Educar desde el respeto

El arte de ejercer bien la autoridad de forma empática y flexible

Bet Font (psicoterapeuta familiar) y Víctor Amat (psicólogo)

La forma en que una persona se relaciona con la autoridad, sea para aceptarla, cuestionarla o ejercerla, repercute en su vida. En la niñez se sientan las bases de ese proceso que continúa en la edad adulta.

¿Quién no ha criticado alguna vez a su jefe o se ha sentido molesto al recibir una orden? ¿Por qué llevamos fatal que nos digan lo que tenemos que hacer? ¿Tanto cuesta respetar unas reglas? ¿Tan afectada va a verse nuestra libertad? Y si es así, ¿por qué nos duele que cuestionen nuestra propia autoridad?

El problema con la autoridad es la autoridad misma: a veces toca acatarla y otras, ejercerla. Y tan difícil puede ser una cosa como la otra. Saber gestionar la autoridad vendría a ser como aprender a no pisar a la pareja de baile. No basta con tener dotes para la danza: hace falta experiencia y, sobre todo, descubrir cómo se mueve el otro para no chafarle un pie.

Ese aprendizaje comienza con los padres y educadores y se desarrolla al ritmo de los compañeros de baile que hallamos a lo largo de la vida.

En la infancia, la familia actúa de puente entre nosotros y el mundo. Cada sistema familiar tiene sus propias normas, que nos permiten coordinar nuestras acciones con las de otras personas. Cuando seguimos las normas del grupo e interiorizamos los límites nuestras decisiones y comportamientos resultan más predecibles para el resto del sistema y aportan estabilidad.

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4 estilos predominantes de comunicación

La famosa psicoterapeuta Virginia Satir entrevistó a miles de familias para ver cómo los padres se dirigían y educaban a sus hijos y describió cuatro estilos predominantes de comunicación:

  • El acusador

Emplea un patrón autoritario basado en la premisa: yo soy quien manda aquí. Se considera mejor que los demás y se comunica con tensión, señalando al otro con el dedo. Se siente eficaz en base a la obediencia conseguida y genera temor. Quien se educó con este modelo es probable que se desenvuelva mal con personas autoritarias, tal vez evite la confrontación o, por el contrario, tienda a buscarla inconscientemente.

  • El aplacador

Parece estar diciendo: vivo para hacerte feliz. Podemos imaginarlo junto a otra persona ofreciéndole atenciones, buscando su agrado de un modo que puede llegar a generar culpa en el receptor. Quienes recibieron un exceso de mensajes de este tipo pueden desarrollar dotes de pequeños tiranos exigentes. Otras personas que se identifican con esta tipología pueden confiar poco en sí mismas y vivir relaciones en las que reciban algún tipo de maltrato.

  • El calculador

Lo racionaliza todo con la presuposición: si pienso lo suficiente, evitaré el dolor. Trata de no mostrar sus emociones por temor aloque pueda surgir de ellas. Quien asumió este tipo de autoridad puede presentar un anhelo por ser perfecto y controlarlo todo. Querer estar seguro al cien por cien de que las cosas saldrán como se quiere lleva a sentir una gran responsabilidad y a experimentar miedo al fracaso.

  • El distractor

Sus palabras no tienen que ver con lo que está pasando. Tiene la sensación de no importarle a nadie y vive acompañado por la soledad. Junto a él nada es seguro porque busca ante todo divertir al otro. Puede sentirse muy desorientado en la vida, en especial cuando esta le pone a prueba.

Generalmente se da una vivencia dolorosa de la autoridad cuando estos patrones se exageran o se tornan roles fijos e inamovibles. Por ejemplo, cuando se da el caso de una madre siempre aplacadora y un padre siempre acusador, que no varían ni intercambian esos patrones en ninguna circunstancia.

Frente a estos estilos, Virginia Satir propuso comunicarse en familia de un modo más empático y creativo, fomentando la autoaceptación de cada persona mediante una transmisión directa y clara, usando reglas humanas, flexibles y susceptibles de ser cambiadas cuando las situaciones lo requieran.

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Evitar el autoritarismo

Hasta hace poco las familias eran mucho más numerosas que ahora y el padres olía ejercer la autoridad de manera poco empática, asumiendo a menudo un patrón acusador y constreñido al escaso tiempo que pasaba en casa. Hoy en día la familia está volcada en el cuidado de una prole minoritaria, en una especie de pirámide invertida, donde abuelos y padres están al servicio de uno o dos pequeños.

Entre las familias inspiradas por el mayo del 68 es frecuente el modelo democrático permisivo, en el que las decisiones se debaten con los hijos y se rechaza cualquier vestigio de autoritarismo que recuerde al que se pudo sufrir en carne propia.

Pero lo que ayuda a crecer al niño no es tanto una posición más o menos firme como que el adulto sea coherente y no trate de doblegarle o vencerle. Por eso debe hacerse presente sin necesidad de invocar a todas horas quién tiene el poder o el "esto es así porque lo digo yo".

Cuando la respuesta del adulto es congruente tiene el poder de tranquilizar al niño y ayudarle asentirse vinculado al grupo. Unas veces eso requiere dureza y, otras, ser un negociador blando o pasar cosas por alto. En cualquier caso, siempre requerirá respetar al niño y su momento de evolución, tanto para poder comprenderle como para cederle responsabilidades que le ayuden a entender aquello de lo que forma parte.

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El adulto y la autoridad

Nuestro modo de convivir con la autoridad en la vida adulta es el resultado de la relación que hemos mantenido con ella desde la infancia. Existen tantas maneras de acogerla, de tentarla o rechazarla como trayectorias personales. La diferencia con respecto al niño es que el adulto ya ha configurado su lugar en el mundo; sea el que sea, sabe dónde está y de qué forma parte.

