Celebra la vida

La muerte y el asombro de vivir

Aunque la muerte ha sido y es uno de los grandes temas filosóficos y espirituales, en nuestra sociedad es un tabú. La vida se caracteriza por su fragilidad e irreversibilidad y es este hecho trágico lo que le da valor.

Rafael Narbona

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"La filosofía es preparación para la muerte”, escribió Platón, aclarando que se limitaba a repetir una sentencia de su maestro Sócrates. Al igual que Buda o Cristo, Sócrates no escribió nada. Los diálogos de Platón recrean sus enseñanzas y, en concreto, el Fedón relata su muerte. Sócrates apuró la copa de cicuta con extraordinaria entereza, mientras hablaba con sus discípulos de la inmortalidad del alma. Condenado a morir por complejas razones políticas, creía que el alma se reencarnaba una y otra vez, hasta lograr su emancipación definitiva del cuerpo.

Los avances científicos cuestionan este relato, pero la creencia en la reencarnación o la inmortalidad sigue hondamente arraigada en personas de distintas religiones y continentes. Podemos objetar que se trata de simples fantasías alimentadas por el miedo o la ignorancia, pero lo cierto es que esas convicciones mitigan poderosamente la angustia ante la muerte.

La muerte como tabú

Se dice que vivimos en una época posreligiosa y casi posfilosófica, pero no hemos resuelto el problema de nuestra finitud. En mis clases de filosofía, la muerte es un tema redundante. No porque yo experimente una fascinación morbosa por la cuestión, sino porque es uno de los grandes ejes del pensamiento occidental (y oriental).

De hecho, la muerte se ha convertido en un tabú, algo que ni siquiera nos atrevemos a mencionar. Sin embargo, es una experiencia que nos concierne a todos. Indirectamente, cuando perdemos a un ser querido, y de un modo directo e ineludible al final de nuestra peripecia vital.

En el aula, mi opinión es irrelevante. El profesor plantea problemas, no soluciones. Su misión no es adoctrinar, sino proporcionar las herramientas para que el alumno elabore su propia visión del mundo. Por otro lado, mis opiniones nunca son definitivas, pues el pensamiento, cuando está vivo y no es un dogma aprendido, fluctúa, rectifica, se contradice y siempre deja una puerta abierta.

Actualmente, pienso que la finitud, lejos de ser una desgracia, constituye una bendición que nos libra de escenarios indeseables. Si la muerte no existiera, nuestros actos se volverían insignificantes y perderíamos nuestra identidad, pues el cerebro no puede acumular una cantidad ilimitada de recuerdos. Acabaríamos olvidando quiénes eran nuestros padres, dónde nacimos, qué hicimos, qué soñamos, cuáles eran nuestras metas. Se desvanecería el rostro de las personas a las que amamos.

¿Cómo sería vivir para siempre?

Un mundo sin noción del tiempo, sin el valor de los momentos únicos e irrepetibles. Un caudal infinito de vivencias equivale a una confusión ilimitada. Jorge Luis Borges especuló sobre esta horrible posibilidad en El inmortal, un cuento de su libro El Aleph.

Narra la historia de un tribuno romano que descubre la Ciudad de los Inmortales y bebe de su río, que prodiga la vida eterna. El tribuno no tardará en descubrir que la inmortalidad produce el espanto de lo interminable, atroz e insensato. Los inmortales no parecen humanos, sino criaturas primitivas, incapaces de expresarse en un lenguaje inteligible. Una de ellas sigue al tribuno, que decide llamarle Argos, como el perro de Ulises.

Después de muchas fatigas, Argos rompe su silencio. La lluvia de un atardecer se mezcla con sus lágrimas, recuperando fragmentos de su pasado. Argos recita unos versos de la Odisea, pues en realidad es Homero, el autor del largo poema épico. En un griego pobre y elemental, reconoce que lo escribió hace mil cien años. “Ser inmortal es baladí –reflexiona el tribuno–; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal”.

