Crianza autorregulada

¡Déjales crecer! Necesitan su propio ritmo

Existe otra línea educativa a la autoritaria: respetar los impulsos de los niños y acompañarlos en su crecimiento, confiando en la autorregulación infantil.

Jesús García Blanca

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La ciencia de la educación se ha basado durante décadas en someter los impulsos naturales del niño a las normas de la sociedad. Esta orientación autoritaria y represiva genera violencias y corazas que todos arrastramos. Pero hay alternativas.

El inicio de la educación como ciencia

Durante las dos primeras décadas del siglo XX se desarrolló la ciencia de la educación, que se convirtió en la base para las prácticas pedagógicas y de socialización que terminarían implantándose en las instituciones educativas, así como en la crianza y la educación en familia.

Elementos clave de ese desarrollo fueron la psicología fisiológica, el conductismo, la ciencia de los tests de inteligencia y, por supuesto y fundamentalmente, el psicoanálisis de Sigmund Freud.

El descubrimiento, durante la segunda mitad del siglo XIX, del inconsciente desveló la existencia de impulsos y emociones que tienen un peso crucial en nuestro comportamiento.

Se hizo entonces patente un conflicto básico entre esos impulsos naturales y la rígida reglamentación de una sociedad autoritaria. Ante él, cabían dos posiciones que han determinado, a su vez, dos concepciones opuestas de la educación: considerar que el individuo es quien debe adaptarse a la sociedad o, por el contrario, cambiar la sociedad para adaptarla a las necesidades y al desarrollo natural del individuo.

No eres raro, eres diferente

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Freud optó por la primera perspectiva, planteando que una parte de esos impulsos naturales son negativos, destructivos o perversos. Así, escribió: “el objetivo principal de cualquier educación es enseñar al niño a dominar sus instintos”.

La mayoría de sus discípulos aceptaron este planteamiento y así se integró en la base de los modelos psicológicos en los que se apoyan las prácticas educativas actuales.

Una educación adaptada al desarrollo del niño

Sin embargo, algunos de sus seguidores se negaron a aceptar esa concepción. En particular, el psiquiatra Wilhelm Reich defendió la segunda opción: desde su perspectiva, la educación consiste en respetar y potenciar las capacidades naturales, lo que posibilita individuos felices y una sociedad emocionalmente sana.

Reich se lanzó a explorar el complejo mundo de lo biológico. Sus investigaciones lo llevaron a plantear una visión funcional de lo vivo que se enraizó en la constatación física y palpable de la energía vital, desde la que replantea toda su concepción del ser humano, y, en particular, el conflicto entre el individuo y el mundo exterior.

Según Wilheim Reich, el individuo interioriza el conflicto con el exterior creando mecanismos para reprimir sus propios impulsos. Cuando un impulso es reprimido, se divide: una parte continúa hacia el exterior, a la búsqueda de la satisfacción, mientras que otra parte regresa. En los puntos de división de esas dos fuerzas se forman rigideces que, a nivel físico, son bloqueos musculares y, en el plano psíquico, constituyen el carácter del individuo: una “coraza caracterológica”

Puesto que el conflicto con el exterior es inevitable en una sociedad que no admite los impulsos naturales, se puede decir que todos construimos una coraza y una estructura de carácter.

Cuanto menos rígida sea esa coraza, más natural y directa será nuestra relación con los demás y más capacidad tendremos para sentir placer y expresar emociones. Sin embargo, una coraza rígida dificulta o bloquea el contacto con el exterior y produce una desviación en los impulsos naturales; es decir, una relación enferma, neurótica o destructiva.

En consecuencia, para conseguir personas sanas y felices, deberemos cambiar nuestro modo de educar a las criaturas, respetando su desarrollo natural y confiando en sus potencialidades y su bondad innata. Esta idea se concreta en el concepto de autorregulación, que sirvió de base a la propuesta educativa de Reich, desarrollada a partir de su propia práctica clínica y con elementos procedentes de la antropología y la pedagogía.

