Vibrar con la música

¡Que no falte la música en tu vida!

¿Por qué disfrutamos de la música si no parece tener una utilidad biológica clara? ¿Es lo último que olvidamos? Y, sobre todo, ¿cómo consigue emocionarnos?

Yvette Moya
Yvette Moya-Angeler

Periosista especializada en salud

En momentos en que a Ana le embarga la emoción, me cuenta, siente a veces la necesidad perentoria de escuchar el Adagietto de la Sinfonía 5 de Mahler.

Le parece, mientras oye las primeras notas o las reproduce fácilmente en su mente, que toda la orquesta conoce el secreto de sus aflicciones más íntimas, y eso la reconforta de una forma que le resulta difícil de explicar, como si esa música expresara todo lo que las palabras no pueden decir sobre cómo se siente.

A menudo la música, prosigue, le hace sentir que participa de algo superior que la envuelve y la "saca" de sí misma. Al mismo tiempo, tiene la capacidad de revelarle una fuerza interior insospechada.

El poder profundamente emocional de la música es quizá "el misterio supremo de la ciencia humana", en palabras del antropólogo Claude Levi-Strauss.

"Es el único lenguaje –escribió– que posee los atributos contradictorios de ser a un tiempo inteligible e intraducible".

Chopin en la selva

En los años treinta, Levi-Strauss pasó largo tiempo viviendo en la selva amazónica en condiciones precarias.

Como relata en su libro Tristes trópicos llegó un momento en el que empezaron a asaltarle visiones fugitivas de la campiña francesa que su memoria recuperaba y a las que hasta entonces no había dado ningún valor.

No lograba librarse tampoco de una melodía que acudía insistente a su mente: "Durante semanas, en esa meseta del Mato Grosso occidental, no me obsesionaba lo que me rodeaba –que no volvería a ver–, sino una melodía recurrente que mi recuerdo empobrecía: la del estudio número 3 del opus 10 de Chopin, donde, por un escarnio a la amargura que me hería también a mí, me parecía resumirse todo lo que había dejado atrás."

Es muy extraño que todos, en mayor o menor grado, tengamos música sonando en la cabeza. Y que esté sincronizada a veces con la que empieza a cantar alguien a nuestro lado.

O que el cerebro reproduzca de pronto una melodía o fragmento musical en el que no ha pensado durante décadas. ¿Por qué en ese momento y esa melodía? ¿Qué lleva al inconsciente a escogerla entre miles?

Esas frases musicales que surgen sin que las invoquemos ni controlemos, incluso cuando dormimos, probarían que, al margen de la inclinación que cada uno sienta por la música, esta constituye una parte esencial de nuestra vida interior.

La música parece discurrir por un sistema autónomo, independiente de la conciencia. "Eso explicaría la fidelidad y la cualidad aparentemente indeleble de la memoria musical, así como el hecho de que la música no se vea afectada por los estragos de la amnesia y la demencia", reflexiona el neurólogo Oliver Sacks en su libro Musicofilia.

Las investigaciones apuntan a una "inteligencia musical" desligada de la convencional.

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¿Para qué sirve la música?

La sensibilidad para la música, el hecho de que nuestros sistemas auditivos y nerviosos estén exquisitamente afinados para ella, sigue siendo un gran enigma para los científicos teniendo en cuenta que, desde un punto de vista estrictamente biológico, no parecen contribuir a la supervivencia.

En El origen del hombre, Darwin ya apuntaba que "como ni el disfrute de la música ni la capacidad para producir notas musicales son facultades que tengan la menor utilidad para el hombre (...) deben catalogarse entre las más misteriosas con las que está dotado".

Steve Pinker, un prominente psicólogo experimental experto en percepción y desarrollo del lenguaje, opina que las capacidades musicales –o al menos algunas– son posibles gracias a la colaboración de sistemas cerebrales que ya se han desarrollado para otros propósitos, es decir que serían productos secundarios de otras capacidades.

La teoría se apoya en que no existe un "centro musical" único en el cerebro humano: "construimos" la música en nuestra mente utilizando partes distintas del cerebro.

Música y lenguaje

Para algunos estudiosos, el origen de la música se relaciona con el del lenguaje.

De hecho, existen profundas similitudes entre el modo en que el cerebro procesa la música y el lenguaje: el habla posee entonación, ritmo, "melodía"...

Sin embargo, aún quedan muchas dudas sobre este posible origen común.

