Escuelas sanas

Escuelas sanas: los niños necesitan movimiento y tiempo libre

Cristina Romero

Los niños necesitan una escuela que les permita desarrollarse de forma saludable y que no se enfoque solo en lograr que sean personas "exitosas" laboralmente.

Como el mundo adulto va deprisa y nosotros ya nos hemos acostumbrado a ello, no entendemos que los niños se tomen todo el tiempo para mirar una hormiga o para tirar piedras a un charco.

Probablemente nos hemos olvidado del incalculable precio de esos valiosos instantes en los que simplemente estábamos viviendo, plenamente presentes, sin más.

Sin darnos cuenta, apresuramos a nuestros hijos o alumnos para que entren dentro de la misma imparable rueda de la prisa en la que nosotros ya estamos inmersos.

Recuperar el tiempo de la infancia

Paradójicamente, la neurociencia y el mindfulness nos invitan a los adultos a hacer justo todo lo contrario: a dejar de correr por la vida en busca de un supuesto Dorado, a volver a saborear cada instante presente como lo realmente valioso, a valorar lo pequeño, lo invisible, aquello que no estaba dentro de ningún objetivo o meta, a ese no hacer nada.

Nos sugieren entregarnos a “perder el tiempo” en el que se alargan nuestras raíces y nuestras alas –al que nos llena y nos renueva verdaderamente–, a ese estar juntos por el simple placer de estarlo sin necesidad de hacer nada en particular, a ese estar en contacto estrecho con la naturaleza que generosamente nos revitaliza cuando acudimos a ella con las manos vacías.

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Los niños no necesitan acudir a ningún retiro para aprender a exprimir la vida. Vienen con esa capacidad de serie. Sin embargo, en lugar de aprender de ellos como nuestros grandes maestros que son, nos empeñamos en desviarles de su conexión natural con el cuerpo y con la vida.

Tenemos mucho que aprender de ellos, antes de que la prisa y la presión adultas los vuelvan tan perdidos como a nosotros.

¿Nos ha estropeado la escuela?

De pequeños nos roban la infancia a cambio de la promesa de un supuesto futuro laboral mejor, pero de adultos no nos acaban saliendo las cuentas.

¿Realmente valieron de algo todas aquellas horas y días que dedicamos a hacer con nuestro cuerpo lo que la escuela nos dijo?

¿Y si en lugar de eso nos hubiéramos podido ocupar de nuestros asuntos a nuestro ritmo? ¿Dónde estaríamos ahora? ¿Seguiríamos corriendo por la vida con la lengua afuera como ahora? No lo sabemos.

Lo que sí sabemos es que hemos aprendido a darle la espalda a la naturaleza que nos rodea y también a la que somos. Lo que sabemos es que, aunque el día sigue teniendo 24 horas, andamos muy pobres de tiempo libre. Tenemos muy poco tiempo disponible para nosotros, desde que siendo niños nos obligaron a renunciar a él.

Pero, ¿y si la escuela se decidiera a convertirse en una especie de reserva de nuestra naturaleza? ¿Y si fuera un lugar privilegiado donde poder crecer y vivir más despacio, más en sintonía con nuestros ritmos?

¿Cómo sería una escuela sana?

Si la escuela estuviera en sintonía con el respeto a nuestros cuerpos y a sus necesidades verdaderas, sería como un territorio sagrado donde devolveríamos a cada niño su tiempo libre. Sería un lugar donde se quedarían fuera, en la puerta, las prisas. En definitiva, sería un lugar donde poder crecer a fuego lento.

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Y eso es importante porque no sabemos qué necesitarán los niños de hoy en el futuro, pero lo que sí sabemos es que será vital para ellos haber podido vivir una infancia plena. Así es. El mundo cambia a gran velocidad y los adultos del presente, igual que los adultos que nos acompañaron en su día, tenemos muy poca idea real de lo que van a necesitar los niños de hoy cuando sean los adultos del mañana. La única certeza que nos queda es que más nos vale no apagar sus ganas de aprender y de actualizarse creativamente.

Los niños necesitan una escuela enfocada en contribuir al desarrollo de un individuo sano y no solamente de un individuo productivo o exitoso socialmente.

La escuela necesita ser un lugar que permita la escucha a las propias necesidades del niño, un lugar que les ayude a vivir lo más plenamente posible. A vivir tal como su naturaleza le está pidiendo a gritos.

Hacer que los niños estén sentados durante horas no es sano

No tiene sentido que solo porque nosotros seamos adultos, que vivimos casi el 100% en nuestra cabeza, pretendamos que los niños dejen de ser sus cuerpos durante ciertas horas en la escuela, tal y como ya hemos dramáticamente aprendido a hacer nosotros. No podemos esperar que solo puedan volver a estar completos cuando están en la clase de educación física o durante el recreo.

Es una emergencia que los niños recuperen cierta libertad de movimiento. Los nuevos estudios científicos nos alertan de que no estamos diseñados para ser sedentarios. Pasarse el día sentado entorpece los trabajos de digestión, nos lleva a sufrir enfermedades del corazón, diabetes, obesidad e incluso nos predispone a desarrollar células cancerígenas. La sangre y nuestras células nerviosas dependen de nuestro movimiento para circular adecuadamente.

Todos, adultos y niños, necesitamos movernos si queremos conservar la salud. Y al parecer, según la ciencia, lo que el cuerpo necesita es moverse cada poco tiempo. Estamos diseñados para ello. ¿Y acaso no es justo movimiento lo que quieren-piden-hacen los niños?

Lo que el sabio cuerpo de un niño reclama no es hacer ejercicio solo durante la media hora del recreo o durante la clase semanal de educación física. No. Lo que reclama para no enfermar es no quedarse paralizado durante largas horas. Lo que quieren los niños es mantenerse activos. Saludables. Y lo quieren porque saben escuchar a su cuerpo.

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Pero los adultos en la escuela queremos hacer que lo olviden, como a su vez otros adultos hicieron con el niño que fuimos. Los adultos ya no sentimos ese reclamo en nuestras propias carnes. Vivimos en cuerpos congelados o puestos en “pausa” durante casi todo el día. Nosotros hemos olvidado que somos nuestro cuerpo y que al escucharlo ganamos mucha sabiduría y mucho bienestar. Mucha más vida. Pero más grave aún es que también estamos favoreciendo la desconexión con el cuerpo en las siguientes generaciones.

Recuperar la conexión corporal

Recapacitemos: ¿qué favorecemos en la escuela? ¿La desconexión o la escucha a las necesidades básicas? ¿La autorregulación y el hacernos cargo de nuestra salud o el delegarla en otros?

No tiene sentido que los niños al llegar a la edad adulta necesiten aprender consciencia corporal, quizás tras una enfermedad o una crisis de ansiedad. Los niños llegan a este mundo con esa sabiduría de lo corporal y es el adiestramiento adulto el que nos hace renunciar a ella.

Un excesivo control del ritmo orgánico y natural, y de las decisiones de los niños que acompañamos, tiene serias implicaciones en su bienestar más profundo.

La escuela necesita mayor humildad para con la infancia y aprender más de ella, para transformarse así en un lugar que favorezca su bienestar en todos los niveles, convirtiéndose en un espacio-tiempo para la reconexión con aquellas actividades y situaciones que favorecen la vitalidad, el equilibrio y el bienestar.

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