Gratitud e interdependencia

Del egocentrismo a la humildad: todos nos necesitamos

Begoña Odriozola

Las personas demasiado centradas en sí mismas suelen tener una herida que provoca ese comportamiento. ¿Cómo sanarla para conectar con los demás y ser más feliz?

¿Qué pasaría si cada persona se sintiese más especial que nadie, mejor, con más derechos; o más desgraciada, más doliente, con más necesidad de ser cuidada? Probablemente la vida se convertiría en una pesadilla de la que todos querrían despertar. ¡Un infierno de avidez!

Detrás del sentimiento de "yo", de ser alguien bien diferenciado de los demás y, naturalmente, bastante especial, hallamos dos tendencias humanas básicas: la de aferrarse a las cosas que proporcionan satisfacción o bienestar, y la de evitar todo cuanto genera malestar o dolor.

Sobre esta base se asientan el sentido de identidad y la seguridad en uno mismo, a partir de los cuales se adquieren las demás cualidades y habilidades que nos definen como seres humanos.

La psicología afirma que este sentido de identidad, este "yo", es lo que hace posible la construcción de la personalidad. Sin él no tendríamos referentes para vivir: seríamos como barcos a la deriva, incapaces de evolucionar. Las tradiciones espirituales, por su parte, presentan diferentes vías para trascender el "ego", si bien un "ego" bien construido y equilibrado suele ser el punto de partida del camino espiritual.

Asimismo, sin el sentimiento de identidad y de autorrespeto no puede desarrollarse la capacidad para protegerse y se acaba siendo más vulnerable a la dependencia emocional, el abuso o la depresión.

Sin haberse sentido amado y valorado como alguien especial durante los primeros años de vida nadie puede lograr autoestima y seguridad personal.

¿Cómo es una persona egocéntrica?

Como en todo, el exceso se torna peligroso, y en este caso conduce al egocentrismo. Si esa necesidad natural de exaltar la propia personalidad y ser alguna vez el centro de la reunión deviene excesiva el egocentrismo puede resultar problemático.

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Esta tendencia se halla en todos nosotros y se expresa, por ejemplo:

  • Cuando una persona habla básicamente de sí misma y reclama la atención.
  • Cuando nos sentimos ofendidos porque no nos hacen caso.
  • Cuando exageramos nuestros logros o capacidades para impresionar a los demás y recabar su admiración, esperando un trato singular.
  • Cuando nos aprovechamos de alguien en beneficio propio, creyendo que tenemos más derechos.
  • Cuando desacreditamos a un compañero o difundimos rumores para ser más valorados en el trabajo.
  • Cada vez que pasamos por alto los sentimientos ajenos.
  • Cuando nos enfadamos a raíz de una crítica y reaccionamos con sentimientos de rabia, vergüenza o humillación, aunque no los expresemos.
  • Cuando establecemos relaciones interesadas o presionamos para que los demás se adapten a lo que necesitamos o deseamos.
  • Inclusocuando estamos tan preocupados que nuestros pensamientos no van más allá de nuestra necesidad y nuestro dolor, permaneciendo ciegos a todo lo demás.

Si este comportamiento es predominante, entonces es posible que tengamos un problema de ego.

¿Cuáles son las causas y consecuencias del egocentrismo?

Es importante tener en cuenta que al egocentrismo también se puede llegar a través del dolor. Un sufrimiento físico o psicológico muy intenso, una importante inseguridad que conlleva la necesidad exagerada de valoración externa, puede tornar a una persona tremendamente exigente. Da entonces por sentado que los demás deben estar a su lado y ayudarle siempre que se sienta mal.

El dolor puede revestir también la forma de preocupación excesiva. El miedo a perder el trabajo, a que el problema de un hijo, por ejemplo, evolucione a peor, a que todo se tuerza… puede hacer que toda la atención permanezca focalizada en aquello que preocupa sin poder ver más allá ni a nadie más. Esto resulta especialmente duro en la vida familiar o de pareja, puesto que los demás se sienten desatendidos o ninguneados.

Nadie se siente cómodo junto a alguien que no se preocupa por los demás, que no conecta emocionalmente, que solo se relaciona por interés.