Sacks explica que a sus pacientes aquejados de afasia expresiva, que han perdido el habla, les canta "Cumpleaños feliz" y ellos, ante su propio asombro, se unen a él, muchas veces incluso con la letra. "Las palabras todavía están ‘en’ ellos, en alguna parte, pero es necesaria la música para sacarlas".

Lo mismo ocurre con algunos niños autistas, que son capaces de cantar o entender lo que se les dice si se les pone música.

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Incluso las personas que tartamudean suelen cantar con fluidez, y pueden sortear su tartamudeo si cantan o hablan con una cantinela.

En los restaurantes se tienen a veces experiencias parecidas: un camarero puede enumerar una lista de platos muy larga pero si se le pide qué ha dicho después de tal o cual plato, tal vez no sea capaz de sacar ese dato de la secuencia que tiene en su memoria, y ha de repetir toda la lista.

Ritmo para ordenar el caos

Para el psiquiatra y melómano Anthony Storr, "si lográramos entender cómo se originó la música, tal vez podríamos comprender mejor su significado esencial".

Todo lo que podemos deducir es que ha tenido un papel importante en la interacción social, como prueban los rituales religiosos y los cantos de guerra. De hecho, todavía hoy, es impensable un funeral o una fiesta sin música.

En todas las sociedades la música une a las personas. Y este vínculo parece conseguirlo el ritmo, que sincroniza las mentes y los cuerpos: incluso si no estamos prestando atención a la música tendemos a llevar el compás y a responder al ritmo con movimiento.

De alguna manera, como escribió Nietzsche, "escuchamos música con nuestros músculos".

Oliver Sacks explica que cuando nada sin prisas, suelen sonar en su mente los valses de Strauss, que dan a sus movimientos un automatismo y una precisión que no lograría contando.

Lo curioso es que las investigaciones demuestran que las respuestas motoras al ritmo preceden o anticipan al propio ritmo externo: es decir, de todo cuanto oímos extraemos patrones rítmicos asombrosamente precisos, que luego prevemos.

Existe una propensión universal a inferir un ritmo incluso cuando se oye una serie de sonidos idénticos a intervalos constantes. Tendemos a oír el sonido de un reloj digital, por ejemplo, como "tic-tac, tic-tac" cuando en realidad suena "tic, tic, tic, tic".

Es como si el cerebro necesitara organizar la información con una pauta propia.

Para el gran violinista Yehudi Menuhin "la música ordena el caos, pues el ritmo impone unanimidad en la divergencia, la melodía impone continuidad en la fragmentación, y la armonía impone compatibilidad en la incongruencia".

Cuando la música aparece sin invitación

Nos atrae la repetición. Como si hubiera algo neurológicamente irresistible en ella, tal vez porque en nuestro propio cuerpo experimentamos el ritmo en la respiración, los latidos o el acto sexual.

"Deseamos el estímulo y la recompensa una y otra vez, y en la música lo obtenemos", opina Sacks.

No debería sorprender, pues, que estemos expuestos a ciertos excesos, como la irritante repetición compulsiva de frases musicales que llegan a veces sin invitación y se quedan mientras quieren incluso si no nos gustan. Es como si la música estuviera atrapada en una especie de bucle, un estrecho circuito nervioso del que no puede escapar", afirma Sacks.

¿Qué características hacen que una melodía sea más pegadiza que otra? No se sabe. Cabe preguntarse si este fenómeno al que Sacks se refiere como "gusanos auditivos" no es algo moderno, o al menos mucho más común que antes.

Es indudable que el acoso musical que sufrimos muchas veces en los espacios públicos y la extrema disponibilidad de la música a través de los nuevos equipos portátiles causan cierta tensión en los sensibles sistemas auditivos.

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Se puede desafinar y disfrutar

La neurociencia de la música se ha fijado poco en la parte afectiva de la apreciación musical, pero la música apela a las emociones tanto como al intelecto.

Muchos de nosotros no podemos apreciar o ni siquiera percibir ciertos aspectos formales de la música, pero la disfrutamos mucho, y podemos cantar entusiasmados melodías a veces muy desafinadas sin que eso impida que nos sintamos felices.

Todos, de hecho, estamos más preparados para ciertos aspectos musicales que para otros. Las personas sensibles al tono, por ejemplo, reconocen una nota de manera instantánea, como la mayoría vemos un color.

Otras, sin embargo, no llegan a ser nunca capaces de identificarla. Lo sorprendente es que incluso en este caso se pueda ser muy sensible a la música.

Darwin escribió: "Tengo tan poco oído que no percibo ni un acorde disonante, ni sé llevar el compás ni tararear correctamente, y es un misterio cómo es posible que la música me dé placer".

