, encontramos numerosos ejemplos de personas que han expuesto el fracaso humano ante la humanidad.

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Gracias a este libro sabemos que en Zagreb puede visitarse un Museo del Fracaso Amoroso, fundado por una pareja rota; también podemos encontrar el Museo del Fracaso Comercial, en el Estado de Nueva York, o el Museo del Arte Malo de Massachussets, que únicamente comparte con los “museos de arte bueno” el hecho de que les roban piezas.

Albero defiende que es necesario desacralizar el éxito, la emprendeduría, y que fracasar debería ser la aspiración normal o suprema del hombre, en el sentido de que, ante las inhumanas modalidades que ofrecen en su menú tanto el capitalismo como el socialismo totalitario, aspirar al fracaso es una suerte de liberación personal.

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