Cuidar los vínculos

¿Tu relación tiene buena química? Pon a punto la balanza emocional

Ferrán Ramón Cortés

Equilibrar las emociones positivas y negativas y ser conscientes de lo que emitimos con nuestra actitud son las claves de la química de las relaciones.

La energía no se crea ni se destruye: se transforma. Las relaciones, en cambio, se crean, se destruyen e inevitablemente nos transforman:

  • Se crean si tenemos la firme determinación de querer crearlas, y si hacemos las cosas necesarias para que ello ocurra.
  • Se destruyen, sin embargo, si no las cuidamos, si no las mantenemos vivas, y si con nuestro comportamiento las ponemos en peligro.
  • Y nos transforman inevitablemente, pues no vivimos aislados: crecemos todos como profesionales y como personas en relación con los demás.

Construir relaciones es un arte

Todo lo que hacemos por los demás, o lo que los demás hacen por nosotros, tiene un efecto en las relaciones que mantenemos o estamos creando con ellos.

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Veamos algunos ejemplos...

La primera reunión del becario

Trabajaba en una agencia de publicidad. Estábamos convocados a presentar las primeras ideas para la campaña del nuevo producto de uno de nuestros principales clientes. Al término de nuestra exposición, el director de marketing pidió la opinión a los miembros de su equipo. Era el momento crucial para nosotros, esperábamos expectantes.

El proceso tenía su liturgia: los comentarios se realizaban en estricto orden inverso a la jerarquía: empezaba el más junior y cerraba la ronda el propio director, cosa que hacía que este nunca pudiese ver desacreditada su opinión por alguien con menos rango.

Tomó la palabra un becario que no llevaba más de seis meses en la compañía. Era la primera gran presentación de agencia a la que asistía, y durante toda nuestra exposición había prestado una atención exquisita. Con sentido común y acierto empezó a valorar nuestras propuestas.

El director de marketing lo cortó al instante:
—Para el carro, pipiolo, que tu opinión no nos interesa. Tú estás aquí para ver y escuchar. Ya te avisaré yo cuando puedas opinar...

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Se lo dijo con toda la naturalidad del mundo y delante de los que estábamos allí: sus compañeros de departamento y nosotros, que después de todo éramos un proveedor externo.

Me quedé petrificado, mirando de reojo la expresión de consternación del becario, que muerto de vergüenza y con su mirada clavada en el suelo, se sumió en un absoluto silencio.

Diagnóstico inapelable

Una radiografía de tórax había levantado la sospecha, y un TAC realizado de urgencia confirmaba lo peor: a mi hermano le acababan de diagnosticar, a los 48 años, un tumor en el pulmón. A las 72 horas era sometido a una intervención quirúrgica para extraer una muestra de los ganglios afectados y hacer una biopsia.

Todo había sucedido de golpe, sin tiempo para reaccionar ni digerir la noticia. Y mis hermanos y yo deambulábamos por los pasillos del hospital como almas en pena. Las preguntas nos asaltaban: ¿será realmente un tumor cancerígeno? ¿será operable? Y las que más nos dolían: ¿cómo lo asimilarían sus hijos de 12 y 14 años? ¿Qué le contábamos a nuestra madre?

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Vi pasar a un cirujano que había operado a mi padre unos años antes y con el que habíamos forjado cierta amistad. Nos saludamos e inmediatamente se interesó por el motivo de mi presencia en el hospital.

—A mi hermano le acaban de hacer una biopsia. Sospechan que puede tener un cáncer de pulmón.

—¿Quién le ha hecho la intervención? –me preguntó visiblemente afectado.

Le di el nombre del cirujano, y me dijo a continuación:

—Mira, precisamente aquí llega, deja que le pregunte…

Interrogó al cirujano en pleno pasillo y este, con la frialdad de quien relata qué ha desayunado aquel día, respondió:

—Es una neoplasia, sin duda. No hay nada que hacer. Y a su edad, son cuatro meses a lo sumo lo que le queda… Lo mejor sería que no hicieran nada, que no mareasen al enfermo con tratamientos inútiles.