Casi todos los años pido a mis alumnos que lean El inmortal. Muchos se quejan del exceso de referencias eruditas, pero captan el mensaje y suelen estar de acuerdo.

“Vivir siempre sería un aburrimiento”, suelen repetir. “Al cabo de los siglos, habrías probado todo y no sabrías qué hacer”.

Pablo, uno de los alumnos que con los años se ha convertido en amigo personal, explicó su visión de la inmortalidad con una metáfora de enorme belleza y originalidad: “Debe de ser algo parecido a esperar un autobús bajo una marquesina, mientras llueve sin parar. Pasan las horas y no aparece ningún autobús. Al final, pierdes la noción del tiempo y ni siquiera sabes por qué estás ahí”. Sus compañeros consideraron que era un buen símil.

Pablo añadió que la vida era una aventura, con grandes dosis de azar: “Ahora estamos aquí, pero si cambiáramos algo de nuestro pasado, quizás muchos nos encontraríamos en otra parte”. Borges formula una teoría parecida. En la Ciudad de los Inmortales, “nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. […] Nada tiene el valor de lo irrecuperable y lo azaroso”.

¿Qué es lo que da valor a la vida?

Cualquiera que estudie la historia de la literatura, el arte, la ciencia o la filosofía descubrirá que no existen las innovaciones absolutas. Cada ocurrencia es una reelaboración de algo anterior. Es posible que Borges se inspirara en los inmortales de Jonathan Swift, que viven en la imaginaria ciudad de Luggnagg en Los viajes de Gulliver. Se trata de unos seres vetustos y desdichados, sin pelo ni dientes, que han olvidado su pasado y sobreviven como espectros.

Borges imitó a Swift en la misma medida en que Swift se basó en el descenso de Ulises al Hades para entrevistarse con Aquiles, rey de los inmortales. Ulises le saludó con respeto, afirmando que incluso entre los muertos seguía conservando su condición de rey. Aquiles respondió que preferiría estar vivo y ser el último de los hombres, pues la existencia de ultratumba era más miserable que la rutina del más humilde porquero.

A diferencia de Platón, Sócrates o Pitágoras, la mayoría de los griegos creía que la inmortalidad solo era una pálida sombra de la vida mortal, algo despreciable y de escaso valor. Aunque se atribuye la Odisea a Homero, muchos helenistas se muestran escépticos, apuntando que tanto la Odisea como la Ilíada son obras colectivas, recopilaciones de tradiciones orales.

En definitiva, Borges, Swift y el hipotético Homero solo recogen una vieja creencia que circuló libremente entre los pueblos del Mediterráneo oriental del siglo VIII a. C. Dicen que cuando los cristianos llegaron a una Atenas bajo dominación romana y hablaron de la resurrección del cuerpo y el alma, solo despertaron incredulidad y carcajadas.

La vida humana se caracteriza por su fragilidad e irreversibilidad. Ese rasgo trágico es lo que determina el valor de cada existencia individual.

La propagación del cristianismo cambió la mentalidad colectiva de Occidente, pero el evolucionismo de Darwin erosionó la interpretación del hombre como imagen y semejanza de Dios, afirmando que solo somos una especie más. Ni siquiera somos la cúspide del proceso evolutivo. La vida empezó sin nosotros y continuará sin nosotros. La extinción cíclica o evolutiva, no una catástrofe. Sin extinciones, no surgirían nuevas formas de vida, nuevas especies mejor adaptadas a un entorno sujeto a cambios permanentes.

¿Cómo afrontamos nuestra propia muerte? ¿Y nuestros duelos?

Ser profesor de filosofía en un centro de enseñanza secundaria disipa rápidamente el riesgo de caer en frías y remotas abstracciones. Los adolescentes se rebelan contra esa clase de elucubraciones, exigiendo que las ideas se contrasten con la realidad. La muerte es un tema que apasiona hasta que surge como una experiencia cercana, dolorosa, insoportablemente real.

