Razones para festejar

Las fiestas o cómo celebrar la vida en momentos difíciles

Cada fiesta nos recuerda que la vida merece ser celebrada. Incluso o especialmente en los momentos difíciles, las celebraciones nos sanan.

Pablo Saz
Dr. Pablo Saz

Médico naturista. Investigador en la Universidad de Zaragoza

¿Cuál es el significado profundo de la Navidad? Las palabras clave de la Navidad son luz, paz y familia. El sol parece renacer invirtiendo su descenso en el horizonte y con él llega a la Tierra un ser que trae una nueva luz. Algo cambia en la naturaleza. Deseamos ser más cálidos con quienes nos rodean y encaramos el año con buenos propósitos, lo que parece una expresión de la naturaleza benéfica de estos días.

Probablemente, como escribió Daniel Bonet, no es que sea una época especial por ser fiesta, sino que es fiesta porque es especial. Por ello, incluso en los peores momentos, celebrar puede ayudarnos a sanar las emociones.

Fiestas "inoportunas": resurgir tras la desgracia

Toda fiesta es un resurgimiento de la vida, un contrapunto a la muerte y una renovación de uno para darse al otro y a la vida.

A veces he pensado que la fiesta es una excepción a la regla, a lo ordenado de la vida social, pero otras muchas creo que gracias a la fiesta se mantiene ese orden. Durante horas o días prevalece la generosidad y la ausencia de cálculo. Luego toca limpiar ese espacio y aguardar al año próximo...

La fiesta no es solo para los momentos alegres: también evoca e incluso celebra las catástrofes, y muchas veces ayuda a superar las muertes y las desgracias, a vencer las adversidades, recuperar la fuerza vital o sobrevivir cuando todo se ha perdido.

La capacidad de sobreponerse a la adversidad, que hoy llamamos resiliencia, está en el fondo de cada uno de nosotros pero también en el corazón de cada sociedad y de sus fiestas.

Cuando Zorba el Griego ve arruinado su negocio minero en Creta, tras años de trabajo, arranca a bailar con frenesí. "El hombre necesita estar un poco loco –nos dice–, porque, si no, nunca se atreve a cortar la cuerda y ser libre". Quienes vivieron el carnaval de Nueva Orleans en el 2006, medio año después de que el huracán Katrina hubiese asolado la ciudad, quizá sintieron todo esto en carne propia.

A pesar de los agoreros, las malas noticias, las anunciadas crisis, seguimos teniendo sensibilidad para captar el lado festivo de la vida. El agradecimiento y las ceremonias nos dan claridad para entender y fuerzas para seguir adelante.

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Incluso cuando las llamadas grandes fiestas no nos motivan porque estamos en una situación de riesgo, siempre quedan los rituales personales o de un pequeño grupo.

Es posible celebrar cada mañana que estamos despiertos, que respiramos hondo y profundo, que podemos reconocer cada órgano del cuerpo, que disfrutamos de cada bocado de comida que tenemos para hoy, del aire y del sol, de los sonidos que percibimos y los colores que nos inundan.

Y si lo percibido por los sentidos no es agradable, podemos imaginarnos un entorno mejor y proceder como si fuera real. Nada nos impide conversar con quien está a nuestro lado ni realizar una tarea con primor.

Cada día tenemos la ocasión de recuperar nuestra mejor postura y mejor sonrisa o carcajada, pues, como dice el Bhagavad Gita: "No llores por los vivos, no llores por los muertos, ni yo ni tú ni nadie de estos dejó de existir nunca, ni de aquí en adelante. ¡Todo lo que vive, vive siempre!".

Con ello os invito y me invito a celebrar siempre la fiesta desde la distracción y la concentración, desde la toma de contacto con la realidad, para disfrutar de la vida en todo momento y lugar.

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Cuando la fiesta no parece especial

No recuerdo cuándo ni dónde, pero es seguro que en algún momento he perdido el sentido de mi fiesta.

Siento que tengo que celebrar algo, pero también que esta no es mi fiesta. Se cantan canciones que no son mis canciones y mi cuerpo se queda mudo y parado.

Hace tiempo que quizá no celebro las fiestas, me he quedado como en una época de luto, en la que han desaparecido los colores de la vida o donde solo destacan el blanco y el negro que sostienen la tristeza, donde se me ha ido olvidando la música que cantaba, los bailes y los compases que me movían. Pero quizás el mirar desde esta perspectiva me ha hecho ver con otra claridad la importancia de la fiesta.

