Paternidad consciente

El papel del nuevo padre

Xavier Serrano

Los padres de hoy en día ya no quieren solo estar, quieren participar activamente en la crianza de sus hijos: compartir momentos, afectos y acompañar sus procesos de crecimiento.

Los cambios que se han producido en las últimas décadas en la sociedad occidental han tenido una gran repercusión en el sistema familiar imperante, claramente patriarcal en su origen. El padre ha asumido un nuevo rol y ahora trata de desarrollar nuevas actitudes respecto a sus hijos.

Antiguamente, el padre se caracterizaba por mantener una convivencia mínima con sus hijos –justificada por exigencias laborales–, marcar las pautas morales y ser la fuente económica familiar.

La incorporación de la mujer al mundo laboral, la legalización de algunas libertades sexuales o el uso de los anticonceptivos, entre otras cosas, trastocaron los roles establecidos, generando nuevas dinámicas. Eso cambió por completo el panorama familiar. Pero, ¿cómo puede contribuir el padre a la transformación radical y ecológica de los nuevos sistemas familiares y sociales?

Una paternidad en transformación

Muchos padres actualmente intentan cambiar la forma de relacionarse con sus hijos, compartiendo con ellos afectos y experiencias cotidianas a través de una mayor comunicación, respeto y tolerancia mutua.

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Sin embargo, a pesar del rechazo del modelo de padre de referencia clásico, todavía no se ha interiorizado una identidad nueva en la que ya no tengan cabida las actitudes frías, rígidas, machistas, autoritarias e individualistas.

Para conseguirlo, hay que hacer un esfuerzo para modificar las formas de relacionarnos en los sistemas familiares, educativos y sociales.

Se trata de potenciar la humanidad de nuestros hijos sustituyendo los roles de los dos miembros de la pareja por la complementariedad de sus funciones en un ambiente de intimidad y complicidad.

Precisamente, al crecer en esas atmósferas ecológicas –que respetan la interacción con el entorno social–, de forma automática, instintiva, sin grandes esfuerzos, nuestros hijos vivirán su paternidad y maternidad en la edad adulta de manera radicalmente distinta. Esta es una tarea titánica en la que los padres de hoy tienen un papel fundamental.

Durante el embarazo: reencontrar el instinto

Para desarrollar estos nuevos modos de relación, es importante tomar conciencia. Asumir la torpeza, la ignorancia y los límites. Mirar al pasado para entender el presente; dejar la puerta abierta a la duda, la escucha interior y el encuentro con el instinto.

Todo ello estimulará el desarrollo de actitudes sinceras, tiernas y afectivas con los hijos. Asimismo, es necesario que el padre recabe información, consulte con profesionales y participe en actividades y espacios grupales, aun cuando la mayoría estén formados por mujeres, puesto que, por lo general, será con su compañera, aquella que lo reconoce como padre, con quien compartirá la aventura de la crianza.

Durante el embarazo, es importante que contribuya a la organización de un espacio estable, tanto a nivel económico y social como emocional, donde la mujer se sienta cómoda, acompañada, segura, amada.

Así, esta podrá vivir la gestación con plenitud, lo que potenciará la comunicación empática y bioenergética con su bebé, generando, a su vez, un circuito energético y un vínculo afectivo entre los tres.

Los mimos, las caricias corporales y la sexualidad contribuyen a ello. Como también lo hace la expresión verbal del padre, ya que su voz, más grave, tiene un impacto en el bebé intrauterino, que la recibe a través del sistema vestibular ecualizada por el líquido amniótico.

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Crecer a la sombra del padre

Si se mantiene esa armonía, la posterior experiencia compartida del parto será decisiva para el afianzamiento de dicho vínculo-apego, puesto que, como escribió el obstetra Michel Odent, autor entre otros de La vida fetal, el nacimiento y el futuro de la humanidad (Ob Stare), “cuando el padre esté presente e implicado afectivamente en los partos, la humanidad empezará a cambiar, tal es el impacto emocional que provoca esa experiencia”.

En el parto y los primeros meses de vida: proteger y apoyar

Compartir en pareja esa danza vital de emociones y pulsiones que supone el duro y mágico proceso de parir, respetando sus ritmos y procesos naturales; acoger a cada uno de mis tres hijos entre mis brazos; sentirlos, mirarlos, olerlos, mecerlos y devolverlos a su espacio vital, su madre, han sido, seguramente, las experiencias más maravillosas, poéticas, trascendentes e inolvidables de toda mi vida.

