Curar las heridas de la infancia

¿Eres igual que tus padres? Reconcíliate con el pasado, rompe el bucle

Mireia Simó

Para responsabilizarnos de nuestros actos cuando somos adultos es imprescindible revisar y poner palabras a nuestras experiencias infantiles, aceptarlas y perdonar si es necesario.

Con frecuencia, lamentamos no haber tenido una infancia más feliz, quizá porque todos guardamos alguna experiencia más o menos dolorosa como parte de nuestra historia.

Tal vez fue la enfermedad o el fallecimiento de una persona importante, alguna situación familiar difícil, una falta de afecto y atención, o puede que lo que nos hubiera gustado cambiar fuera los conflictos que tenían nuestros padres. Es posible que las experiencias de malestar tengan que ver con la falta de amor incondicional, con el hecho de haber vivido en una familia donde el amor dependía de los hechos y los éxitos conseguidos, o puede que tengan que ver con no habernos sentido vistos ni tenidos en cuenta.

Sea como fuere, es nuestra historia, y nuestros padres, a su vez, también tienen la suya.

Comprender que nos aportaron lo mejor que tenían y aceptar que hicieron las cosas lo mejor que supieron y pudieron nos puede ayudar a reconciliarnos con nuestra infancia. Este es el requisito para crecer completos y relacionarnos con los demás de una forma equilibrada. Especialmente con nuestros hijos, seremos más sensibles a sus necesidades y no solo a las nuestras.

La eterna maldición: ¿es posible no ser como nuestros padres al tener hijos?

Más allá de este ejercicio de comprensión, los actos de nuestros padres nos acompañan durante años. ¿Cuántas veces hemos oído la frase “no quiero que mi hijo tenga una infancia como la mía”? Sin embargo, a pesar de esta intención, sin darnos cuenta caemos en los comportamientos y modos de relación que queríamos evitar. Y es que las experiencias no resueltas de nuestra infancia influyen a la hora de relacionarnos con nuestros hijos.

Queremos actuar de un modo distinto, pero muchas veces repetimos los errores que cometieron nuestros padres.

Reencontrarnos con las heridas del pasado y afrontarlas, en vez de ignorarlas, nos va a permitir ejercer el rol de padres y madres con libertad, eligiendo cómo queremos actuar y relacionarnos con nuestros hijos. De este modo, les facilitamos a ellos la construcción de un sentido interno de seguridad, que se convertirá en los cimientos sobre los que crecer y desarrollarse de manera saludable.

Evidencia neurocientífica: la importancia del apego

Las primeras vivencias dejan una enorme huella, modificando incluso el cerebro infantil. Las últimas investigaciones en neurociencia nos han confirmado que nacemos solo con una cuarta parte del cerebro desarrollado. Las otras tres evolucionan durante los primeros años, y las experiencias vinculares y afectivas son fundamentales para la conexión neuronal y la maduración cerebral.

  • El pediatra y psicoanalista infantil Donald Winnicott utilizó la expresión “madre suficientemente buena” para referirse a las cualidades afectivas que debería tener la persona encargada del cuidado principal de un bebé para poder facilitarle un desarrollo pleno. La más importante de ellas era estar atenta a las necesidades del bebé y no confundirlas con las propias.
  • Por otra parte, el médico y psicoanalista John Bowlby, creador de la teoría del apego, concluyó que existe una relación causal entre las experiencias de una persona con las figuras significativas de su vida y su posterior capacidad para establecer vínculos afectivos.
  • También cabe destacar la aportación de Mary Main, autora de la entrevista de apego adulto (Adult Attachment Interview), que definió a las personas con un apego seguro autónomo como aquellas que integran coherentemente sus recuerdos en una narración con sentido.

De la teoría a la vivencia: ¿cómo marcan estos vínculos en la edad adulta?

Recuerdo la historia de Patricia, una paciente con la que trabajé hace un tiempo. En una de las sesiones me comentó que estaba preocupada porque no entendía lo que le estaba sucediendo con su amiga Luisa. Se conocían desde hacía muchos años y con el tiempo habían ido creando un vínculo profundo de amistad, pero hacía un año que Luisa se había enamorado y había iniciado una nueva relación de pareja, hecho que coincidió con un cambio de trabajo, así que durante unos meses estuvo tan entregada a sus nuevos proyectos vitales que se mantuvo alejada de sus amigos.

Patricia la había telefoneado en varias ocasiones, pero Luisa no le había prestado la atención y el tiempo que ella necesitaba. Luisa se puso al final en contacto con ella, pero Patricia no era capaz de cogerle el teléfono ni contestarle los correos electrónicos. Se sentía profundamente herida, se había sentido abandonada y no podía perdonárselo.