Al revés, también otros tienen un buen oído, son exquisitamente sensibles a los matices formales de la música, pero no les interesa mucho ni la consideran parte importante en sus vidas.

Freud, al parecer, no escuchaba nunca música. En la única ocasión en que escribió sobre este tema comentó que "un sesgo racionalista o quizás analítico de mi mente se rebela contra el hecho de dejarme conmover por algo sin saber por qué me afecta así y qué es lo que me afecta".

Se ha sugerido después que algunas personas parecen evitar el efecto emocional de la música por miedo a la intensidad de los sentimientos que puede suscitar.

De hecho, muchos mitos clásicos hablan de este poder: los cantos cautivadores de las sirenas era lo que atraía a los marineros a la desgracia; también los griegos se reunían para oír extasiados a Orfeo tocar la lira, que así durmió al terrible Cancerbero; las mujeres indias se rendían al oír a Krishna tocar la flauta...

Pero ¿por qué el sentido del oído está tan vinculado a los sentimientos?, se pregunta Storr: "¿Existe alguna relación entre el hecho de que, al principio de la vida, podamos oír antes que ver?".

De tan accesible, podemos llegar a trivializar la música y no concederle apenas importancia en nuestro quehacer diario. Pero probablemente tiene un papel más destacado de lo que se cree en nuestras vidas.

¿La música es un placer superior?

El neurocientífico Francisco J. Rubia menciona la música como algo esencial en su vida, "y no solo escucharla sino practicarla". Se trata, según él, de "un placer distinto a los placeres normales, superior a ellos".

Otros autores, entre los que se incluye Nietzsche, sostienen que mejora la apreciación de la vida: no solo nos aleja por un momento del sufrimiento sino que más bien agudiza el sentido de participación en la vida, le da sentido y hace que sea "algo por lo cual vale la pena estar en el mundo".

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La experiencia de la música, tan escurridiza a las palabras, se puede vivir en este sentido como una suerte de revelación que nos adentra en los misterios del hombre y el cosmos.

Su efecto beneficioso en los niños

No está claro que un niño acostumbrado a escuchar a Mozart sea más listo ni se convierta en mejor matemático pero sí existen evidencias de que escuchar música con regularidad y, sobre todo, participar activamente en la creación de la música, estimula el desarrollo de las diferentes zonas del cerebro que tienen que funcionar juntas para escuchar o interpretar música.

Además, según el psiquiatra Anthony Storr, las personas que han recibido una educación musical adecuada en su infancia tienen más posibilidades de ser felices y productivas.

Comparte con Platón su idea expuesta en "Timoteo" de que la música es "un aliado enviado celestial que ordena y armoniza cualquier disonancia de las revoluciones de nuestro interior".

Cuando solo la música funciona

Algunas personas con dolencias neurológicas graves reaccionan de manera intensa y específica a la terapia musical.

Gracias a la música, sobre todo la que tiene un fuerte carácter rítmico, los pacientes de Parkinson pueden moverse a veces con facilidad y fluidez. Mientras suena, regresan a la velocidad del movimiento que les era natural antes de la enfermedad.

El uso de la terapia musical en el autismo se ha desarrollado mucho. A veces solo a través de la música se puede establecer contacto con las personas autistas más inaccesibles.

Oliver Sacks describe numerosos casos en que después de una apoplejía u otras lesiones del hemisferio izquierdo la persona experimenta súbitamente un talento musical o artístico.

La explicación por ahora más plausible a estos y otros fenómenos es que cuando se dañan unas funciones cerebrales se liberan otras normalmente suprimidas o inhibidas. A veces, por ejemplo, la pérdida del lenguaje va asociada a un incremento de las aptitudes musicales.

La percepción musical, la sensibilidad, la emoción y la memoria musicales pueden sobrevivir mucho después de que otras formas de memoria hayan desaparecido. Es como si la música discurriera por otros canales que el resto de información.

El objetivo de la terapia musical en estos casos es mantener a la persona arraigada al mundo, suscitarle emociones y asociaciones que le permitan recuperar su identidad. Cuando casi todo lo demás le deja indiferente, la música puede hacerle reaccionar emocionalmente.

Que sea posible ganarse la atención de estos pacientes y mantenerla unos minutos resulta de por sí extraordinario. El efecto puede perdurar horas o días.

Libros para redescubrir la música

  • Musicofilia; Oliver Sacks, Ed. Anagrama
  • Armonía de las esferas; Joscelyn Godwin, Ed. Atalanta
  • La música y la mente; Anthony Storr, Ed. Paidós

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