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Tu padre y tú: la hija del héroe

Durante los primeros meses, la díada madre–bebé puede ser apasionante: dependencia mutua donde casi nada más existe… El padre está presente, pero no se inmiscuye. Protege, apoya y pone los medios para que se den las condiciones propicias para establecer ese espacio vincular, de vital importancia para el bebé.

En este periodo deben coexistir tres sistemas: la pareja madre-bebé, la pareja madre-padre y el familiar. El primero se irá disolviendo progresivamente, y el padre será directamente requerido por su hijo. Este va yendo de uno a otro: mamá, papá, teta, mundo, dentro, fuera… amor bidimensional, complemento funcional, manantial de vida.

Cuando las necesidades de la crianza cambian, también lo hacen sus protagonistas principales.

Por ello, des la concepción hasta el primer año de vida, la función maternal (bioenergética y biosocial) es imprescindible para la vida del bebé, de ahí su denominación de “primaria”. Al ir madurando, deja de serlo, cediendo así más protagonismo a la función paterna (psicosocial).

Así, el del padre es un papel secundario dentro de una jerarquía temporal que permite un proyecto sostenible, una crianza ecológica, algunas de cuyas señas de identidad son la colaboración, el apoyo, el respeto y el reconocimiento de las funciones de cada cual.

Durante la infancia: un intermediario vital

Cuando el niño tenga tres o cuatro años, durante los encuentros sociales en el parque o en los primeros días de escuela, el padre lo acompaña, modula la relación social, refuerza y reconoce su espacio, su capacidad de reivindicar sus necesidades y de compartirla con sus iguales.

Hace de puente, en suma, entre el espacio íntimo (pareja/familia) y el espacio social (grupos/escuelas). A esa edad, ante una caída, un golpe o una agresión, el pequeño busca la protección del padre; mientras que durante los primeros meses, el consuelo lo facilitaba el contacto con el cuerpo de la madre.

Por ello, un grito de alerta ante un peligro inmediato o un límite necesario es mejor recibido e interiorizado si proviene del padre.

Con el tiempo, el sistema familiar se mueve en una danza más circular. Los hijos van creciendo en ese ambiente de colaboración y compenetración que debería existir también en los espacios escolares y en otros ámbitos sociales, algo que permitiría un pasaje a la adolescencia más suave y el desarrollo de estructuras con todas las capacidades propias del ser humano.

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Todo lo que haría si tuviera un padre

No cabe duda de que nuestros límites caracteriales y la realidad social, laboral y cultural entorpecen esta perspectiva un tanto utópica. Pero es en la que debemos apoyarnos para poder realizar los cambios necesarios y sostenibles hasta alcanzar ese objetivo.

Las actitudes del nuevo padre

  • Estar presente e implicado. Contarle cuentos e historias al bebé con ternura mientras aún está en la barriga. Durante el parto, sujetar el cuerpo de su pareja, mirarla a los ojos, tomar sus manos, abrazar su cuerpo, recordarle que “ella puede”, que “está pariendo y queda poco”. Tomar al recién nacido y, cuando empiece a respirar por él mismo, cortar el cordón umbilical.
  • Acompañar a su hijo, mostrarle el “mundo” mientras la madre descansa y dormita. Contemplarlo seguro y tranquilo mientras tiene sus primeras experiencias sociales en los parques, acudiendo a su llamada cuando necesite sentirse protegido, abrazarlo y acompañarlo a los brazos de su madre. estar presente en los periodos de adaptación de su primera escuela y acudir a con-solarlo cuando tenga alguna pesadilla.
  • Cuidar a la pareja. Tratarla como núcleo del sistema familiar para que siga teniendo la energía necesaria para cumplir su función nutriente. mostrar la admiración y el orgullo que siente hacia su compañera por su función materna, sintiéndose junto a ella en ese proyecto común, donde el protagonista principal es el bebé y su proceso madurativo.
  • Perder la vergüenza. Reivindicar ante el resto de los hombres el hecho de ser un padre tierno, amoroso, humano, desterrando el rol machista y sexista y contribuyendo al desarrollo de un espacio familiar placentero de respeto, diálogo y cooperación, un medio abierto que pueda cubrir las necesidades madurativas de los hijos.

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