Disfrutar de estar a solas

El sol de la soledad: 6 regalos que esconde

Laura Gutman

La soledad tiene mala prensa, como si nos remitiera al abandono o a no ser merecedores del afecto de los demás. Pero tiene ventajas, descúbrelas.

Para abrazar la soledad, necesitamos un adecuado desarrollo emocional. Probablemente también ciertos recorridos espirituales y suficientes experiencias de vida para comprender que lo importante es pequeño, simple y cotidiano. Sin embargo, quienes sabemos vincularnos con nosotros mismos, somos capaces de relacionarnos con todo lo que existe.

¿Hemos advertido qué maravillas esconde la palabra soledad? Sol-edad. La edad del sol. Tiempo de madurez, plenitud, confianza y alineación. Épocas de sabiduría, sensatez y experiencia.

La oportunidad de conectar con nuestro yo

Muchos de nosotros hemos vivido en familias organizadas: familias extendidas, padres, parejas, hijos, hijastros, sobrinos, nietos. Convivencias a veces complejas, atravesadas por violencia, malos entendidos, discusiones, frustración, tal vez algunos momentos de cariño y otros de malestar o tristeza.

A veces sucede que –en siguientes temporadas– las circunstancias de nuestro destino nos encuentran viviendo en soledad. Hemos atravesado un divorcio. Un duelo. Nuestros hijos han crecido y se han marchado. O simplemente hemos vivido siempre solos, con autonomía pero anhelando una compañía cotidiana.

Es probable que hayamos elegido la vida en soledad, aunque no seamos tan conscientes de ello. De hecho vale la pena revisar las ventajas y las oportunidades que nos otorga la vida cotidiana en contacto sutil con nosotros mismos. En definitiva, la soledad puede ser vivida en plenitud si decidimos saborear las ventajas del contacto con nuestro yo auténtico.

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Olvidar lo nimio para centrarnos en lo importante

La soledad, en principio, nos permite adoptar un ritmo de vida sencillo, al compás de nuestra idiosincrasia y sin tener que adaptarnos a modalidades ajenas.

Podemos comenzar eliminando de nuestra agenda todo aquello que es superfluo. Si ordenamos nuestras múltiples actividades, constataremos que mantenemos varias ocupaciones que son prescindibles. Es posible que hayamos cargado las horas del día con acciones que no nos dan tranquilidad, beneficios ni confort espiritual, sino que simplemente han ocupado espacio, saturando vacíos existenciales. Sin embargo, apenas registremos y descartemos ciertos quehaceres triviales, sentiremos una descongestión emocional sorprendente. Y apreciaremos el hecho de estar solos.

La soledad nos invita también a ejercer el silencio interior. Permaneciendo despiertos y alineados con nosotros mismos es más factible abandonar el ruido mental, contactando con nuestra creatividad y con los talentos que atesoramos, dándoles una oportunidad para expandirse.

Antes manteníamos nuestra clarividencia atrincherada como consecuencia de nuestros ruidos incesantes, propios y ajenos. Hoy podemos liberarla.

Vivir en soledad y decidir a cada instante qué queremos, cómo, cuándo y con quién, nos autoriza a reducir la carga de obligaciones, sobre todo de ciertos esfuerzos inútiles. Podremos vivir más plácidamente y en mayor armonía. Si revisamos nuestro devenir cotidiano, veremos que estamos ocupados por un sinnúmero de acciones que no nos llevan a ningún lugar.

Es hora de dar rienda suelta a nuestra libertad

No se trata de la libertad que nos enseñan en las escuelas. Ni de lo proclamado pomposamente sobre los derechos de los hombres y las mujeres. Esas declaraciones no tienen nada que ver con la libertad interior.

La libertad es en realidad la ausencia de miedos. Los demás conceptos son confusiones respecto a una palabra tan bella y con tanto sentido espiritual. Las personas somos libres cuando no tenemos miedo. Ni miedo a la muerte, ni miedo a la muerte de seres queridos. Tampoco miedo a la soledad, ni al futuro, ni a quedarnos sin suficiente dinero, ni tan siquiera miedo a las enfermedades.

