Libres y valientes

Más fuertes que el miedo

Iván Crespo Izaguirre

El patriarcado se alimenta del temor como una herramienta de dominación en la realidad cotidiana... y eso nos hace vulnerables. Romper con él es fundamental para ser verdaderamente libres.

Hace unos años me encontré trabajando con la artista bilbaína Saioa Olmo. No hacía mucho que ella había realizado un taller con mujeres sobre la ciudad como espacio generador de conflicto. Más concretamente, como espacio conflictivo para las mujeres.

Cada participante escogía una imagen de una ciudad para después escribir detrás, como si fuera una postal, sus memorias emocionales, una anécdota o quizá sus sentimientos hacia el lugar que esa imagen podía representar. Saioa me enseñó una. Era la foto de un portal. Me sentí inmediatamente inquieto y un montón de imágenes tétricas y oscuras vinieron a mi mente.

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“Dale la vuelta”, me dijo. Apenas dos líneas: “Hasta que marché de casa de mis padres siempre tuve que estar de vuelta a las once. Mi hermano nunca tuvo hora de vuelta a casa”.

Incluso después de conseguir encerrarnos en las pautas que nos marcan y el rol que nos asignan, no se nos recompensa con la felicidad prometida.

Me di cuenta de que mi interpretación había sido errónea. Y lo curioso, según dijo mi amiga, es que casi todas las personas del taller la habían interpretado como yo. En nuestra percepción, un portal cualquiera en un taller con perspectiva de género solo podía suponer un ataque, un abuso, una violación.

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Era un miedo colectivo: una experiencia fuerte de una mujer en un lugar de tránsito debía suponer violencia. Y no hablo de violencia simbólica, sino de violencia física, pura y dura.

El sistema se alimenta del miedo

El patriarcado es un sistema de dominación de carácter estructural social y político de los hombres sobre las mujeres (y sobre todas aquellas personas que no entren dentro de su normalidad normativa) que se alimenta de miedos. El patriarcado, para subsistir como un poder real y material, ha ido mutando y adaptándose a diferentes épocas y ha sido construido en base a mitos, como la idea de que nacer con un sexo u otro nos marca, de manera natural, distintas maneras de ser e implica un comportamiento en sociedad diferente.

Es cierto, en nuestra sociedad resulta difícil sostener que la dominación patriarcal se mantenga solo por la violencia física.

La socióloga Raquel Osborne nos recuerda que la violencia contra las mujeres se ejerce mediante una combinación de factores que van desde la coacción directa hasta vías indirectas que responden a una situación de dominación en todos los órdenes, entre ellos el miedo.

Ese actor principal que es el miedo nos afecta a todas las personas; vivimos el miedo como una realidad cotidiana en toda nuestra vida social, en nuestras prácticas sociales, políticas y culturales. Una ausencia de seguridad en nuestro día a día que sentimos como una experiencia angustiosa.

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La incertidumbre frente al espejismo de una vida estable como oferta suprema del capitalismo. El miedo a no conseguir la felicidad, entendida como la seguridad de acceso a todos los bienes de consumo. Ese miedo, que se representa como algo subjetivo, como un miedo individual, es en realidad un miedo colectivo, no es ajeno a los dispositivos de poder.

Se genera y se actualiza en los discursos dominantes, en la ciudadana que acata el pacto social confiando su seguridad y su fuerza de trabajo al poder a cambio de tranquilidad y felicidad de base económica. Se expande en quien acepta como única opción la feminidad y masculinidad hegemónica y la
sexualidad normativa.

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Todos esos modelos producidos y reproducidos desde nuestra cultura dominante nos generan angustia por no ser capaces de ceñirnos a ellos. Incluso después de conseguir, tras muchos esfuerzos, encerrarnos en las pautas colectivas que nos marcan y en el rol que nos asignan, no se nos recompensa con la felicidad que nos prometían.

El heteropatriarcado fomenta el miedo como arma contra las mujeres y aquellas personas que no encajan.

Por eso no solo no nos hace felices, sino que al asimilar esos discursos y la percepción que tenemos de nosotras y las que nos rodean, como bien explica Michel Foucault, también interiorizamos la mirada vigilante a través de la cual nos autocontrolamos, de modo que no es necesario ya emplear la violencia física para imponer esas reglas.

Interiorizamos el miedo... y el control

No nos olvidemos de la foto y volvamos a la historia del principio. El hermano, varón, tenía libertad para moverse por cualquier sitio y a cualquier hora. Nuestra protagonista debía llegar al hogar “paterno” para las once, una hora antes de medianoche. En esa familia nuclear para que una mujer estuviera “a salvo” debía limitar sus movimientos y horarios, reproduciendo así las mismas estructuras de poder del patriarcado.