El origen cultural de la violencia

Los trabajos de campo de dos grandes antropólogos, Bronislaw Malinowsky y Margaret Mead, pusieron de manifiesto el origen cultural de comportamientos que habían sido considerados “naturales”. Estos hallazgos llevaron a Reich a reforzar su idea de que los impulsos violentos y perversos eran efectos de una educación autoritaria y represiva.

Por otra parte, la base pedagógica para la autorregulación se debe fundamentalmente a Alexander Neill, quien fundó en 1921 la escuela de Summerhill aplicando los principios de la confianza en la bondad natural de los niños, en sus enormes potencialidades, en su inagotable curiosidad.

Quince años después, Reich y Neill se conocieron y comenzaron a trabajar juntos para sentar la base de una educación que respetara la libertad de los niños y sus capacidades naturales.

¿Cómo funciona una educación autorregulada?

Pero este respeto, este dejar hacer, no equivale a desentenderse de los niños. Todo lo contrario. La autorregulación exige un compromiso mayor y, sobre todo, unas condiciones determinadas en las personas que quieran llevarlo a la práctica.

Autorregulación antes del nacimiento

La autorregulación comienza desde el momento en que los padres se plantean tener un hijo, poniendo ya una determinada energía en el deseo de concebirlo. Durante el embarazo, la capacidad de la madre para asimilar la carga energética que representa el nuevo ser vivo, así como la posibilidad de mantener unas relaciones sexuales sanas con su pareja, puede ser determinante en el futuro desarrollo del bebé.

Otro momento crucial es el parto. La posibilidad de un parto natural puede representar para la madre una experiencia activa de descarga energética, y para el bebé, una experiencia libre de traumas que permita el libre funcionamiento biológico.

Posteriormente, el contacto con la madre mediante el amamantamiento permite prolongar el intercambio energético y el desarrollo de las percepciones, que en principio son orales y visuales.

Dar de mamar no es solo un acto de alimentación sino que posibilita el desarrollo biológico mediante el contacto con la piel y el inicio de la autorregulación en el sueño y en la alimentación ,sin horarios rígidos, adaptándose a las demandas del bebé.

Una crianza individualizada: la libertad para ser felices

Cuando el niño comienza a crecer, es frecuente caer en los extremos: sobreprotegerlo impidiendo que descubra por sí mismo sus propios límites, o exigirle que avance al ritmo que a los adultos les parece que debe hacerlo.

Reich decía a su hijo Peter: “no tengas miedo de tener miedo”.

En este caso, los adultos se basan a menudo en criterios estandarizados que no respetan la individualidad de cada niño: tablas de pesos y medidas que establecen lo que debe pesar o cuánto debe crecer; y escalas de desarrollo y madurez que dicen cuándo debe andar, hablar, dejar el biberón o los pañales o la habitación de los padres, y así en una interminable secuencia preestablecida que alarma a los padres si su hijo se pasa o no llega, impulsándolos a buscar soluciones a problemas inexistentes y, en definitiva, a perjudicar el desarrollo del niño.

Por el contrario, la autorregulación es...

  • Escuchar, respetar a los niños, valorar sus intereses y sus ideas, dejar que lo toquen todo, que se arrastren, se manchen, se mojen, exploren…
  • Dejar que controlen los esfínteres a su ritmo.
  • Respetar el desarrollo de su capacidad para caminar erguidos, sin intervenciones ni aparatos de ayuda, permitiéndoles que se arrastren por el suelo, que gateen mientras tengan esa necesidad, hasta que consigan por sí mismos la seguridad necesaria para levantarse.
  • Estar siempre a su lado si lo necesitan, escucharlos, acompañarlos, consolarlos, apoyarlos, pero sin imponerles nuestras necesidades, nuestro ritmo, ni nuestra ayuda o cariño.
  • Permitir que tomen sus decisiones, que expresen sus emociones: la alegría, el asombro, la satisfacción, pero también el llanto, el enfado, el miedo…

Es muy difícil que una persona bloqueada emocionalmente pueda potenciar en los niños la libre expresión de sus emociones. Solo un adulto que no esté atrapado en una rígida coraza está capacitado para el contacto psíquico y biológico que supone la autorregulación, para sentir y compartir la libertad, la espontaneidad y el fluir de lo vivo.

Etiquetas:  Hijos Crianza Educación

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