Vivir con menos

Desapego vital: ¿qué quieres hacer con lo que tienes?

Las posesiones jamás deberían encabezar nuestra lista de prioridades. Creemos que lo material nos da seguridad, pero a veces nos aleja de nuestra realización personal. ¿Cómo encontrar el punto?

Jorge Bucay

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Aprender a vivir con menos, esa lección de vida que escuchamos en boca de todos los maestros espirituales, vuelve hoy a nosotros, pero esta vez de la mano de los economistas, los ministros de Hacienda o los jefes de gobierno. El objetivo ya no es la libertad de aquel que no depende de sus posesiones, sino el desafío de la supervivencia.

Y, a pesar de algunos mezquinos intereses –seguramente presentes–, paradójicamente el mensaje sigue siendo el mismo: detener nuestra desafortunada adicción a lo material y aprender a desprendernos de tanta cosa innecesaria.

Desprenderse, primer paso hacia la espiritualidad

El valor del desprendimiento ha sido ensalzado por casi todas las doctrinas religiosas y por la mayoría de los maestros espirituales, como llave y pasaporte a la hegemonía de lo mejor de cada uno. De San Francisco de Asís a Buda, son varias las vidas desapegadas que han sido tomadas como modelos a imitar, aunque su renombre se intrincara con parámetros culturales que nos encaminan hacia la dirección opuesta.

¿Qué significa el desapego?

Resulta algo difícil, en la actualidad, precisar qué significa exactamente ese concepto. ¿Debo entregar todos mis bienes a los que no tienen nada? ¿Debo renunciar a mis posesiones? ¿Debería vivir como un mendigo? ¿Sería deseable que la gente prendiera fuego a sus ropas, sus muebles y sus automóviles? No parecen ser propuestas demasiado sensatas ni posibles.

Acumular para tener más es un sinsentido que no proporciona la felicidad. Valorar las cosas en su justa medida nos permitirá desapegarnos de ellas.

Desde niños, hemos aprendido a valorar nuestros útiles, nuestra ropa y nuestras cosas. Nos han enseñado a conservar, a cuidar, a no destruir, y a hacer lo posible para tener más y más. Sería tan difícil cuestionar esa pauta... Y, sin embargo, quizás haya algo que sí podamos hacer: podemos agregar dos matices que, sin violar la esencia de lo cultural, nos permitan explorar la capacidad de desprendernos de algo de lo que tenemos.

Apreciar sin aferrarse

Me refiero al aprendizaje del sentido de compartir y al descubrimiento del sinsentido de acumular.

Quien tiene posesiones lógicamente las valora. Suena bien y sano. Pero una cosa es “valorar” y otra, muy diferente, “aferrarse”. Una cosa es “Disfruto de todo lo que tengo” y otra, “lo necesito para ser quien soy”. Parece una verdad de Perogrullo que nadie “es” por lo que tiene, ni logra la felicidad por acumular bienes, pero muchas veces nos cruzamos con actitudes que parecen determinar que eso es lo que cree buena parte de quienes nos rodean.

Pero, atención, demonizar las cosas que se compran con dinero tampoco sirve. El mito popular trata de hacernos creer que el hombre o la mujer adinerados viven en una soledad infinita; el argumento que sostiene este disparate es que, como no pueden dejar de creer que todos se acercan a ellos para sacar beneficio de su riqueza, no pueden más que desconfiar de todas las personas que los rodean.

En este caso, como en otros, el mito generaliza injustamente, y se exagera con el aval de nuestra moral judeocristiana. Creyentes o no, todos recordamos la sentencia bíblica: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos”. Pero lo cierto es que, en la vida cotidiana, comprobamos, como era de esperar, que hay ricos insoportables o malvados y ricos encantadores y generosos, así como existen personas que no tienen casi nada y son más que amables y solidarias, y otras que, en la misma situación, son resentidas, desconfiadas y dañinas.

¿Qué quieres hacer con lo que tienes?

Y es que el punto central de aprendizaje positivo respecto del desapego no está relacionado con cuánto uno tiene, ni con de cuánto uno se ha desprendido, sino más bien con la importancia y el uso que le da cada uno a lo que tiene.

Sea una u otra la suerte que le ha tocado a alguien en la vida, siempre existe el juego de las circunstancias y el trabajo personal, que, sumados, pueden permitir que, de una familia rica y superficial, surja un artista revolucionario o un bohemio poeta y que, de un ámbito carente, surja un escritor afamado o un científico benefactor de la humanidad.

Seguir el dictado de nuestro corazón, atreviéndonos a soltar algo de lo que tenemos, nos puede llevar a la verdadera realización personal.

También el desapego puede jugar un rol fundamental, si nos damos cuenta de que se necesita coraje para desprenderse de lo previsible y correr el riesgo de seguir el llamamiento del propio corazón. Hablamos de no dejarse guiar por el peso de las posesiones materiales o de una posición social, ni dejarse frenar por el condicionamiento de un origen o de un mandato familiar; hablamos de ser capaces de seguir, por ejemplo, una vocación impulsada por los sentimientos, la intuición o los ideales.