En una ocasión, llevé al instituto a un médico de la Asociación Derecho a Morir Dignamente, que aboga por la legalización de la eutanasia. El médico, que apenas superaba los treinta años, habló de su experiencia en cuidados paliativos, explicando que no defendía ni justificaba el suicidio, pero sí creía que los enfermos terminales tenían derecho a morir sin experimentar sufrimiento.

Finalizó su intervención con un vídeo que recogía los testimonios de varios enfermos. Todos hablaban con entereza, pidiendo una regulación legal que ayudara a médicos, pacientes y familiares a encarar la muerte sin temor al dolor físico y psíquico. Algunos bromeaban, esforzándose en transmitir un mensaje positivo.

Antes de que terminara el vídeo, escuché sollozos a mi espalda. Un alumno de quince años me pidió permiso para salir del aula. Abrumado, lo acompañé al pasillo, preguntándole qué le sucedía. El chico me contó que su madre había muerto hacía dos o tres meses. Experimenté un terrible sentimiento de culpabilidad por haber removido su sufrimiento y me disculpé. No repetí la experiencia, pero el contenido de la asignatura continuó obligándome a hablar de la muerte.

La muerte nos empuja a vivir con entusiasmo

Conviene recordar que la muerte de Dios, anunciada por Nietzsche, es un hito de la filosofía. Nietzsche nunca creyó en trasmundos, pero dijo sí a la vida. Sí a la vida con su carga de dolor, imperfección y contingencia. Sí a la vida hasta el extremo de desear que todas nuestras vivencias se repitan una y otra vez. El eterno retorno de Nietzsche es una exaltación metafórica de la vida, no una visión cíclica del tiempo.

El filósofo alemán Martin Heidegger define al ser humano como “un ser para la muerte” y Jean-Paul Sartre añade que “el hombre es una pasión inútil”.
Ambos son existencialistas y creen que la muerte nos invita a elaborar un proyecto de vida. Si tenemos los días contados, no debemos desaprovechar ni un instante. “Felicidad –escribe Sartre– no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace”.

No pretendo desacreditar la perspectiva de los filósofos que creen en la inmortalidad. De hecho, aprecio enormemente a los místicos, con su espiritualidad intuitiva y casi sensual, que se parece tanto a los afectos humanos. Sea como sea, la civilización se paralizaría si unas generaciones no reemplazaran a otras, aportando frescura, creatividad y la necesaria rebeldía para no fosilizarnos en absurdos prejuicios.

Las nuevas generaciones, las nuevas vidas, aportan frescura, creatividad, rebeldía, ilusión... Así evolucionan las civilizaciones.

Hace relativamente poco, una de mis alumnas perdió a su madre por culpa de un cáncer. Una muerte prematura siempre es injusta. La mortalidad puede ser la condición necesaria de nuestra renovación como especie, pero nunca será aceptable cuando se anticipa a sus límites biológicos. Improvisé unas palabras de consuelo. La emoción me hizo hablar con torpeza...

Mi alumna notó mi azoro y me dijo con admirable madurez: “No te preocupes. En estos casos, nunca se sabe qué decir. Yo llevo tiempo preparándome. Los médicos nos dijeron que viviría un año y han sido casi veinte meses. Me duele mucho entrar en casa y no escuchar su voz, pero mi madre era alegre y optimista. No quiero pensar en ella con tristeza. Sería como estropear todo lo que ha intentado inculcarme. Siempre me decía con una sonrisa: ‘No hagas daño a nadie y sé feliz’. Esa es la imagen que quiero conservar y la que quiero transmitir a sus nietos cuando me pregunten por ella”.

Se dice que los profesores enseñamos, pero mi experiencia ha consistido básicamente en aprender de mis alumnos, que me han enseñado a conservar la ilusión y el asombro ante el misterioso hecho de existir.

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