Entre el amor y el odio: la indiferencia

Del amor al odio hay un paso: lo verdaderamente opuesto a ambas emociones es la indiferencia, la ausencia de vínculo. Y tiene consecuencias en nuestra conducta.

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La indiferencia es un arma de doble filo: nos permite afrontar determinadas situaciones emocionales, pero si abusamos, bloquearemos nuestra capacidad de amar.

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A veces, los extremos se tocan. Se dice que entre el amor y el odio hay solo un paso.

¿Quién no conoce a dos personas que tras caerse mal en un principio llegaron a crear un buen matrimonio, o a una pareja profundamente enamorada que acabó en un divorcio turbulento?

Pero ¿qué pasaría si esa suposición no fuera correcta y lo que hubiera en el lado opuesto del amor no fuera el odio?

Lo opuesto al amor y el odio es la apatía

El psicólogo Rollo May defendía que lo opuesto al amor era la indiferencia. No un sentimiento de signo contrario, sino la ausencia de vinculación emocional.

En el caso de la pareja divorciada con brusquedad, la alternativa de la indiferencia parece preferible e incluso más "civilizada" que otras, pero generalizar entraña ciertos peligros.

Sobre todo cuando esta distancia sentimental es valorada socialmente como una opción positiva e incluso como una actitud educada y racional.

Cierto nivel de indiferencia tiene su razón de ser y es necesario. Con los medios de comunicación ocupados en captar público mediante la dramatización y la exposición de noticias catastróficas, si no fuéramos capaces de mantener cierta distancia emocional nos hundiríamos en un mar de preocupaciones.

Y vivir en primera persona todos los problemas que conocemos de los demás sería agobiante. El problema que cabe resolver es dónde ponemos el límite.

Los riesgos que entraña la insensibilidad

Un dicho esquimal afirma que la culpa es como el roce de un colmillo sobre la piel: primero te hace daño, luego rasga la piel y te hace sangrar; pero, si persiste, finalmente acaba formando una duricia que te insensibiliza al dolor.

También la indiferencia, si no se dosifica correctamente, ejerce un efecto similar: la utilizamos para inmunizarnos contra la adversidad, pero este endurecimiento no es selectivo, y acabamos alienándonos de nuestros sentimientos, limitando nuestra capacidad de amar.

El tan criticado pasotismo no es más que el primer peldaño en esa incapacidad para emocionarnos con lo que les pasa a otros.

Y esa insensibilidad, bien desarrollada, está en la base de la peor violencia: para que sea posible un genocidio primero se ha de despojar a un grupo de personas de su cualidad humana; solo desde la negación de relación sentimental se pueden cometer ciertas atrocidades.

Y lo mismo podría plantearse en cuestiones como la ecología: si la tierra no está viva, si las plantas o los animales son seres de segunda, entonces puede hacerse con ellos lo que se nos antoje.

La trampa del sentimentalismo

Aún hay otro problema asociado: a veces no sólo se propone la indiferencia como valor, sino que como alternativa a los sentimientos genuinos se promociona el sentimentalismo.

Se busca, y se consigue, que cada vez más personas se sientan más vinculadas a los protagonistas de las teleseries que a la gente real que les rodea; que lloren por un drama cinematográfico ajenos a los problemas del vecino; que, ya de niños, esperen el momento de salir de clase para enchufar la consola y ser los héroes de un videojuego en vez de para jugar con los amigos.

Cultivar la indiferencia puede llegar pronto a ser una amenaza peligrosa, en la medida en que no se le da la importancia que tiene.

Reflexionar de vez en cuando sobre la propia vida es un primer paso; después, intentar ver a la persona que hay detrás de cada rostro, dedicarnos un poco más a la familia, quedar para compartir actividades más a menudo con nuestros amigos, prestar más atención a los que nos rodean y descubrir que, en un mundo en el que todo cambia, las personas que amamos y nos aman es lo único que permanece.

Y no sentirnos demasiado culpables si un día sentimos un poco de rencor. Siempre está a un paso del amor ... aunque a veces ese paso no pasotismo no es se dé nunca.

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