Esa es la completa libertad. La ausencia absoluta de miedos.

Cuando comprendemos que cualquier situación que la vida nos ponga por delante es una bendición, dejamos de tener miedo. Y si no tenemos miedo, somos libres. Y si somos libres, no nos preocupa en lo más mínimo vivir solos.

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El silencio nos conecta con nuestra naturaleza

La soledad nos permite también establecer con mayor asiduidad la práctica del silencio. Es decir, podremos generar confortablemente espacios de silencio simplemente respirando con conciencia. No es necesario meditar –aunque hay quienes estamos acostumbrados a ejercer esta habilidad– sino que es suficiente con permanecer en el aquí y ahora en silencio.

El silencio es un baño espiritual. Y es más fácil obtenerlo cuando estamos solos. Mientras transcurre la vida cotidiana, nuestra vibración se va haciendo más densa. Es lógico, ya que vivimos alejados de nuestra propia naturaleza, siendo receptores de múltiples circunstancias que nos obligan a estar en alerta, estresados y agobiados.

Justamente, los espacios de silencio contribuyen a esa limpieza energética, que se van convirtiendo en un hábito frecuente. Hasta darnos cuenta de que precisamos el silencio en cada rutina.

Descubriremos que necesitamos el silencio tanto como el alimento o el aire que respiramos.

Estar solos nos permite desarrollar nuestro potencial

La soledad es una invitación permanente para mantenernos en una frecuencia amorosa. Esa vibración alineada depende de nuestras actitudes diarias. De la disponibilidad, apertura, paciencia y buen trato con las que hemos aceptado cada acontecimiento por más mínimo que parezca.

Si nos alineamos al milagro de la vida y estamos dispuestos a venerarla, el amor, en el formato que sea, fluirá. Como una flor que se abre, como un pájaro que canta, como un niño que ríe, como un perfume que se expande. Entonces crecerá nuestra confianza en el devenir y brotarán de nuestro interior inmensos deseos de hacer el bien.

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¡Cultiva la confianza y entrégate a lo que viene!

La soledad nos invita a no distraernos más. Esto no significa que no dispongamos de momentos de diversión y goce. Claro que sí. Me refiero a que estemos enfocados en el aquí y ahora, en los talentos que aún tenemos por desplegar, en el amor que tenemos para dar, en el bien que podemos producir y en la alegría que es posible contagiar. La quietud, el silencio y la alineación nos ayudarán a enfocarnos en aquellas personas o en las circunstancias que merezcan nuestra intervención.

La soledad es maravillosa porque nos deja las puertas abiertas y disponibles para quien nos necesite. No tenemos excusas. Todo nuestro potencial amoroso está listo para ser utilizado.

Es menester aclarar que, con frecuencia, compartimos nuestro hogar con otras personas (pareja, hijos, compañeros de piso) pero la amargura por el vacío interior y la falta de intimidad afectiva con nuestros seres queridos nos abruma. En cambio, es posible vivir solos, aunque paradójicamente rodeados de comprensión, solidaridad, fraternidad y estima.

Descubrir de nuevo cuál es la esencia de la vida

La soledad puede convertirse en una fuerza vital imprescindible si la situamos dentro de un orden supremo, entre nuestra raíz terrestre y nuestro cielo personal. Si tenemos claro de dónde venimos y hacia dónde vamos, si establecemos el propósito de nuestras vidas y cumplimos con nuestro destino.

Tal vez tengamos que caernos, cometer errores, tener experiencias dolorosas, fallarnos, enfermarnos y resurgir hasta adoptar la autoridad energética que nos permita decidir –con la mayor honestidad posible– cómo nos compete vivir, respirar, alimentarnos, vincularnos y amar. Solos o acompañados, lo iremos enhebrando según lo que nuestra existencia disponga.

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