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Vencer el miedo

El miedo es una señal de alarma básica. Sin embargo, en exceso puede llegar a paralizarnos. Aceptar su presencia y afrontarlo lo convierten en un gran aliado.

Mireia Darder

como vencer miedo

Laura se encontraba en clase de matemáticas tres meses antes de acabar sus estudios universitarios cuando, de pronto, perdió la visión, sintió un inmenso dolor en el pecho y pensó que ahí se terminaba su vida. Estaba convencida de que estaba teniendo un ataque al corazón. Le sudaban las manos, tenía palpitaciones, mareos... Y creía que iba a perder el conocimiento de un momento a otro. Estaba muy asustada.

Así llegó a Urgencias. El médico que la atendió le realizó un electrocardiograma y vio que todo estaba bien. A su corazón no le pasaba nada.

—Laura, has sufrido un ataque de pánico –le dijo–. Te puedo recetar unos ansiolíticos, pero te aconsejo que busques ayuda psicológica.

Así llegó Laura a mi consulta. Necesitaba vencer su miedo para que no la desbordase, ya que temía que este episodio se volviera a repetir.

El miedo tiene su función

El miedo es una de las cuatro emociones básicas que nos acompañan a lo largo de la vida junto con la rabia, la tristeza y la alegría. Es una de las que calificamos como negativas, aunque todas nos ayudan a adaptarnos al entorno en el que vivimos.

Las emociones siempre aparecen para darnos una información sobre la relación que tenemos con el otro o sobre el entorno en el que estamos.

La función del miedo es la de protegernos ante los peligros que puedan rodearnos, por eso nos lleva a contraernos físicamente. Cuando es saludable, nos anima a desplegar todos nuestros recursos para superar un reto.

En su grado máximo, el miedo nos bloquea y paraliza, extremo que también tiene una función adaptativa: muchos animales se hacen el muerto para sobrevivir y para que sus agresores dejen de prestarles atención.

¿Cómo podemos saber cuándo el miedo que sentimos corresponde a una amenaza real y cuándo es fruto de nuestra imaginación o se ha agrandado por razones ajenas a la situación real, hasta el punto de paralizarnos como le sucedió a Laura?

Racionalizar en exceso

Para que Laura empezara a darse cuenta de qué le estaba pasando, le conté una historia:

“Una vez una hormiga preguntó a un ciempiés: ‘¿Podrías explicarme cómo haces para coordinar y caminar tan bien con tus cien pies moviéndolos todos al mismo tiempo?’.

El ciempiés empezó a pensar en cómo lo conseguía, en qué órdenes mandaba a cada uno de sus pies y, en ese mismo momento, empezó a tropezarse. Fue incapaz de dar un nuevo paso. El pobre ciempiés todavía está pensando y no se ha movido del lugar”.

Eso mismo pasa con la vida: a veces, cuando uno intenta controlarla y empieza a dar vueltas a todo lo malo que puede pasar, se colapsa.

¿Cuántas veces te has colapsado tú? ¿Eso te ha impedido hacer lo que querías hacer? ¿Cuántas veces has evitado hacer cosas que te apetecía?

La epidemia del exceso de miedo: consecuencia de la ilusión de control

En nuestra cultura han aumentado muchísimo los casos de ansiedad y ataques de pánico debido a que nos hemos creído que nuestra mente era omnipotente, capaz de prever todo lo que ocurre y todo lo que nos pasa.

Somos como el ciempiés: funcionamos hasta que empezamos a autorresponsabilizarnos de todo y nos exigimos tenerlo bajo supervisión. Entonces nos asalta el pánico por miedo a fracasar, a no llegar y a ser castigados por ello.

Vivimos en la falacia de que podemos controlarlo todo y, a la vez, estamos convencidos de que somos responsables de todo lo que nos ocurre. Ya no decimos nunca “si Dios quiere”; la mayoría de las religiones ha creado la imagen de un Dios vengador y castigador. Se nos enseña a temerlo.

Nos gusta pensar que somos capaces de lograr cualquier cosa que nos propongamos, pero hay muchas situaciones que escapan a nuestro control.

Nuestra cultura no nos ayuda precisamente a no sentir miedo. Está basada en él como forma de control de las personas. Las noticias que nos llegan, las películas que vemos... Todo constituye una gran fuente de miedo. Vivimos en un mundo que propicia que desconfiemos de los demás: te pueden matar, robar, engañar…

¿Cómo podemos superarlo?

¿Cómo vencer esa educación que nos ha metido el miedo en el cuerpo hasta condicionar nuestra forma de actuar y sentir?

El miedo, como emoción primaria que es, tiene una manifestación en el cuerpo. Cuando una persona siente miedo, respira con la boca abierta entrecortadamente abre mucho los ojos, su cuello y su cara están rígidos. Estos síntomas aparecen cuando el miedo es de un nivel aceptable; en su grado máximo, puede llevar a la parálisis.

Sin embargo, el cuerpo posee su propio mecanismo para expresar el miedo: se pone a temblar. Si permitiéramos esta manifestación, desaparecería en unos segundos, como lo hacen el resto de las emociones primarias cuando encuentran un espacio de expresión. Vencer el miedo significa, en este caso, dejar que el cuerpo se exprese mediante movimiento, temblando.

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Debemos tener en cuenta que existe un miedo primario y otro que se deriva de la fantasía y de la excesiva preponderancia de la razón. ¿En qué se distinguen?

  • El primario lo desencadena un estímulo externo amenazante que puede atentar contra la vida; es un miedo adaptativo que nos protege.
  • El otro está provocado por nuestros pensamientos; nos paraliza y nos impide actuar. Este es el miedo que hay que vencer.

Laura tenía un miedo secundario. Había dejado que su imaginación tomara las riendas. Estaba en un periodo de tránsito y se sentía sin recursos para asumir el cambio que significaría dejar de estudiar y empezar a trabajar. Cuando se enfrentó a sus fantasías, cuando pudo identificarlas y contrastarlas con la realidad, su miedo empezó a desaparecer.

Las palabras de Séneca nos recuerdan que “no dejamos de afrontar las adversidades porque sean difíciles, sino que son difíciles porque no las afrontamos”.

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