Nuestro amigo médico, viendo la crudeza con que exponía las cosas, creyó que el cirujano no había reparado en mi presencia, e intentando salvarle de lo que para él era sin duda una metedura de pata, le dijo:

—Oye, que él es el hermano.

A lo que el cirujano, impasible, contestó:

—Sí, ya lo sé, ya lo he reconocido.

Aquel diagnóstico −a bocajarro y sin atisbo de esperanza− me destrozó. No eran precisamente las palabras de aliento que necesitaba.

Sé que estás aquí

Una importante empresa quería que ayudara a sus directivos a preparar las presentaciones que realizarían en la convención anual de ventas. Durante tres días, trabajé intensamente con cada directivo, diseñando y revisando los contenidos de las intervenciones, y ensayando su puesta en escena. Unas horas antes del evento realizamos el último ensayo general y la impresión fue muy buena, con lo que di por concluido mi trabajo.

Me despedí de Mercedes, una de las directivas con las que más intensamente habíamos estado trabajado, y me dijo:

Me gustaría que vinieras esta tarde. Me tranquilizará verte entre el público.

—Llegaré tarde –le respondí, pues tenía una reunión en la otra punta de la ciudad–, pero haré todo lo que pueda.

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Llegué efectivamente tarde, y no me atreví a sentarme en las butacas. Me coloqué en una puerta lateral, desde donde veía perfectamente lo que ocurría en el escenario y donde el ponente difícilmente podía verme a mí.

Era el turno de Mercedes. Estaba pletórica, y conectó con la gente desde el primer momento. Estaba haciendo una intervención fantástica. Conmovedora en algunos momentos, motivante la mayoría del tiempo. Estaba superando con creces el mejor de los ensayos que habíamos hecho.

Al terminar, recibió un intenso y cálido aplauso y, sin dejar de saludar, se dirigió a su asiento. Vi cómo sacaba el móvil, sonriendo visiblemente. Imaginé que habría recibido algún mensaje de felicitación. Y en aquel preciso instante sonó mi propio teléfono.

Tenía un mensaje: “no te localizo, pero sé que estás aquí. Este aplauso también es tuyo”.

Encontrar el equilibrio para entender cómo funcionan las relaciones

A nivel emocional, podemos imaginar una balanza en la que ponemos, en un platillo, todo lo bueno que ocurre en el contexto de la relación (y que podemos simbolizar por el oro) y en el otro, todo lo malo (que representamos por el plomo).

  • Son oro actos como los reconocimientos, los agradecimientos, los halagos, las muestras de afecto o las horas de escucha. Las relaciones que funcionan son aquellas en las que la balanza se inclina inequívocamente hacia el oro, indicando que el peso de las emociones positivas supera al de las negativas.
  • Y son plomo actos como las críticas, los reproches, los desprecios, la falta de sinceridad o las traiciones de confianza. Cuando una relación se inclina hacia el plomo, estará claramente en peligro.

De las tres historias descritas, las dos primeras reflejan dos actos que cargan peligrosamente la balanza de plomo. Dos actos que dañan la relación dejándola en peligro. La tercera, en cambio, es un caso que carga sustancialmente la balanza de oro. Es un caso en el que las emociones positivas dominan, dejando la balanza emocional inclinada hacia el lado positivo.

La teoría de la balanza emocional explica que oro y plomo no pesan igual en la balanza: el plomo pesa mucho más, ya que un acto negativo tiene siempre un impacto mayor que uno positivo.

Esto significa que, para tener una relación sana, deberíamos dar –y recibir– muchos más halagos que críticas. Sin embargo, la realidad que vivimos a diario es la contraria, ya que solemos ser muy explícitos con la crítica y, en cambio, omitimos muchos halagos.

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Está en nuestras manos cambiar esta peligrosa dinámica. Para ello basta con que lo hagamos al revés: que seamos explícitos con los halagos y cuidadosos con la crítica. Y que en nuestro día a día no desaprovechemos ninguna circunstancia para aportar, en todas y cada una de nuestras relaciones, un poco de oro a la balanza.

  • Para saber más: La química de las relaciones (Planeta). Un libro sobre cómo determinar el estado emocional de las relaciones para preservarlas.

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