Conectar con el sufrimiento

El dolor nos hace humanos

Jesús García Blanca

Todos sentimos diversos tipos de dolor a lo largo de nuestra existencia, y por eso podemos comprender el sufrimiento ajeno. Esa empatía nos conecta con los demás e impulsa actos de afecto y solidaridad.

El dolor es una experiencia indefinible.

Más allá de parámetros fisiopatológicos, de neurotransmisores, nociceptores, sustancias algógenas y demás terminología académica, el territorio del dolor es absolutamente personal e intransferible: solo podemos hacernos una idea de lo que sufre otra persona porque recordamos nuestra propia experiencia de sufrimiento.

Precisamente, ese carácter subjetivo que hace que el dolor sea incomunicable como experiencia nos muestra hasta qué punto forma parte indisoluble de lo vivo: no podemos vivir sin dolor porque vivir implica, ante todo, sentir, es decir, comunicarnos sensiblemente con lo que nos rodea.

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Podríamos, entonces, plantearlo de otro modo: ¿es posible sentir solo aquello que consideramos placentero?

¿Es posible escoger a la carta aquello que queremos sentir –felicidad, calor, diversión...– y evitarnos los sentimientos desagradables, penosos, dolorosos? Lo que sabemos del animal humano nos dice que no.

El precio a pagar por bloquear las emociones negativas, amargas o displacenteras es bloquear todas las emociones, porque todas recorren un mismo camino, un itinerario complejo del que únicamente conocemos una pequeña parte, la que es más visible, la que podemos controlar físicamente y describir a nivel fisiológico y bioquímico.

Es cierto que podemos intervenir a esos niveles mediante fármacos o electroterapia, y que esa intervención puede ser providencial cuando el dolor sobrepasa ciertos límites. Pero no podemos olvidar que si cortamos todos los caminos, si cerramos las puertas que nos conectan con el mundo, las emociones dejarán de fluir.

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La función vital del dolor

Existen al menos tres razones por las que el dolor –siempre que se mantenga dentro de unos límites soportables– no solo es inseparable de la vida, sino que cumple importantes funciones para su sostenimiento.

  • En primer lugar, el dolor forma parte de los mecanismos de protección y curación: es una señal de alarma física que nos ayuda a prevenir o a localizar accidentes y dolencias, y que incluso puede señalarnos –si aprendemos a descifrar su lenguaje– trastornos más profundos.

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  • En segundo lugar, los sentimientos son como tormentas que nos sacuden y en las que se entremezclan sensaciones de toda clase, incluso opuestas. Y en ese vendaval, en esas sacudidas emocionales, son precisamente las dualidades las que nos permiten distinguir luz en la oscuridad, fuerza en la debilidad, acción en la pasividad, placer frente al dolor. Esta visión dual, que el taoísmo sintetiza en los conceptos ying y yang como fuerzas opuestas y complementarias, nos enseña que cada cosa necesita a su contrario para existir y que los opuestos son, a la vez, interdependientes, ya que cada cual contiene la semilla del otro.
  • En tercer lugar, existe un dolor más sutil, globalmente más importante, que podríamos denominar dolor social: es una emoción que nos conecta con los otros, nos ayuda a sentir el sufrimiento de los demás y se comporta como una alarma social que nos alerta de injusticias, del sufrimiento colectivo, de peligros para la comunidad, de catástrofes para la humanidad.

Compartir el dolor ajeno ya es una forma de aliviar al otro. Pero, además, esa empatía nos impulsa a ayudar, a cooperar, a participar en causas colectivas y luchas sociales.

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¿Justicia o equidad?

En un mundo lleno de desequilibrios e injusticias, puede resultar tentador anestesiarse contra ese dolor social. Significativamente, a esa actitud la llamamos indolencia, queriendo significar que a esas personas no les duele la comunidad.

El dolor forma parte, pues, de los lazos emocionales que nos hacen conscientes de nuestra imbricación en la red de la vida y le confiere un significado más profundo.

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