Nuevos modelos masculinos

El valor de ser padre

Jorge Bucay

Si los hombres siguen a su corazón en lugar de a los roles asignados, se transformarán en comprometidos protagonistas en su papel de ser padres.

Todos conocemos el concepto de “instinto maternal”, esa fuerza innata y pulsión vital de las hembras a parir hijos, cuidarlos, educarlos y alimentarlos. Una necesidad no aprendida que cumple una función de seguro para la continuidad de las especies, aunque entre los humanos promueva demasiadas veces un argumento que no deja acercar a los padres que quieren participar en pie de igualdad en los primeros tiempos de sus hijos.

Si, como se dice, “la diferencia entre tener un hijo y ser padres es la misma que existe entre la descendencia y la trascendencia”, es evidente que hombres y mujeres comparten sin lugar a dudas la misma necesidad de trascender.

Los niños educados en familias en las que ambos progenitores se involucran por igual en todos los aspectos tienen una mayor seguridad en sí mismos y son menos ansiosos.

A lo largo de mi vida, he aprendido –como médico, como psicoterapeuta, como educador, como padre y, especialmente, como hijo– la importancia de que los hombres no acepten papeles secundarios sino que se transformen en protagonistas de primera categoría, comprometidos, amorosos y compañeros de la mujer, capaces de asumir todas las tareas que les corresponden en la construcción y el sostén de la estructura.

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Una tarea que solo se puede asumir si permitimos que los hombres actúen siguiendo el llamamiento de su corazón y no condenándolos a ser los ejecutores sindicados de alguna verdad declarada como importante para el área intelectual de la pareja y su entorno. Padres que eduquen recordando aquello de que “lo esencial es –sigue siendo– invisible a los ojos”.

Reconocer la propia sensibilidad, olvidándonos de lo que es supuestamente masculino y femenino, nos permitirá ser unos padres amorosos.

Roles masculinos y paternidad

Muchos crecimos creyendo que solo teníamos tres roles como hombres: el de proveedor, el de protector y el de administrador de la disciplina.

Muchos padres tienen dos y hasta tres trabajos para que a sus hijos “no les falta nada”, sin darse cuenta de que tantas horas de trabajo implican menos tiempo y energía dedicados a ellos. Los padres a menudo piensan que es más importante proveer dinero para los pañales de los niños que tener tiempo de ayudar a cambiárselos.

Nuestra sociedad tiende a confundir el rol de padre con el de proveedor de dinero. Pero para ser un buen padre no hacen falta grandes cosas.

La mayoría de los hombres de mi generación engendramos hijos con la idea de que debemos mantener el control sobre todo lo que tocan y hacen, dado que somos responsables de todo lo que les pase, como un valiente y fuerte superhéroe.

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El papel del nuevo padre

No hacen falta grandes cosas para ser un buen padre. Bastaría con cuidar y producir esos pequeños momentos que engrandecen el vínculo: remontar una cometa, ir a pescar, leer juntos y, por qué no, ir juntos al fútbol con el hijo y con la hija.

Cualquier padre, incluso el que trabaja durante largas horas, puede tomarse unos pocos minutos para abrazar o besar a sus hijos y preguntarles cómo fue su día; y para hacerlo bien deberá renunciar a su papel de duro, deberá aceptar su sensibilidad, deberá reconocerse vulnerable y deberá olvidar aquel mítico mandato de que los hombres no lloran.

Rompiendo los límites de lo masculino y lo femenino

Nuestra cultura está demasiado organizada en torno a definiciones de lo que es masculino y lo que es femenino. De hecho, las palabras connotadas con más fuerza –poder, dinero, trabajo, deporte, ganar...– son palabras de género masculino. en cambio, aquellas que nos introducen en un universo más tierno, son palabras femeninas: ternura, compasión, suavidad, caricia, contención…

Ser padre hoy es romper con esos roles tan limitantes. Porque el mundo necesita apoyarse en familias basadas en relaciones más simétricas, involucrando por igual a ambos progenitores en todos los aspectos.

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"Hay que valorar más todo lo que tiene que ver con la maternidad"

Y hay algunas buenas señales: cada vez se ven más padres paseando bebés en los parques en horario laboral, hombres que participan de las reuniones escolares, hombres que se atreven a hablar de educación y de sentimientos, hombres que encuentran espacios con sus hijos, incluso sin una mamá que medie.

Hombres jugando; hombres cargando bebés que súbitamente se calman “solo en brazos de papá”; hombres que lloran de emoción y abrazan y se dejan abrazar; hombres pujando con sus mujeres en la sala de parto, viviendo la maravillosa experiencia de ser padre, justamente desde dentro.

Los niños educados en esta tesitura de paternidad compartida son, según las últimas observaciones, más seguros en la exploración del mundo, más curiosos y menos dubitativos: llegan mejor predispuestos a la escuela, tienen mayor tolerancia a la frustración, son menos ansiosos y confían más en sus propios recursos.

Ser padre no significa ser dominador, poderoso ni prepotente. No significa ser el garante de las normas –que, por supuesto, deben existir y ser elásticas– sino que conlleva la decisión y la acción congruente de ser el gran responsable de conseguir y defender el acuerdo entre los dos miembros de la pareja, con igual participación y con respeto mutuo, sobre todo en los desacuerdos.

A mi criterio, quizá porque así me lo enseñaron en casa, en esta labor de garantizar el trabajo de a dos, el hombre tiene una especial responsabilidad como pareja y como padre.

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