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¿Emociones tóxicas? 5 acciones para liberarlas

Ira, tristeza, vergüenza, miedo... No son emociones "malas": son de gran utilidad ante determinadas situaciones. Tratar de silenciarlas sí puede ser tóxico.

Ramón Soler

como evitar emociones toxicas

En nuestra sociedad, se educa a los niños en la dicotomía de que las emociones se clasifican entre buenas (positivas) o malas (negativas). De esta forma, tradicionalmente, en las familias está bien visto y recompensado que los niños se muestren alegres, mientras que, la expresión del malestar, como el llanto o el enfado, es reprimida o incluso, prohibida.

Por lo general, niños y niñas son elogiados cuando se “portan bien” y cumplen las expectativas de los adultos. Al contrario, a los alborotadores o protestones se les regaña y se les fuerza a controlar sus impulsos. Así, generación tras generación, se ha ido transmitiendo la idea de que resulta beneficioso expresar unas emociones (las buenas) y ocultar y acallar otras (las malas).

Aprende de tus emociones "negativas"

Inteligencia emocional

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Las consecuencias de camuflar los sentimientos

Los niños forzados a silenciar parte de sus emociones suelen convertirse en adultos aparentemente adaptados a la vida en sociedad. Sin embargo, en su fuero interno, arrastran una pesada carga represiva.

Para ser aceptados por los demás y para evitar expresar sus emociones censuradas socialmente, consumen enormes cantidades de energía psíquica.

A pesar del esfuerzo, sus emociones desterradas no desaparecen sino que, furtivamente, se camuflan en su interior. Esta represión de parte de las emociones constituye la base de un gran número de problemas psicológicos y/o físicos, puesto que puede influir, incluso, en el desarrollo de enfermedades somáticas.

Cuando se habla o escribe sobre emociones tóxicas, lo que se está realmente describiendo no son las cualidades de las emociones, sino el resultado de la represión de algunas de ellas. Esta contención es la que resulta altamente perjudicial para las personas.

Pensemos, por ejemplo, en el enfado, la frustración o la tristeza como emociones que podemos experimentar ante distintas situaciones de la vida. Si en el momento de sentirlas, nos permitimos expresarlas y vivirlas, puede que no resulten agradables, pero seguro que nos ayudarán a resolver la situación que las ha causado.

El círculo tóxico de la censura emocional

Si nos guardamos dentro esas emociones y no las dejamos salir, si sucumbimos a la presión social de lo “políticamente correcto” y las silenciamos, el círculo negativo de la toxicidad se pondrá en marcha. Ocurre que, como las emociones reprimidas jamás desaparecen, se acumulan en nuestro interior.

Aunque pretendamos pasar página ante una situación de acoso en el trabajo o deseemos ocultar lo mal que nos sentimos frente a una infidelidad, la realidad es que nuestra mente no dejará de recordarnos, una y otra vez, la afrenta. Aunque la situación sucediera décadas atrás, nuestra mente la revivirá y la sentirá como real, incluyendo todo el abanico de emociones asociadas. Con cada recuerdo, las emociones reprimidas en aquellos momentos (enfado, miedo, vergüenza, etc.) regresarán y el cerebro volverá a inundarse de las hormonas de la ansiedad y el estrés.

Además, al repasar continuamente en nuestra mente estas vivencias, los circuitos neuronales de estos pensamientos negativos se refuerzan, por lo que será mucho más probable que reaccionemos igual ante situaciones similares. Si, por ejemplo, no protestamos frente a un abuso por el miedo al qué dirán, volveremos a actuar igual cuando nos encontremos ante una situación análoga, alimentando, de nuevo, el círculo tóxico de las emociones reprimidas.

¡Permítete sentirlo todo!

Las emociones que nos dañaron en el pasado y que nos siguen afectando en el presente, que se quedaron dentro de nosotros como una piedra radiactiva que nos abrasa por dentro y de las que no podemos librarnos, son las emociones tóxicas.

Estas emociones sí que nos perjudican, pero no por su naturaleza, sino por su represión. Tenemos derecho a enfadarnos o a estar tristes, a reír o a llorar. No es sano bloquear o reprimir estas emociones, debemos reconocerlas y fluir con ellas

El camino hacia la sanación de estas emociones tóxicas resulta laborioso. No olvidemos que muchos de estos patrones represivos nacieron en la infancia y que, a lo largo de los años, han sido repetidos miles de veces.

Para sanar, debemos permitirnos reconocer y expresar las emociones que nos produce cada situación que nos encontramos en la vida. ¿Cómo liberar estos sentimientos?

1. Aprender a no silenciar lo que sentimos

Pensemos en diferentes situaciones que nos provocan sentimientos que solemos reprimir.

  • ¿Qué podríamos hacer ante ellos?
  • ¿Qué nos gustaría decir?
  • ¿Cómo reaccionaríamos la próxima vez?

Practicarlo mentalmente y visualizarlo nos ayudará en circunstancias futuras similares.

2. Perder el miedo a no ser comprendidos

Compartir lo que pensamos con los demás siempre va a ser saludable. Aquellos a los que les guste tu opinión se quedarán contigo, mientras que los que no estén de acuerdo se alejarán.

3. Comprender los motivos del otro

A veces interpretamos de forma exagerada las reacciones de los demás o nos tomamos sus palabras o sus acciones como afrentas personales.

Pensemos que cada persona acarrea una historia y una mochila particular que influyen en sus reacciones. Comprenderlo nos ayudará a relativizar, a no exagerar y a poder fluir con nuestras emociones.

4. No tapar lo que nos disgusta

Cada emoción que guardamos en nuestro interior es una piedra radiactiva que afecta profundamente a nuestro cuerpo y mente. Si algo no nos gusta, preguntemos, aclaremos la situación y expresemos cómo nos sentimos.

Busquemos una manera asertiva de hacerlo, sin perder los papeles, pero siempre evitando reprimir las emociones.

5. Poner palabras a las emociones

Muchas veces lo que lleva a reprimir las emociones es el miedo durante la infancia a las reacciones de los demás. Por ejemplo, en ocasiones, para que los padres no se enfaden, evitamos protestar o expresar nuestro malestar.

Recordemos que el peligro de antaño ya no es real. Podemos hablar, expresarnos y comunicar lo que sentimos.

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