Levantemos la voz

Abusos sexuales en la infancia: un pacto de silencio

Mireia Darder

Al dolor de ser forzado, habitualmente por alguien de confianza y en una absoluta indefensión, se une el de mantener el secreto. Las heridas emocional pueden permanecer abiertas de por vida.

Hace muchos años que en mi consulta se van acumulando un caso y otro caso de víctimas de abusos sexuales en la infancia. Al principio pensaba que era una cuestión de casualidad, pero, ¿y si lo que ocurre es que los abusos son más habituales de lo que creemos? Las estadísticas así lo reiteran y cada vez salen más a la luz.

Los casos de abusos son terribles de escuchar. Después de tantos casos tratados, me decidí a escribir La sociedad del abuso (Ed. Rigden Institut Gestalt), donde recojo algunos de sus escalofriantes testimonios.

Aún se me saltan las lágrimas ante la crudeza, lo aberrante y el gran dolor vivido por estas personas; y aún más ante la enorme dificultad y resistencias que, tanto por parte de las mismas víctimas –que una vez aceptaron participar en el libro se echan atrás– como por parte de la sociedad, existen para poner luz a este fenómeno. Nunca jamás hubiera pensado que requiriera tanto esfuerzo e implicase tanto desgaste emocional.

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El pacto de silencio del que todos participamos

Las mismas víctimas de abusos bloquean una y otra vez la posibilidad de mostrar lo que han sufrido y prefieren mantener su dolor en la oscuridad, en parte incapaces de romper el pacto de silencio que han mantenido durante años para proteger a su familia –en muchos casos donde están los mismos abusadores– y a sí mismas.

No las culpo. Ellas y ellos son víctimas también de la negación que hace nuestra sociedad de los abusos, ya que también forman parte de nuestra cultura. Saben que si son reconocidas quedarán estigmatizadas, nadie las creerá o pensarán que están locas. De ahí, en buena medida, la dificultad de erradicar los abusos en nuestra sociedad.

El pacto de silencio es una de las armas más importantes que utilizan los abusadores para perpetuar sus actos impunemente.

Además, no son pocos los casos en los que los mismos miembros de la familia (madres, padres, abuelos, tíos...) miran para otro lado cuando su hija o su hijo, su sobrina o sobrino, su nieto o nieta sufren abusos. Hay preguntas que persiguen a la mayoría de las víctimas: “¿Por qué no me defendiste? ¿Por qué no me cuidaste?”. Esto muestra el desamparo y la soledad en la que se encontraron estos niños y niñas.

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La histórica impunidad legal frente al incesto

  • En la Antigua Grecia, donde se inician los fundamentos de nuestra sociedad actual, los hombres mayores utilizaban a los jóvenes como objetos sexuales sin estar sujetos a ningún castigo.
  • También la Ley de patria potestad romana –no olvidemos que nuestras leyes se han basado en el Derecho Romano– daba derecho al padre a vender como esclavos a sus hijos, a matarlos e incluso a devorarlos. Asimismo, el infanticidio era una práctica legal en la Antigua Roma.
  • No fue hasta el cristianismo que se empezó a ver al menor como un ser puro e inocente.
  • Sin embargo, incluso en pleno siglo XVIII existía la creencia popular de que tener sexo con menores curaba enfermedades venéreas, según recoge el estudio Abuso sexual infantil. Cuestiones relevantes para su tratamiento en la justicia, de Unicef Uruguay, la Fiscalía General de la Nación y el Centro de Estudios Judiciales del Uruguay.
  • Hasta 1908 no se criminalizó por primera vez el incesto; ocurrió en Gran Bretaña.

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Mirar hacia otro lado, aun cuando los datos hablan

  • En 1962, el pediatra C. Henry Kempe describió el síndrome del niño o niña apaleado, lo que permitió a la comunidad médica identificar los síntomas de los abusos en los niños.
  • Freud, en sus investigaciones de finales del siglo XIX, se atrevió a señalar que las pacientes histéricas habían enfermado como consecuencia de los ataques sexuales recibidos por parte de los adultos que las cuidaban. Más tarde, sucumbió a la creencia de la mayoría de los médicos de su época; que entre el 60% y el 80% de los abusos sexuales eran una invención de la víctima; y rectificó sus afirmaciones. Sin embargo, a principios del siglo XX, ante el temor de que las clases acomodadas que atendía abandonaran su consulta, dijo que la histeria era consecuencia de las fantasías sexuales de sus pacientes, y no de abusos sexuales reales por parte de miembros de su familia.
  • También escandalizó a la sociedad la revelación del Informe Kinsey sobre sexualidad humana publicado en 1953. En este documento se aportaba un alarmante dato: una cuarta parte de las mujeres habían sido víctimas de abusos sexuales en la infancia. Sin embargo, lo que obtuvo mayor repercusión de este informe fueron las referencias a los contactos sexuales prematrimoniales y extramatrimoniales de los encuestados. Tanto el mismo autor del estudio como la sociedad volvieron a menospreciar el tema de los abusos. Silencio y más silencio.

¿Por qué negamos los abusos sexuales?

¿Por qué no queremos reconocer que existieron y existen en muchos hogares y colegios?

En primer lugar el sistema se autodefiende para evitar cambiar: quien tiene el poder no quiere perderlo ni asumir la culpa o el castigo. Para lograrlo, culpabiliza o desacredita a las personas abusadas tildándolas de enfermas o patologizándolas para no tener que reconocer que el poder en nuestra sociedad está basado en el uso de la violencia y el abuso del grande al pequeño. Podríamos establecer relaciones de otro tipo en las que no hubiera violencia, reinaran la igualdad y el respeto, pero ni el sistema patriarcal ni el capitalista las contemplan.

Silenciar los abusos y negarlos es la manera más eficaz que ha encontrado el sistema de perpetuar su funcionamiento y sus reglas, que establecen la superioridad del hombre sobre la mujer y los menores.

Se añade, además, que todo ello acontece en una sociedad en la cual la sexualidad es tabú, se reprime, no tiene espacio en la vida cotidiana ni es una práctica abierta. Del mismo modo, tampoco lo es el placer sexual que se mantiene en la oscuridad, nunca se habla de él y se reserva para “la noche”.

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¿Qué pasaría si los abusos dejaran de ser invisibles?

Por mucho que nos empeñemos en negarlo, el sexo es consustancial al ser humano. No en vano, la industria del sexo recauda anualmente en todo el mundo entre 57.000 y 100.000 dólares, tal como señalan Christopher Ryan y Cacilda Jethà, autores del libro El principio era el sexo: los orígenes de la sexualidad moderna. Cómo nos emparejamos y por qué nos separamos (Editorial Paidós Ibérica).

Y si la pornografía que sigue siendo clandestina también registra este enorme volumen de prácticas sexuales, ¿cómo podemos continuar manteniendo que la sexualidad no es importante para el ser humano?

En esta restricción de la sexualidad que principalmente se reconoce en el seno del matrimonio, es muy fácil que las otras pulsiones sexuales no permitidas hagan explosión en forma de abuso.

A menudo me cuestiono lo siguiente: si el sistema reconociera los abusos sexuales en la infancia, los persiguiera y castigara, ¿no se pondría en peligro el funcionamiento del sistema actual? Y también me pregunto: ¿no se cuestionaría también con ello la preponderancia masculina propia de nuestra sociedad? Reflexionemos.

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