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Nuestro miedo al ver la foto del portal, que en una experiencia no compartida hubiera sido vivido como algo personal, resulta que no solo es nuestro, también es el de la familia y el del varón que ostentaba el poder. Y frente al miedo, antepuso seguridad (una táctica que conocemos bien en Occidente).

Esos miedos son los miedos que nos hacen vulnerables. Y los reproducimos. Constantemente.

Una supuesta seguridad que alimenta más el imaginario colectivo patriarcal y la violencia contra las mujeres. Una seguridad que define roles, que premia con la libertad al varón por su sexo y coarta los movimientos de su hermana. La figura paterna asume su rol de tomar decisiones, y su hija acata las órdenes y absorbe esos miedos del padre, que inmediatamente son asumidos por el conjunto de la familia. Importante recordar aquí que, etimológicamente, patriarcado significa “gobierno de los padres”.

Una vez más, como en el universo parlamentario, se habla o se legisla en nombre de las mujeres pero no siempre contando con las voces de las mujeres. ¿Y la madre? Invisible en esta historia, como en tantas otras. Asume el mandato del padre como propio. ¿Y su libertad? Ni siquiera la planteamos, ya que en su rol de madre y esposa no es asumible que no esté ya en casa.

El miedo tiene género (y la amenaza, también)

Como explica la socióloga Janet Saltzman, existen aspectos voluntarios o de consenso, como los procesos por los que hombres y mujeres asimilan las formas de ser y comportarse, que son normativas entre los sexos, lo cual incluye las elecciones que hacen las propias mujeres y que contribuyen inadvertidamente a su desventaja y devaluación.

Se presenta la calle como un peligro, pero es en el domicilio familiar y en el ámbito laboral donde más se oprime y se abusa de las mujeres. Recordemos que solo se denuncia alrededor de un 20% de la violencia machista.

Alguna lectora pensará, con razón, que sí existe la violencia machista, y que es algo más que un miedo colectivo inducido. Claro que existe, imposible negarlo. De cada tres mujeres en el mundo, una ha sufrido violencia por parte de un hombre. Cada 15 segundos, una mujer es agredida en alguna parte del mundo por un hombre. Debemos aceptar y asumir que esta violencia es consecuencia de la cultura patriarcal.

Incluso esto ha sido asumido por organizaciones poco sospechosas de extremismos progresistas como la Asamblea General de las Naciones Unidas, que en su resolución de diciembre de 1993 decía: “La violencia contra las mujeres es la manifestación de relaciones de poder históricamente desiguales entre los hombres y las mujeres, que han llevado a la dominación y la discriminación contra las mujeres hecha por los hombres y a la evitación del completo avance de las mujeres...”.

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Deberíamos incluir aquí las agresiones homofóbicas y transfóbicas y empezar a considerarlas también violencia machista, ya que se trata de una violencia que quiere restablecer la clara distinción de las categorías de la sexualidad normativa (heterosexual/homosexual) y del género normativo (masculino/femenino) cuando se sienten amenazadas.

Dentro de esta violencia real e interiorizada, parece evidente que la experiencia del espacio público no es la misma para los varones heterosexuales que para las mujeres y para las masculinidades no normativas. De hecho, las “zonas de salir”, sobre todo los días de fiestas populares, son vistas y estudiadas como momentos de peligro extremo para unas y diversión para otros. Incluso desde el poder se generan protocolos y consejos para evitar esta violencia.

¿Sirve de algo que las mujeres intenten protegerse?

Protocolos y consejos que siempre deben adoptar las mujeres, señalándolas como responsables últimas de no saltarse las guías si no quieren ser sujeto de violencia. Pero lo privado también es político y hay otra pregunta que hacerse al leer las breves líneas escritas por esa mujer en el reverso de esa postal. Si la calle de noche es un peligro, ¿por qué la casa es un refugio?

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Al centrarnos en la experiencia del espacio público obviamos la otra realidad. La mayor parte del maltrato a las mujeres se da en el hogar. Como bien explica la jurista María Naredo, la gestión pública de la seguridad ha puesto su atención en los ataques a la libertad en el marco de la delincuencia contra la propiedad entre personas desconocidas. Sin embargo, la experiencia de las mujeres se obstina en ubicar la restricción de libertades y la merma en el disfrute de los derechos humanos fundamentalmente en el entorno conocido y muy especialmente en el domicilio familiar y el ámbito laboral.

Las personas que entablan relaciones de abuso y opresión con las mujeres no suelen encajar en el estereotipo de “colectivos peligrosos”, sino que generalmente forman parte del círculo de hombres cercanos, cualquiera que sea la edad y clase social de las mujeres. El referente del domicilio como “guarida” frente a los peligros de la calle queda en entredicho.

La violencia contra las mujeres no es solo obra de desequilibrados que asesinan a sus compañeras o desconocidos que atacan de noche en callejones y portales. La violencia contra las mujeres es sistemática, claro, pero también sistémica y estructural. Y forma parte de nuestra asunción de roles y el discurso colectivo que reforzamos al hacerlo.

