Cambia de perspectiva

Superar tus bloqueos emocionales a través de los demás

¿Te sientes incapaz de reaccionar ante una situación que te resulta difícil? Puedes encontrar en ti los recursos que necesitas si cambias tu mirada y los usas para ayudar a otros.

Laura Gutman

superar bloqueos emocionales ayudando

Todos tenemos obstáculos en la vida cotidiana o se nos presentan acontecimientos que nos resultan difíciles de confrontar. No se nos ocurre cómo solucionar esos problemas. Simplemente sentimos que no contamos con los recursos, la inteligencia, la fuerza vital o las estrategias para superar esas dificultades.

A veces fantaseamos con que ese inconveniente desaparecerá por arte de magia, que nos iremos a dormir y al día siguiente simplemente ya no estará. En otras ocasiones imaginamos que alguien podrá ayudarnos o que aparecerá un individuo capaz de hacerse cargo. Sin embargo, esos sueños se desvanecen cuando las contrariedades siguen presentes.

Al no ser capaces de resolver, confrontar, deshacer o modificar las cosas, nos paralizamos. Sobre todo cuando el problema en cuestión es emocional, es decir, cuando no podemos identificarlo con claridad, ni nombrarlo, ni explicarlo ni compartirlo. Nos angustiamos ante un enemigo invisible pero presente.

¿Cómo es un obstáculo emocional?

Por ejemplo, cuando aparece un malestar dentro de un vínculo de pareja que –al no comprender fehacientemente qué es lo que sucede sumado al miedo de quedarnos solos o de nos ser queridos– nos sentimos expulsados hacia un desierto afectivo del cual no sabemos cómo salir ni se nos ocurre cómo explicar ni compartir ni ordenar.

Tampoco sabemos abordarlo porque no terminamos de comprender qué es lo que nos pasa en su real dimensión. Entonces, al no tomar ninguna decisión ni accionar en ningún sentido, la totalidad de nuestro ser se inmoviliza.

Otro ejemplo puede ser la saturación de un empleo que consume nuestra vitalidad, pero al no vislumbrar un cambio posible o al considerar que no deberíamos pretender un empleo mejor del que tenemos, tampoco somos capaces de dilucidar las ventajas y desventajas ni compartir con nadie la congoja que sentimos, sobre todo si pensamos que vamos a ser juzgados negativamente.

También se puede tratar de una tristeza que albergamos en nuestro interior desde tiempos remotos, a la que ya no le encontramos razón de ser pero sin embargo persiste y va minando nuestro entusiasmo día a día.

Hay ocasiones en que tenemos obligaciones familiares que ya no estamos dispuestos a asumir, que hemos heredado sin nuestro consentimiento y nos arrojan a un mar de depresión y desencanto.

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Identificar qué nos paraliza

Muchos obstáculos afectivos que sentimos en nuestro interior, pero que no podemos detectar ni solucionar, se van convirtiendo en desperdicios emocionales, que ocupan lugar y que generan una sensible intoxicación. Algo tenemos que hacer.

¿Cómo abordar aquellos asuntos que no terminamos de identificar pero que nos molestan, nos consumen energía y nos contaminan el territorio emocional, bloqueando nuestra creatividad, libido y bienestar? Estableciendo un punto de vista con mayor perspectiva. ¿Cómo haríamos algo así?

En primer lugar, tendremos que hacer un esfuerzo intelectual para localizar el inicio de ese obstáculo, ya que probablemente en el origen, eso que hoy nos entristece fue un tema menor o al que no le dimos importancia. Por ejemplo,

  • Si estamos desencontrados con nuestra pareja porque nos miente, es probable que al inicio del vínculo, las mentiras ya formaran parte de la relación, pero no nos importaba demasiado porque en parte preferíamos no enterarnos de aquello que no se acomodaba a nuestro confort.
  • Si se trata de un trabajo que nos supera porque es monótono, tal vez al principio estábamos criando niños y necesitábamos un empleo que no nos demandara mucha atención.
  • Si somos las únicas responsables de cuidar a nuestra madre enferma y anciana porque nuestros hermanos han emigrado lejos, tal vez en la base de esos acuerdos obtuvimos algún beneficio.