Desarrollar el talento suele requerir un sacrificio

Muchos jóvenes talentosos, en lugar de emular al gran Albert Camus –salido de una familia indigente y analfabeta–, permiten que la miseria o la riqueza de su entorno funcionen como obstáculo para lograr su verdadero objetivo.

Demasiados jóvenes renuncian a un destino mejor por temor a perder algo –su casa, la valoración familiar...– y optan por un presente mediocre por no arriesgarse a soltar lo poco que tienen... Mal enseñados, cercenan voluntaria y conscientemente lo que podría ser un futuro de plenitud y realización por temor a lo que seguirá, por no ocasionar pena o por no ser capaces de desapegarse de un lugar previsible para saltar a otro menos controlado.

Ficción....

En la vida cotidiana, estas heroicidades no son tan frecuentes, pero existen. Así lo muestra la trama, tan simple como dramática, de la película Vete y vive, dirigida por Radu Mihaileanu. Allí se relata la historia real de Schlomo, un joven etíope adoptado por una familia judía de Tel Aviv, que pelea por integrarse en la comunidad que lo adoptó y que, de muchas maneras, le salvó la vida.

En este proceso, se convierte en médico, se casa y forma su propia familia. todo parece ir bien. Pero, en su interior, tiene un asunto pendiente. Siente el impulso de volver a su África natal, encontrar a su madre biológica y ejercer allí su profesión... Parece una locura, pero nada ni nadie puede detenerlo, quizá porque no puede ni quiere renegar de su identidad primera o de lo que intuye es su verdadero sino...

... y realidad

Conocí una vez a alguien al que llamaremos Eusebio. Había nacido en una familia muy rica, fundadores y dueños de una enorme fábrica de prendas de vestir. Desde muy joven, demostró que tenía verdadero talento para las letras y una particular facilidad para escribir pequeños guiones teatrales. De hecho, recibió algunas distinciones tempranas.

Finalmente, llegó la hora de elegir una carrera. No solo por consejo de sus padres sino por sus propios temores, Eusebio no se animó a desprenderse del confort y lo seguro. El joven terminó dirigiendo la fábrica de su padre, volviéndose un ser oscuro, melancólico y algo hostil hacia el mundo, con muchísimo dinero, eso sí, pero con muy pocas alegrías.

En el proceso terapéutico al que recurrió buscando alivio a sus crisis depresivas “sin motivo”, el terapeuta le recomendó que leyera Siddhartha, la novela de Hermann Hesse.

Querer llenar un vacío interior con posesiones y metas marcadas por quienes nos rodean puede llevarnos a perder el rumbo definitivamente.

En ella, el joven Siddhartha, nacido en el seno de una familia adinerada y encumbrada socialmente, abandona su hogar con la intención de recorrer el mundo en busca de la iluminación. Se desprende de su historia pasada para escribir la suya propia, está seguro de que debe encontrar él mismo el camino que le dicta su ideal, en lugar de someterse a las indicaciones de quienes lo lograron por otras vías. Al fin, alcanza lo que desea y vuelve, valorando lo que dejó al irse, pero sabiendo que haber partido era su única posibilidad.

Hoy Eusebio ha dejado la fábrica y trabaja como guionista. No es el más rico de los escritores de teatro, pero sí uno de los más felices.

Tu historia es tu bien más preciado

Cada persona merece una historia única, como bien dice Hugh Prather, autor de Palabras a mí mismo, pero es necesario destacar que las posesiones jamás deberían encabezar nuestra lista de prioridades. Solo así sabremos elegir entre los bienes intrascendentes y el bien supremo. Entre la seguridad de una cuenta bancaria y la serenidad del amor de otros. Entre el aplauso espurio de la mayoría y el camino de los ideales más íntimos y profundos.

Un extracto de este poema que circula desde hace años por internet, atribuido a veces al maestro budista Rimpoché, nos alerta del peligro de querer llenar un vacío interior con posesiones y metas más que publicitadas, perdiendo el rumbo, a veces definitivamente.

Hoy tenemos casas más grandes
y familias más pequeñas.
Más relojes, pero menos tiempo.
Más conocimientos, pero menos
sentido común.
Más expertos, pero no menos problemas.
Gastamos demasiado, reímos poco.
No echamos de menos pero nos
enfadamos de más.
Hablamos demasiado,
y escuchamos muy poco.
Compramos más, pero lo disfrutamos menos.
Hemos aprendido a prolongar la vida,
pero no a vivirla realmente.
Hemos conquistado el espacio exterior,
pero no nuestro interior.
Hemos desintegrado el átomo,
pero no nuestros prejuicios.
Hemos aprendido a correr, pero no a esperar.
Es tiempo de comidas rápidas
y digestiones lentas.
De ingresos más altos, pero moral más baja.
De más entretenimiento...
pero menos diversión.
Porque de todo tenemos más,
Y de casi nada hemos conseguido lo mejor.

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