Una actitud egocéntrica dificulta mucho la toma de decisiones, la gestión de los conflictos y la resolución de las dificultades más sencillas; es incómodo permanecer con una persona que se siente ofendida tan fácilmente. Sus reacciones airadas, sus prontos, terminan dañando o fatigando a los demás.

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"Necesitamos ser amados y amar a los demás"

Estar junto a alguien tan inseguro y ávido de atenciones y cuidados, que vive inmerso en un mundo de exigencias y resentimientos, de anhelos, de miedo y de culpa, resulta no solo exasperante sino agotador. Se acaba huyendo, simplemente para sobrevivir, con lo que los temores de abandono y soledad de una persona tan centrada en sí misma se cumplen fatalmente.

Cuanto más nos aferramos a los demás, más se provoca que estos se alejen porque se sienten invadidos y atrapados. Y cuanto más dependemos de la admiración o valoración ajena, más vulnerables y menos libres somos.

¿Cómo dejar de ser una persona egocéntrica?

Siendo conscientes de cómo el egocentrismo empobrece la vida y de cuántas oportunidades vitales hace perder, conviene ocuparse firmemente de canalizar o minimizar esta tendencia. Para ello, basta con cambiar la mirada.

El apoyo de la humildad

La humildad ayuda a conjurar todo cuanto puede incitar al orgullo y la prepotencia, a creer que se es mejor que los demás; que uno está siendo amenazado o juzgado o que es necesario protegerse de las críticas o demostrar que se es especial.

Se trata de una cualidad que aporta una gran calma interior. La persona humilde sabe que no siempre hace las cosas bien e, incluso, que en ocasiones no sabe qué hacer ni cómo. Pero la humildad sienta las bases de la aceptación y la confianza, lo que hace posible el crecimiento personal.

Quien es humilde entiende que la vida está llena de infinitas posibilidades de aprendizaje y sabe que se aprende observando a los demás, relacionándose con ellos, pidiendo ayuda, ofreciéndola...

Cuando los muros que nos separan de los demás pierden altura, aunque persistan sus bases, saboreamos la verdadera dicha.

Descubrir a los demás con interés genuino

Buscar activamente algo que resulte admirable de cada persona con la que se entre en relación. El reto crece cuando la persona no cae bien de entrada; habrá pues que indagar...

Cada persona tiene su camino, sus dificultades específicas, sus retos y una biografía única. Se llega a este mundo con unas capacidades y en unas circunstancias particulares. Por eso es tan difícil e injusto juzgar a los demás desde fuera. Si se siente poca simpatía por alguien, es bueno preguntarse cómo sería la vida de uno estando en su piel, habiendo tenido que vivir con sus conflictos y acontecimientos. Si se desconocen, es útil averiguarlos.

Entablar relación con personas de muy diversa procedencia y cultura; conocer gente distinta a uno mismo; escuchar mucho y hablar menos; interesarse genuinamente por las opiniones, puntos de vista y criterios de los demás es la mejor forma de ampliar la perspectiva y abrir la mente a una realidad más compleja que la propia.

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Menos ego y más abrirnos a los demás

Y al mismo tiempo, si por un momento se pudiera ver a las personas más allá de su profesión, su situación familiar o sus circunstancias vitales y materiales, ¿se hallarían tantas diferencias? Qué fácil es olvidar que todos los seres humanos son esencialmente iguales; que todos comparten un mismo deseo de bienestar.

Reflexionar sobre cuanto uno tiene en común con otras personas ayuda a desarrollar un profundo sentimiento de empatía.

Reflexionar amplia y honestamente sobre estas cuestiones, alimentar las tendencias prosociales y altruistas nos abre a los demás, diluye el egocentrismo, nos hace más felices y nos sitúa en esa frontera sagrada entre la psicología y la espiritualidad. La posibilidad de cruzar el umbral dependerá, sobre todo, de la capacidad para traducir toda esa inspiración en acciones que redunden en el beneficio de los "compañeros de viaje".

