Desenmascarar el "yo engañado"

¿Quién se esconde tras tu personaje?

En nuestra infancia construimos una identidad a partir de las palabras de los adultos. Pero, ¿se corresponde con la realidad? Es nuestra tarea desenmascararlo.

Laura Gutman

tu pasado es mentira yo engañado

Puede ser que nuestras vivencias primarias fueran difíciles, especialmente si, siendo niños, nuestros padres nos ofrecieron poco amparo, poca mirada genuina o un acompañamiento afectivo reducido.

En esos casos, nuestra realidad tal como la vivimos difícilmente ha sido nombrada traduciendo nuestras sensaciones personales.

Quizá nuestros padres no nos han dicho: “Qué solo te encuentras”, “Tienes miedo porque no estamos en condiciones de protegerte tanto como tú lo requieres” o “No te gusta la escuela porque allí sufres, y yo lo comprendo”.

El "yo engañado"

Es posible que nuestros padres hablaran sobre otras cuestiones que les importaban más, y que nosotros, en tanto que niños, tomáramos prestadas las palabras que los adultos utilizaban cotidianamente. Así es como fuimos organizando un “discurso” condescendiente con el dueño de dichas interpretaciones.

Por ejemplo, si históricamente hemos sostenido que mamá sufría a causa del abandono de nuestro padre, posiblemente esas apreciaciones las hayamos escuchado toda nuestra infancia. “Eso” que mamá nombraba se ha constituido en nuestra “verdad”. Sin embargo, la situación objetiva debía de ser mucho más compleja: probablemente papá opinaba otra cosa. Pero nuestra psique necesitaba organizar un mínimo de ideas, y las repetía fielmente según lo dicho por la persona más significativa.

Ese conjunto de ideas y experiencias nombradas por alguien –las hayamos vivido de ese modo o no– las fuimos incorporando, constituyendo lo que llamaremos el “yo engañado”.

A partir de esa organización en nuestro sistema de pensamiento, pudimos ir encastrando después otros recuerdos. Así, recordaremos nuestros llantos por las noches, el miedo a los monstruos o la timidez en el colegio, y lo atribuiremos a que estábamos tristes “porque no teníamos padre”. ¿Quién lo dice? El “yo engañado”, por supuesto.

¿Cómo distinguirlo?

Porque cuando un terapeuta o un guía espiritual nos pregunta específicamente por nuestro padre, por nuestros anhelos, por nuestra necesidad de tenerlo al lado o por nuestro vínculo real con él, quizá nos demos cuenta de que ese padre no existió en la realidad concreta para nosotros. Y no es posible añorar algo que nunca hemos conocido. Pero quien sí nombró la ausencia paterna y la culpó de todos nuestros males fue mamá.

Es posible que nosotros hayamos sentido la falta, pero creer que todo aquello que nos sucedía era por causa de la ausencia de papá muestra que el “yo engañado” hacía una interpretación según los parámetros de mamá. Resulta que “papá” es una “idea” creada, sostenida y difundida por mamá, y luego perpetuada por nuestro “yo engañado”, que fue su soldado más fiel.

Ahora bien, si efectivamente nosotros teníamos miedo, deberíamos revisar el nivel de amparo y de protección reales que teníamos en aquel entonces. Una pregunta interesante para formularnos hoy sería la siguiente: “¿Dónde estaba mamá mientras yo tenía miedo?”. Tratamos de recordar, intentando encontrar algún recuerdo cariñoso por parte de mamá... pero no aparece. No recordamos a mamá amparándonos, ni protegiéndonos, ni calmándonos ni prodigándonos cuidados.

Si seguimos creyendo que el culpable ha sido papá por habernos abandonado, nunca podremos admitir lo devastador que ha sido para nuestra psique y el sufrimiento que hemos padecido por la “no mirada” de mamá cuando fuimos niños. Aquello que nuestra madre (o la persona con la que más nos identificábamos) decía adquiría mayor importancia con relación a cómo nombraba lo que nos sucedía.