Necesitó un tiempo para darse cuenta de que el vínculo de amistad con Luisa no había cambiado, de que, en realidad, la experiencia de sentirse abandonada estaba relacionada con una herida de la infancia. Por eso, aunque entendiera sus motivos, la falta de disponibilidad de su amiga la había afectado tanto. El impacto que le supuso esa situación no tenía nada que ver con lo que hacía su amiga sino con su herida no resuelta.

Las heridas que siguen abiertas a pesar del tiempo acaban siendo una barrera que limita nuestras relaciones.

Un episodio de su infancia había marcado a Patricia profundamente. Cuando tenía cinco años, su madre falleció tras una enfermedad de la que ella no sabía nada; nadie la había avisado con el tiempo suficiente para poder despedirse. Creció enfadada, desconfiada y con un padre más ocupado en resolver su propio duelo que en atenderla.

Patricia nunca sabía con lo que se iba a encontrar al relacionarse con él, así que se fue haciendo adulta convencida de que ella era la responsable de los conflictos que tenían, de que nunca hacía las cosas bien. Necesitaba constantemente la aprobación de los demás y frecuentemente se sentía incomprendida.

Un día conoció a su pareja y, después de un tiempo juntos, decidieron tener un hijo. A los pocos meses, Patricia se dio cuenta de que no podía soportar la idea de dejarlo al cuidado de otras personas. No quería que creciera con la sensación de abandono que ella tenía. Si se veía obligada a separarse de él, se sentía tremendamente culpable.

La transmisión intergeneracional de las heridas

El problema se acentuó cuando su hijo fue creciendo y empezó a necesitar cierta independencia. Cada vez que le pedía ir a jugar a casa de un amigo, ella sufría. Los conflictos empezaron a ser continuos y Patricia se volvió cada día más controladora. La dependencia que había establecido le generaba una gran ansiedad.

En ocasiones se sentía desbordada, amenazaba a su hijo con no atenderlo y se retiraba de la relación, comportándose igual que su padre cuando ella era niña. El hijo respondía a esas exigencias alejándose cada vez más, confirmando la fantasía de su madre.

Patricia sabía que tenía que buscar una solución, pero no se dio cuenta de lo que le estaba ocurriendo hasta que tuvo ese desencuentro con su amiga. La experiencia no resuelta de haberse sentido abandonada en su infancia le estaba impidiendo abrirse de nuevo a la relación con Luisa. Y esa misma experiencia era la que le impedía sentirse confiada con su hijo y ser consistente y afectivamente cercana.

Verbalizar y compartir el dolor nos permite perdonar y valorar todo lo bueno que hemos conseguido.

Durante toda su juventud había querido olvidar su infancia, llena de tristeza, soledad y rabia. En cuanto pudo hablar de aquellos momentos dolorosos, empezó a entender el significado y el impacto que habían tenido en su vida.

¿Por dónde empezar a sanarse?

Lo primero que hizo fue aceptar cómo fueron sus primeros años. Y en ese proceso llegó a empatizar con su padre y perdonarlo.

Pudo también valorar todos los aspectos positivos que había desarrollado gracias a su historia. Se dio cuenta de que era una excelente cuidadora y que había desarrollado una habilidad extraordinaria para estar atenta a los gustos de quienes la rodeaban. Sabía escuchar y era capaz de tener en cuenta a los demás. Hasta ese momento no se había detenido a reconocer estas cualidades, de las que ahora se sentía orgullosa. Pudo agradecer entonces a la vida haber tenido la oportunidad de convertirse en la persona que era.

Después de este proceso de reconciliación con su infancia, pudo acercarse de nuevo a su amiga y comprobar que el vínculo de amistad estaba intacto. A raíz de esto, empezó a relacionarse con su hijo de otra manera. Aprendió a confiar, a transmitirle seguridad, a ser más sensible a sus necesidades y a actuar teniéndolo en cuenta y no desde sus heridas.

Expresar y compartir las vivencias dolorosas es un primer paso para poder aceptar nuestra historia. Eso nos permitirá perdonar, reconciliarnos y valorar los aspectos positivos que hemos podido desarrollar gracias a nuestras experiencias.

Sanar las heridas de la infancia y dar sentido a nuestras vidas de manera coherente nos permite ser padres y madres “suficientemente buenos”. Como afirma Gunther Schmidt, director del Instituto Milton-Erickson de Heidelberg (Alemania): “No es el pasado el que determina el presente, sino el presente el que determina el pasado”.

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