Ciudades amigas de la Infancia

Escuchar a la infancia: su voz nos da ejemplo

Gregorio Aranda, Coordinador del Programa Ciudades Amigas de la Infancia de Unicef-Comité español.

La iniciativa de UNICEF ha instaurado Consejos de Infancia donde los ciudadanos más pequeños nos muestran el camino hacia una sociedad en la que participar activamente.

"Aunque seamos niños, podéis confiar en nosotros. Nos cuesta que nos escuchéis, y cuando lo hacéis, parece que nuestras propuestas no son tenidas en cuenta. Nosotros nos comprometemos a seguir pensando, participando y proponiendo ideas por el bienestar de la infancia, y mejorar así la sociedad en la que vivimos”.

Así se expresaban los niños, niñas y adolescentes del Encuentro Estatal de Consejos de Participación Infantil y Adolescente, una iniciativa anual en la que se encuentran los grupos que funcionan en algunos municipios con el apoyo del Programa Ciudades Amigas de la Infancia de Unicef.

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Sus palabras nos demuestran que hoy en día una sociedad no puede considerarse verdaderamente democrática si no es capaz de integrar en su organización y funcionamiento la voz de todos sus miembros sin excluir a nadie. Ni siquiera a los más pequeños. A pesar de no tener derecho a voto, los menores de dieciocho años forman parte de la comunidad.

Los niños experimentan las consecuencias de las decisiones que, con frecuencia de manera unilateral, tomamos los adultos en las ciudades donde viven, las familias en las que crecen y las escuelas donde aprenden.

Por este motivo, la Convención sobre los derechos del niño, aprobada en 1989 por Naciones Unidas, señala la necesidad de que los niños y las niñas sean escuchados en todos los asuntos que les incumben, directamente o a través de un órgano apropiado. También establece su derecho a la libertad de expresión y, más concretamente, a buscar, crear y difundir todo tipo de informaciones e ideas que puedan interesarles.

Sin embargo, los más de ocho millones de ciudadanos pequeños que viven en nuestro país no suelen tener la oportunidad de participar en los ámbitos familiar, educativo y comunitario.

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Está en nuestras manos –como padres, madres, educadores, profesores, representantes...– liderar un cambio radical en las relaciones sociales que nos permita evolucionar desde la cultura patriarcal y adultocéntrica (que cosifica a los niños haciendo de ellos una simple propiedad de los adultos) hacia un mundo de vínculos más humanos e igualitarios, que reconozca su derecho a la autodeterminación, es decir, a ser ellos mismos, dirigir su vida y participar en todas las decisiones que les afectan.

El Programa Ciudades Amigas de la Infancia

Esta iniciativa, liderada desde hace más de diez años por Unicef –con la colaboración, en cada país, de diversas entidades–, es un ejemplo de propuesta que permite avanzar en este sentido. Ha sido ideada para apoyar la promoción y aplicación de los derechos de la infancia en pueblos y ciudades.

A través del Sello de Reconocimiento de Ciudad Amiga de la Infancia, Unicef reconoce y pone en valor el trabajo que realizan gobiernos y entidades locales a favor de los niños en sus respectivos territorios.

Los “pequeños” participan activamente, como ciudadanos de hecho, en los Consejos de Infancia y Adolescencia, con libertad para expresar sus puntos de vista y la seguridad de que sus opiniones y recomendaciones serán tenidas en cuenta seriamente y, si es posible, puestas en práctica en su ciudad, sus barrios, sus escuelas y sus familias.

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A lo largo de los años, centenares de experiencias como esta demuestran que la participación de la infancia no solo aporta beneficios a los propios niños:

  • Además de contribuir a su desarrollo personal y social, al poner de manifiesto sus capacidades y generarles confianza en sí mismos, los procesos de toma de decisiones mejoran y los resultados se ven enriquecidos por sus aportaciones, a menudo distintas y creativas.
  • Estos procesos participativos ayudan a proteger a la infancia contra los abusos y, en general, contra cualquier acción que vulnere sus derechos porque se les brinda la oportunidad de denunciarlas.
  • Facilita la adquisición de valores democráticos como la escucha, el diálogo, la empatía y el entendimiento mutuo, y permite su puesta en práctica formando así mejores ciudadanos.
  • En una sociedad que no se caracteriza precisamente por la implicación directa de los ciudadanos adultos en los asuntos públicos, pero que cada día demanda más espacios para recobrar la confianza y construir un sentido de comunidad, la participación de la infancia puede traernos el cambio de paradigma que necesitamos. A través de ella, también los adultos podemos empezar a reclamar y ejercer nuestro derecho a una ciudadanía activa.

Lecciones de política impartidas por la infancia

Cuando escuchamos su voz, los niños se expresan espontáneamente, con una sinceridad exenta de hipocresía. A veces nos muestran una realidad cruda, pero siempre con un punto de optimismo.