Cómo se construye la propia imagen

Si hemos atravesado nuestra infancia escuchando que éramos demasiado caprichosos, o muy despiertos, o distraídos, o extremadamente tímidos, o tontos, o buenos para nada, o maduros, o responsables, o que no dábamos trabajo, o nerviosos, o frágiles de los bronquios, o egoístas o independientes, “eso” se ha convertido en nuestra identidad.

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Nadie investigaba genuinamente qué es lo que nos sucedía. Es decir, independientemente de cómo cada uno de nosotros experimentábamos subjetivamente los acontecimientos, las dificultades, los deseos, los anhelos o los miedos, nos sucedía algo que era nombrado con determinadas palabras, tal vez alejadas de nuestra percepción interior.

De todas maneras, hemos creído en esas palabras, simplemente porque éramos niños. Luego hemos crecido creyendo que “somos” tontos, “somos” responsables o “somos” divertidos. Aquello que tuvo un nombre pasó a la conciencia. Aquello que no tuvo un nombre, por más que lo hayamos sentido, no lo pudimos organizar y, para nuestro registro, no existió.

¿Qué podríamos hacer para comprendernos más?

En primer lugar, nuestro “yo engañado” se enfundó un disfraz cuando era niño, dando lugar a determinadas reacciones con el fin de sobrevivir a las dificultades. Y ha resultado tan eficaz que, incluso ahora que ya somos mayores, lo seguimos usando.

Hoy sostenemos la creencia de que nosotros “somos” ese personaje, intentando cumplir con nuestro rol a la perfección.

Todos nos sentimos prisioneros de una “identidad”, de un “personaje” o de un “yo engañado” que hemos aceptado como propios para afrontar los problemas, pero alguna vez tendremos que “salir” del discurso favorito de ese personaje para poder mirar la realidad desde una visión menos contaminada.

Generalmente el “yo engañado” ya tiene definida una interpretación automática para vivencia real, pasada o presente, y no se detiene a observar qué nos está pasando en verdad. Pero para entendernos realmente, tendremos que unir hilos entre nuestro corazón y nuestra razón, entre las experiencias subjetivas y el nombre que les hemos puesto históricamente.

Limpiar el discurso del “yo engañado” es como una pérdida de identidad para nosotros, porque dejamos de “ser” esa persona que creíamos que éramos.

¿Es imprescindible desenmascarar al “yo engañado”?

Cuando las cualidades positivas que ese personaje nos otorgaba dejan de funcionar suele ser un momento ideal para cuestionarlo. Las crisis vitales, que suelen incomodarnos en relación con los roles que hemos asumido durante años, nos invitan a un recorrido más honesto sobre nuestra historia personal, sobre aquello que nos ha acontecido y, especialmente, sobre las decisiones que hemos tomado respecto a eso que nos sucedió.

Hay momentos en la vida en que el “yo engañado” se resquebraja, y ya no nos resulta tan funcional como en el pasado. No obstante, nuestra tendencia natural se desviará hacia nuestros refugios automáticos.

Asumamos que hoy necesitamos echar luz sobre esos mecanismos de defensa, sobre esos personajes que han sido funcionales en su momento, pero que hoy no nos permiten comprender la totalidad de nuestra realidad emocional. Es tiempo de diferenciar entre nuestra trinchera emocional y nuestro ser esencial, que es mucho más amplio, generoso y sabio, repleto de recursos a desarrollar.

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Justamente, lo que decimos no es importante. Es más útil preguntar qué generamos en las personas que se vinculan con nosotros: qué nos piden, qué padecen, dónde se sienten heridos, qué reclaman, qué admiran... Son “los otros” quienes darán un panorama más completo de la escena que estamos interpretando. A veces necesitaremos alguna ayuda externa: un terapeuta capaz de acompañarnos sin dejarse llevar por nuestros discursos favoritos ni nuestras opiniones.

Nuestra libertad personal se consigue en la medida en que aportamos luz a los juegos entre los personajes que hemos repartido.

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