También, entender el luto que se establece cuando una persona, familia, tribu o pueblo han perdido la vida, las ilusiones, las canciones y los bailes de sus fiestas, y vagan en busca de las ilusiones, el sentido, el centro de su vida, el ritmo, la melodía, la fuerza que vuelva a dar sentido a la existencia, intentando encontrar ese momento y lugar donde convergen la entrega, la locura, la risa, el saber disfrutar de cada momento de la vida.

Me pregunto: en este mundo de tantos sonidos, ¿quién canta mis canciones, quién sabe acompañar los ritmos de mi baile, quién disfruta en mi fiesta y yo en la suya, dónde está mi sitio, mi misión y mi destino?

Son necesarios la fiesta y el descanso para encontrarse o para perderse, o para lo uno y lo otro. La fiesta es necesaria para recordar la vida y también para recordar la muerte, como en la danza del dios Shiva, que destruye y construye, que mata y da vida al mismo tiempo.

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Recuperar la ilusión por la fiesta: empecemos por la música

¿Por qué no bailar en casa estas fiestas, aunque sea en petit comité? El neurólogo Oliver Sacks afirma que "La música es el medicamento no químico más profundo". Creo que tiene razón. La música nos acerca a un estado de euforia, aumenta nuestra empatía, comprendemos mucho mejor al otro y comunicamos mejor las emociones. Con ella se pone a trabajar todo el cerebro.

Los beneficios de bailar

Con el baile se recupera no solo la gracia del movimiento sino la salud del alma y del cuerpo. Mediante una sencilla danza podemos sentir un gran bienestar. Y bailar en grupo suele potenciar aún más sus efectos:

  • Pasarlo bien y disfrutar físicamente. El goce de bailar está por encima del dolor que pueda experimentarse.
  • Modificar la conciencia, acceder a estados de conciencia que nos abren nuevas puertas para observar nuestra forma de percibir la realidad y desenvolvernos en la vida.
  • Conocer el ritmo. Gracias sobre todo a entender el ritmo y saber medir el tiempo podemos planificar un calendario y realizar programas o tomar decisiones importantes que ayudan a sobrevivir. También aprendemos a distinguir entre las diversas etapas que atraviesa un proyecto o una relación.
  • Recordar el pasado, conservar la memoria de lo que ocurrió, contarlo con la letra. También recordar emociones pasadas. Todo eso puede acudir a la mente mientras se baila.
  • Vivir el presente. Puesto que el baile exige una respuesta y una compenetración instantánea con la música de ese instante. Implica un diálogo entre el cuerpo y el sonido.
  • Preservar lo que tiene utilidad para la supervivencia del individuo y de la especie, conservar y transmitir los genes, la vida. Muchos somos la consecuencia de una fiesta; en ella se conocieron nuestros padres y de ella partió la relación que dio sus frutos.

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Conectar con el paso del tiempo

La fiesta destila las filosofías y la ciencia de muchos países y quizá incluso las origina. La fiesta no se celebra porque sí, ni en cualquier sitio: hay que señalar el día y el momento. Para ello se observó el tiempo y los astros.

El calendario, ese papel que cuelga en muchas paredes marcando las fiestas, es fruto de la observación del sol y la naturaleza durante muchas estaciones. Indica el tiempo para la siembra y para la cosecha, el periodo de laborar y el de festejar. Anuncia los cambios de estaciones y la época de lluvias.

También, al destacar ciertos días, recuerda que estos no son como los demás. A través de ellos se accede una dimensión casi atemporal de la existencia. Son jornadas revestidas de un poder especial. En ellas se reflexiona sobre cuestiones que dan sentido a la vida, que recuerdan los orígenes, la trayectoria seguida y lo que nos aporta fuerza y bienestar.

El aspecto espiritual también forma parte intrínseca de la fiesta y para su conmemoración religiosa se construyeron templos, sinagogas, catedrales, mezquitas... lugares de culto que señalaban el lugar y el momento de la fiesta, ensalzando asimismo el significado espiritual de la fiesta, que nos sitúa ante el extenso universo de cambios cíclicos.

Se nos lanza entonces la importante pregunta: ¿qué hacemos nosotros en este mundo? Y llega la respuesta: aceptarlo y pasarlo bien... para empezar, durante la fiesta.

Es fácil entender desde lo más profundo que para pasarlo bien dependemos de los demás. Nuestro bienestar está interrelacionado. La gratitud y la apertura a los demás son un denominador común en estas celebraciones.

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