Sus nociones de igualdad y justicia suelen estar desprovistas de cinismo, apatía y consideraciones prácticas, y sus prioridades pueden ser muy diferentes de las que proponemos los adultos.

Veamos, por ejemplo, cómo se expresan sobre un problema que nos afecta a todos: la crisis económica que estamos atravesando durante los últimos años:

“Los padres de mi prima se quedaron sin trabajo y tuvieron que mudarse a casa de la abuela. Ahora, le regalo mi ropa cuando me queda pequeña”.

“Cuando empezó la crisis a mi padre lo despidieron y no encontraba trabajo. Mi madre llevaba ocho meses en lista de espera para operarse de una hernia. Y hubo unos meses que nos quedamos sin dinero porque mi padre no había trabajado lo suficiente para recibir el paro. Tuvimos que pedir ayuda a Cáritas y a Cruz Roja para poder comer. Mi madre lloraba todo el tiempo porque se sentía mal, impotente como yo. No podíamos hacer nada”.

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“Al morir mi abuelo, no teníamos dinero para pagar el entierro y una corona de flores como se merecía. Porque nos había ayudado mucho. Me pagaba los libros del instituto y nos daba cosas que necesitábamos”.

Colectivamente, proponen pequeñas acciones para solucionar problemas de la vida cotidiana:

“Las niñas y los niños podríamos ayudar más a nuestras familias ahorrando energía y no pidiendo caprichos. Además, nos comprometemos a colaborar con asociaciones que ayudan a los demás, a participar en actos solidarios y a contribuir en bancos de alimentos”.

Al darles la oportunidad de participar, los niños y adolescentes expresan una gran necesidad de autonomía y toman conciencia de la importancia que tiene en el desarrollo de la responsabilidad:

“Las familias tienen miedo de dejarnos mover por la ciudad, incluso para ir al colegio, porque los medios de comunicación son muy alarmistas, especialmente la tele”.

También ofrecen numerosos testimonios y propuestas para mejorar la calidad humana de las ciudades, conseguir que los vecinos se conozcan, fomentar la convivencia, combatir la xenofobia y el racismo o acciones tan sencillas como “poner los bancos de los parques unos frente a otros para poder hablar”.

Los niños reconocen la influencia de las imágenes televisivas y los peligros de las redes sociales.

Otro de los temas que se suele abordar en los grupos es el de las tecnologías de la información y la comunicación, las temidas TIC:

“Las redes sociales son una realidad en la que vivimos diariamente, pero nos vemos fuera de ellas legalmente por nuestra edad. Nuestros padres y madres las desconocen más que nosotros por falta de información y formación y, a veces, no ponen los filtros necesarios para protegernos”.

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Como vemos, los niños y adolescentes no solo son los ciudadanos del futuro, sino especialmente del presente. Pueden tomar parte en la vida pública, opinar, hacer propuestas y ofrecer soluciones a los problemas que se plantean.

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Los Consejos de Infancia y Adolescencia son una herramienta privilegiada para fomentar su participación social y su presencia en la vida colectiva cotidiana desde un enfoque proactivo. En ellos ejercen su derecho a ser ciudadanos auténticos, a ser escuchados y tenidos en cuenta en la vida social.

Estos grupos de participación son también una herramienta educativa e inclusiva. Fomentan la solidaridad y la conciencia social entre los niños, ya que trabajan a favor de otros niños y jóvenes en situaciones desfavorables. Y contribuyen a fortalecer aspectos esenciales para su desarrollo, como la autonomía, la capacidad de decisión, la responsabilidad y el compromiso.

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En sus reuniones, los Consejos de Infancia suelen recibir el apoyo de educadores que acompañan los procesos de expresión y participación a partir de un análisis de la realidad tal y como la perciben los niños individualmente y en grupo. Si es necesario, completan su percepción con algún tipo de exploración o investigación en la población general.

Entre los beneficios educativos que se han señalado en diversos estudios destacan:

  • el fomento de las relaciones y los vínculos sociales;
  • el desarrollo de la reflexión y del sentido crítico;
  • aprendizajes de tipo comunicativo: la escucha, la empatía, la expresión de una opinión (por ejemplo, realizando presentaciones y diversos tipos de convocatorias públicas que permiten visibilizar las aportaciones de los niños) y el respeto al punto de vista de los demás;
  • el fomento de una actitud proactiva y emprendedora, así como de la responsabilidad, la autonomía y el autocontrol;
  • el desarrollo de la creatividad, el sueño y la imaginación;
  • y la capacidad para resolver problemas y gestionar conflictos de forma no violenta;
  • el aumento de la motivación de los niños y adolescentes;
  • la capacidad de trabajar en grupos cohesionados, con coordinación y liderazgo;
  • la generación de un sentimiento de comunidad.

Con iniciativas como esta estamos contribuyendo a un cambio de paradigma, además de conseguir que los niños y las niñas dejen de ser y de verse como unos sujetos pasivos para pasar a convertirse en actores y protagonistas. Ellos y ellas nos muestran el camino.

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