Y así con cada circunstancia: es posible ubicar el obstáculo actual desde su gestación para observarlo con esa nueva perspectiva.

Romper con lo establecido

Ese panorama visto durante un lapso de tiempo transcurrido ya nos proporcionará una idea más completa para poder modificar aspectos que hoy no nos resultan confortables. Comprenderemos cómo hemos cooperado para instaurar –desde el principio– un vínculo, un empleo, una responsabilidad o un acuerdo, por lo tanto será más fácil encontrar modos para modificar ese acontecimiento que se ha desvirtuado y que hoy nos mantiene paralizados.

Redirigir nuestra mirada: del yo a los otros

Hay otro aspecto importante cuando pretendemos buscar una perspectiva más ampliada: no solo abordar los hechos desde el comienzo de ese vínculo o acontecimiento puntual, sino también observar aquello que hoy nos mantiene bloqueados e inmóviles, desde afuera de nosotros mismos. Como si observáramos desde un dron, desde el cielo, con una lente ampliada y bastante más allá de nuestra pequeña vida cotidiana.

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Entonces descubriremos que hay vida más allá de nosotros y nuestros obstáculos frecuentes. Existen otras realidades complejas, otras personas de nuestro entorno que esperan ser asistidas o acompañadas por nosotros.

Aparecen sufrimientos de diferentes naturalezas, a veces bastante más delicados que los nuestros y que requieren mayor atención y disponibilidad.

¿Qué significa todo esto? Que el mejor modo para salir de nuestros bloqueos estancados es tomar la decisión de ser generosos con nuestro prójimo, en lugar de contaminarnos con nuestras desdichas, suponiendo que de eso se trata la vida. Por supuesto que a veces necesitamos ayuda para solucionar conflictos, superar pérdidas o cambiar de rumbo, pero la mejor manera para encontrar recursos para superarnos es dirigiendo el foco hacia la ayuda fehaciente a favor de nuestro prójimo.

¿Quién es nuestro prójimo?

Personas muy cercanas con quienes nos vinculamos diariamente: nuestros hijos, nuestros sobrinos, nuestros alumnos, nuestras parejas, nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestros hermanos, nuestros empleados o nuestros compañeros de trabajo. Individuos muy concretos que circulan en nuestro entorno afectivo, quienes necesitan nuestra madurez y nuestras experiencias para enfrentarse a sus problemáticas.

Comprender a los demás

¿Somos capaces de acompañar procesos ajenos? Seguramente sí, porque tenemos perspectiva. Estamos por fuera del sufrimiento ajeno. Somos capaces de observar a través de cristales amplificados porque no estamos afectivamente involucrados en la trama. Es maravilloso ver todo lo que vemos.

Podemos ver objetivamente lo que ese otro no percibe, porque está inundado por sus propias emociones.

Cuando empezamos a comprender dinámicas complejas –ajenas– constatamos que los acontecimientos, las enfermedades, los desencuentros amorosos o los anhelos inalcanzables tienen una lógica. Todo lo que hoy nos produce ansiedad, alguna vez lo hemos construido. Es sencillo reconocer el sentido que cada hecho sufriente lleva dentro de sí. Ahora bien, como se trata del bloqueo del otro, de la incapacidad del otro o del miedo del otro, nosotros podemos activarnos. Podemos ayudar.

Un cambio de perspectiva

¿Pero acaso contribuyendo a resolver problemas ajenos, vamos a poder solucionar los propios? Por supuesto. Por varias razones.

La primera es que el impulso y el deseo por apoyar a nuestro amigo, hijo o pareja, ya nos ha puesto en movimiento. Imperceptiblemente, el estancamiento de nuestras emociones se agilizó. Entramos en un movimiento sutil, casi sin darnos cuenta.

Por otra parte, el hecho de reflexionar sobre problemáticas ajenas nos ofrece mayor destreza poniendo en consideración varias opciones. Ese entrenamiento intelectual también nos favorece a la hora de utilizar ciertas herramientas para salir de nuestros atolladeros personales.

Y por último, cuando estamos colaborando con quienes queremos, nuestros pequeños dramas personales suelen esfumarse, ya que algo que hoy nos parece trágico, mañana será la nada misma. Solo se trata de ayudar.

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