En vez de pensar tanto en las propias necesidades, conviene preguntarse: ¿Qué puedo hacer por esa persona? ¿Cómo podría contribuir a la solución del problema? ¿De qué modo puedo mejorar la relación? Y, naturalmente, intentar llevarlo a la práctica.

Reconocer la interdependencia

¿Existe algo, por pequeño que sea, que uno pueda lograr sin que nadie haya contribuido directa o indirectamente a ello? Recordar que todos necesitamos a los demás y que todos influimos, de manera recíproca, en la vida de otras personas ayuda a relativizar la propia importancia.

Puesto que todos estamos de un modo u otro interconectados, puesto que los demás nos brindan grandes oportunidades de aprendizaje, puesto que todos somos esencialmente iguales y tenemos nuestro propio lugar en el mundo... alegrarse sinceramente por los logros de los demás mejora sensiblemente las relaciones sociales y permite contrarrestar la envidia y el malestar que esta genera.

El altruismo ayuda a ver más allá de las propias preocupaciones y a no obsesionarse con los propios males. Ofreciendo servicio desinteresado se desarrollan habilidades, se aprenden lecciones muy valiosas y se fortalecen los lazos de afecto y amistad con otras personas. También se contribuye a mejorar la sociedad. Eso no implica que uno no deba ocuparse de sus problemas, pero todo resulta más fácil si se hace en su justa medida.

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Apreciar lo que se tiene y desarrollar la gratitud

La satisfacción no depende de la situación económica o material ni de lo que hagan o cómo sean las personas que nos rodean. Desear más y más cosas de modo insaciable o lamentarse inútilmente por cuanto no está al alcance de uno conduce a la amargura. Buscar los aspectos positivos de la propia vida y de las relaciones, aceptar y alegrarse por lo que se tiene, no impide fijarse objetivos de mejora.

Escuchar a personas que han tenido pérdidas importantes puede ayudar a relativizar el valor de algunas cosas y no perder de vista lo esencial. Si te hallases en el lecho de muerte, ¿qué valorarías más en ese momento? ¿Qué sería más importante para ti? ¿Qué es lo último que desearías perder o no tener?

A partir de alguno de estos elementos esenciales o algún logro personal del que uno se sienta satisfecho, podemos hacer el ejercicio de reconocer al menos a cinco personas concretas que hayan aportado su ayuda en algún momento. No dejar pasar ninguna oportunidad de agradecer el apoyo y el afecto recibidos a los seres queridos y también a aquellas personas con las que la relación es más difícil.

Aprender a valorar a los demás ayuda a superar el egocentrismo y genera bienestar en ellos y en uno mismo. Reconocer lo que las otras personas hacen por nosotros permite minimizar una actitud victimista o centrada en uno mismo.

Sugerimos las siguientes reflexiones:

  • Pensar en el beneficio recibido de los padres, familiares, maestros y otras personas durante la infancia y la juventud: los cuidados físicos y emocionales que brindaron, la protección, desde lo más básico (ropa, cobijo, comida) hasta la nutrición afectiva y la orientación para la vida.
  • Darse cuenta de lo que se aprendió en el periodo escolar, y no solo de los conocimientos: las cualidades y habilidades que se adquirieron, todo el tiempo que padres y educadores le dedicaron a uno…
  • ¿Cuántas personas habrán intervenido en la confección de la ropa que uno lleva? ¿Cuántas personas, cuántos seres vivos, incluidos los microorganismos, han contribuido directa o indirectamente a que exista la comida que tomamos, generándola, elaborándola, transportándola? Fuese cual fuese su motivación, la cuestión es que su esfuerzo ha sido de gran beneficio.
  • Imaginar cuánta gente –no solo sanitarios– hace posible que podamos llamar al teléfono de emergencias (112) o ser atendidos en un hospital. Miles de personas, cada una en un lugar diferente, cumpliendo funciones diversas y complementarias, cada una con sus propias motivaciones pero "ahí".
  • Recapacitar, por último, sobre lo recibido de quienes le han dañado a uno. Quizá su crítica mostró una debilidad e impulsó un cambio, o tal vez su negativa nos obligó a afrontar una dificultad y emergieron recursos interiores de los que no éramos conscientes.

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