La mejor defensa: lucha contra el miedo

El desarrollo de una confianza en tus capacidades y acciones tiene que formar parte de ti misma, de tu manera de ser y existir. De hecho, el heteropatriarcado sobrevive y se reafirma en los miedos que hemos asumido junto a nuestros roles dados. Y tenemos muchos miedos.

  • El miedo a nuestro propio cuerpo, la insatisfacción que nos produce no conseguir ser el cuerpo que nuestra sociedad de consumo hipersexualizada premia.
  • El doble miedo a ser un objeto sexual y a la vez a no ser deseadas. Queremos ser vistas, queremos traspasar el umbral de la atracción física y queremos ser reconocidas. Ahí también nacen inseguridades. Las exigencias de la cultura visual se convierten en algo personal.
  • Miedo a no ser una madre modelo, una profesional competente, una buena compañera.

La gran Virginie Despentes se exponía hablándonos del proceso de superación de la violación que sufrió junto a una amiga a los 17 años. Nos decía que sí, que habían salido a un espacio que no era el suyo, que no habían muerto, que habían corrido un riesgo y pagado un precio, que les pasó a ellas. Durísimo como suena, Despentes saca la violación del horror absoluto al no sentir vergüenza, al levantarse y seguir. Se sitúan no como responsables de algo que se habían buscado, sino como víctimas ordinarias de algo que puede ocurrirte como mujer si quieres asumir el riesgo de salir al exterior.

No tengo legitimidad personal ni política para presentar estas frases como guía de superación, pero lo relevante es que la autora plantea su agresión como una circunstancia política. Ella combate el miedo.

Discriminación, dependencia e insatisfacción. Miedos que imposibilitan la libertad de las mujeres. Frente a ellos, el empoderamiento forma parte de la agenda política de las mujeres y significa facultarse, habilitarse y autorizarse. Existe una necesidad urgente de empoderarse para hacer frente al patriarcado.

El desarrollo de una confianza en tus capacidades y acciones tiene que formar parte de ti misma, de tu manera de ser y existir. Valorarte y reconocerte. Salir, individual y colectivamente, de la inferiorización, la tutela, el sometimiento y la colonización de género.

De nuevo, Raquel Osborne da una gran pauta: las mujeres son parte activa de la estructura básica del patriarcado y no un mero recurso que utilizan los
hombres y sobre el que actúan. Si esto no se contempla así, dejan de ser vistas como agentes que participan de la construcción social en general y, además, como protagonistas de su propia liberación.

Las mujeres han hecho, en la práctica y en la teoría, una crítica permanente del poder hegemónico y han generado herramientas propias. Empoderarse y recuperar los espacios públicos y privados. Recuperar las calles, recuperar la noche. Vencer al miedo, ser libres.

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Reflexiona y comprende tus miedos

Muchos de nuestros comportamientos son adquiridos, otros son herramientas basadas en el deseo de ser aceptadas, de gustar, de no sobresalir y de cumplir con el rol asignado. Piensa de dónde nacen estos comportamientos, a qué inseguridades responden y cuándo se generaron.

Combate tus miedos, hazles frente

La presión social es enorme, lo sabemos. Si una no cumple con los cánones oficiales de mujer, compañera, trabajadora o madre, si una no cuida su piel, no se depila, no lleva el pelo arreglado, no luce la talla correcta y no consigue vestir dentro de esa delgadísima línea que nos muestra como mujeres atractivas pero “formales”, difícilmente encajará. Una vez conocidos nuestros miedos es más fácil combatirlos y ganar, cada día, un poco más de seguridad.

Empodérate

Eso implica hacer valer nuestro criterio sobre nosotras mismas y disminuir la presión de la mirada externa. Seamos quienes queramos ser, no lo que nos han dicho que somos.

Desmonta el género

El patriarcado se cimenta en el binarismo de género; participa en grupos de mujeres generando un espacio de sororidad (solidaridad y concordia) y encuentro. Crea una red de afecto y de cuidados sin desatender lo más importante: los autocuidados. Toma parte también en grupos mixtos donde se trabaje la teoría y la práctica para desmontar la mitología de la feminidad y la masculinidad, y donde se impulsen las relaciones horizontales.

Rompe la cadena de transmisión

La sociedad nos impone una narración histórica a través de la invisibilización de las mujeres, no solo en los libros de historia, sino también en las narraciones populares, los cuentos infantiles, el arte, el cine y los medios (hoy multiplicado mil veces en nuestra sociedad hipervisual y conectada).

Mujeres y hombres tendríamos que preguntarnos si, al igual que a gran escala en nuestra sociedad, en la pequeña escala de la familia nuclear “tradicional” no deberíamos desterrar esa herencia de miedos. Es necesario romper la transmisión, cultural y personal, del miedo.

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