Por eso el adulto valora la autoridad cuando los mensajes que recibe respetan su situación, tanto en su contenido como en su forma, confirmándole en ese lugar. Las emociones que se generan en ese caso son de respeto, empatía, confianza... Si, por el contrario, el adulto experimenta un mensaje de autoridad externa que no tiene en cuenta quién es y de dónde viene, siente miedo y desconfianza. No se siente entendido, sino cuestionado.

Por eso es importante que ubiquemos y reconozcamos a las personas en su entorno, valores, creencias, etc., incluso cuando desde nuestras referencias se nos puedan antojar inadecuadas. Todos tenemos en mente creadores y personajes célebres que mantienen una relación conflictiva con la autoridad, o que se creen la única autoridad. O personas a quienes la falta de límite llevada al extremo les ayudó a rozar la psicopatía pese a estar dotadas de cualidades brillantes. Lo cierto es que, para muchos, la autoridad en la edad adulta sigue siendo vivida como un lastre.

Hay quienes tienen problemas para mantener empleos o relaciones que requieren consenso. En nuestra consulta vemos sufrir a personas maltratadas en la infancia por un autoritarismo que no tuvo en cuenta ese lugar o individualidad, a las que solo se les mostró el control en lugar de enseñarles a controlarse; o alas que, por el contrario, no se les ofrecieron referencias y normas.

Otras tuvieron la suerte de sentirse valiosas y comprendidas más adelante. A esas personas es probable que la autoridad no les suponga ningún problema o que se hayan reconciliado con ella. Un antropólogo se fijó en que el jefe de una tribu solo daba a su pueblo órdenes que podían cumplir.

El investigador se lo hizo notar y el jefe le miró sorprendido diciéndole: "¡Pues claro! ¿Qué clase de jefe sería si no hiciera eso?" La anécdota es ilustrativa de lo que la autoridad debería contener de congruencia y amor. El filósofo José Antonio Marina también propone integrar, en vez de confrontar, la ternura y la exigencia. Si podemos exigir desde la ternura logramos unir aquello que parecía irreconciliable.

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El arte de ejercer bien la autoridad empática en 10 pasos

Las siguientes sugerencias pueden resultar efectivas para ejercer un tipo de autoridad más congruente y equilibrado.

  1. Ten claro lo que quieres y puedes pedir. De este modo será más fácil transmitirlo. da más de lo que exiges y comparte los éxitos de tal modo que los otros los sientan como propios.
  2. Las normas son útiles siempre que se consideren desde la regla de oro de la flexibilidad: siempre pueden mejorarse.
  3. Ofrece alternativas a la crítica o facilita que la persona reflexione sobre cómo hacerlo mejor.
  4. Aprende a diferenciar lo que las personas hacen de lo que son. Decir:"Has tirado el agua" solo alude al suceso. "Eres un desastre" descalifica y afecta a la identidad del otro sin que le ayude a mejorar.
  5. Practica la humildad descubriendo en primer lugar cómo participas tú mismo en mantener cada problema que desearías afrontar.
  6. La autoridad requiere cierto autodominio y sentido de la justicia: cualquier ser humano puede ser visitado por la ira o la impotencia. Lo importante es reconocer esos sentimientos, situarlos en su contexto y obrar en consecuencia. Si nos invaden a menudo es probable que no tengan que ver con lo que está pasando: tal vez es un buen momento para dejarse ayudar.
  7. Es imposible ser el bueno a todas horas. Al ejercer la autoridad hay que mostrarse firme o tomar decisiones que no siempre gustan.
  8. Predicar con el ejemplo significa ser más que decir: cumplir compromisos y respetarte a ti mismo y a los demás en lo que hagas
  9. Pierde el miedo a ser flexible o exigente. La combinación o elección depende de cada caso.
  10. Los mensajes de autoridad han de darse desde la empatía o el respeto al lugar del otro en elmundo.

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Confianza en vez de miedo

El estilo nivelador de comunicación que alentaba Virginia Satir indica cómo ejercer un liderazgo creativo, estando conectado con los aprendizajes que brinda la experiencia y reajustándose en función de las circunstancias. En el caso de los niños, eso facilita un enlace con la sociedad abierto y confiado, que permite sostener la polaridad entre las dos maneras de educar que describimos, entre enseñar y permitir aprender.

De igual modo, en sus relaciones con la autoridad, el adulto no espera sentirse desplazado del sistema a través del miedo, sino ser guiado a través de la confianza. Nuestra actitud como figuras de autoridad bien podría ser la de la imagen del pastor con las ovejas, manteniéndose visible y próximo, ni demasiado adelante ni atrás, e interviniendo solo lo necesario para la armonía del rebaño en el lugar.

Un ejemplo que enseña más que los consejos

"Quien vence a los demás es fuerte, quien se vence a sí mismo es invencible". Con estas palabras Lao Tsé y el taoísmo sugieren un interesante camino para recorrer.

La autoridad reside en nuestro centro, en nuestro propio interior: vencernos para poder ser congruentes entre nuestras peticiones, maneras y actos. Por eso cualquier niño señala fácilmente nuestras incongruencias si queremos que haga una cosa que nosotros mismos no hacemos o no nos creemos.

Milton Erickson, legendario psicoterapeuta, solía pedir a sus pacientes que hicieran cosas que podían parecer inverosímiles para curarse. Cuando le preguntaron por qué confiaba de ese modo en que le harían caso señaló: "¡Cómo no van a hacerlo, saben que hablo en serio!".

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