Represión y vitalidad

La forma en que te criaron marca tu sexualidad

Desde el momento en que nacemos, estamos privados del placer; solo facilitando el contacto el bebé llegará a la vida adulta con una sana relación con su cuerpo.

Laura Gutman

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La mayoría de las personas que hoy somos adultas fuimos parte del esplendor de la cultura de los biberones. Por lo tanto, no hemos experimentado la intensidad del primer gran placer, el de mamar, extasiados de amor. Alimentarnos con leche de vaca maternizada ha sido eso: la repetición cotidiana de recibir pasivamente un alimento. Nada que ver con la intensidad del encuentro, que involucra todas nuestras pulsiones básicas: el amor, la supervivencia, el deseo...

Por otra parte, la extendida costumbre de dejar a los bebés recostados, en lugar de estar pegados al cuerpo, en brazos o atados al pecho o la espalda de nuestra madre, limita nuestra capacidad de acompasarnos al ritmo de nuestra madre de forma natural, en movimiento.

Así nos hemos ido acostumbrando a la quietud, a la pasividad, a la dureza, al vacío. Incluso con ese silencio, las pulsiones no se aquietan.

Durante la niñez soportamos la represión de todas nuestras pulsiones básicas. Más tarde, escindimos el cuerpo para no poner en juego nuestra intimidad emocional.

El movimiento natural de los niños

Todos los niños vamos a intentar movernos. Reptando, gateando, trepando, luego caminando y corriendo. Pero, llamativamente, los adultos tenemos la rara costumbre de pretender que los niños dejen de moverse.

Los condicionamos para que se queden quietos. Creemos que tienen que permanecer inmóviles en la mesa a la hora de comer. Los mandamos a escuelas donde tienen que permanecer sentados en sus sillas largas horas. También consideramos que un niño que logra quedarse quieto es un niño bueno, bien educado y complaciente.

Sin embargo... eso no basta para hacer desaparecer sus pulsiones. Sigue sintiendo hambre. Sigue sintiendo sueño. Sigue sintiendo deseos de descubrir.

Las sensaciones como pecado que hay que reprimir

Si dictaminamos que el cuerpo es algo malo, sucio, bajo, obsceno y que no deberíamos tocarlo, ni sentirlo ni mucho menos disfrutarlo... aprendemos desde el inicio algo básico: que “eso” tendría que desaparecer. La manera más directa para que el cuerpo “desaparezca” es congelándolo. Es negando todo placer, toda vibración, toda conexión.

Cuando nacemos, nos es negado el cuerpo de nuestra madre, que es como perder el hilo del contacto con la materia. Luego, a medida que vamos creciendo, todo lo ligado al cuerpo y a las sensaciones corporales placenteras también intenta ser negado.

Las primeras palabras escuchadas siendo bebés es que tenemos que ser niños buenos. Traducido: no tendríamos que exigir contacto, ni piel, ni pechos, ni leche, ni brazos, ni calor ni confort.

Que el cuerpo haya sido declarado pecaminoso –sobre todo el de las niñas y las mujeres– es otro hallazgo del Patriarcado. Quienes hoy somos adultos hemos sido criados por madres con cuerpos anestesiados, congelados, reprimidos, rígidos o alejados. Si nuestras propias madres tenían miedo de la vitalidad de sus propias pulsiones y la tormentosa fuerza de sus entrañas, con más razón necesitaban alejar la sustancia del cuerpo del niño: para no sentir esa atracción amorosa y para que esa potencia no entrara en contradicción con el propio desconocimiento de sí mismas.

Por lo tanto, nuestras primeras infancias han sido atravesadas por la imperiosa necesidad de ser abrazados con pasión frente a la durísima realidad de permanecer en un desierto corporal y afectivo. En el caso de las niñas, se nos inculca aún más miedo y distancia. Una manera eficaz de lograrlo es elevando toda la libido a la mente.

La cuestión es que durante la infancia, los niños vivimos a diario la represión de todas nuestras pulsiones básicas. Desde las más comunes y aceptadas, como no tocarnos los genitales, hasta las más invisibles, como no comer cuando tenemos hambre o no decir lo que nos pasa porque seremos castigados. Y de esta forma, cuando llegamos al inicio de la adolescencia, no comprendemos los cambios que experimentamos: tenemos la certeza de que cualquier sensación que provenga del cuerpo será maligna y espantosa.

¿Cómo reaccionamos ante esta represión? Los varones, escindiendo el cuerpo, que puede actuar sin que entre en juego la intimidad emocional. Las mujeres nos mezclamos en emociones confusas –bajo la forma de abundante llanto, por ejemplo– pero sacando al cuerpo del juego.

Tener sexo no implica saber tener intimidad sexual

Luego, cuando iniciamos la vida sexual genital con un pareja, “eso” que nos va a pasar va a ser similar a la modalidad vincular que hemos vivido hasta entonces. Hoy ponemos mucho el acento en que los jóvenes obtengamos “información sexual”, cosa que está muy bien. Sin embargo, las dificultades a la hora de empezar el contacto sexual con otro no tienen que ver con la falta de información sino con la nula experiencia respecto al contacto físico y emocional.

Terminamos haciendo el amor así como conversamos, como dormimos, como nos divertimos, como estudiamos, como comemos. Es igual.

Un joven rígido, duro, temeroso, desconfiado, agresivo o manipulador va a expresarse sexualmente con esos mismos parámetros. Algunas mujeres creemos que estamos “liberadas” sexualmente porque hemos tenido múltiples experiencias o hemos cambiado de pareja. Sin embargo, eso no nos garantiza una conexión con las percepciones y las vibraciones corporales.

Una cosa es tener sexo. Y otra cosa muy diferente es ser capaces de tener intimidad sexual con alguien. Para tolerar la intimidad se requiere haberla vivido desde siempre como una experiencia gozosa.

También es preciso que el contacto corporal no duela. En el caso de las mujeres, no importa si hemos tenido muchas parejas o pocas, si somos más jóvenes o más maduras... lo que importa es el grado de rigidez y congelamiento corporal ancestral que seguimos perpetuando de madres a hijos.

¿Cómo recuperar el papel del cuerpo en el nacimiento y la crianza?

Al eliminar este reconocimiento del cuerpo en los partos y el cuidado de los bebés estamos perpetrando un verdadero desastre ecológico que afecta a todos los vínculos amorosos. Es una catástrofe tanto para las mujeres que parimos como para los hijos que nacen sin haber atravesado el canal de parto y sin fundirse en los brazos de su madre hasta que estén en condiciones de abandonarlos por sus medios.

Los niños estamos naciendo de cuerpos maternos anestesiados, medicados, dormidos y manipulados. Allí no hay un alma latiendo que sea capaz de tener contacto corporal ni emocional con el niño. Claro que está muy bien que los gobiernos y los organismos sociales se ocupen de que las mujeres elijan amamantar. Pero la información sobre las bondades de la leche materna no garantiza que las mujeres podamos permanecer con los bebés.

Dar de mamar y permanecer en contacto corporal permanente con el bebé son una misma cosa. Para eso precisamos –en primer lugar– reconocer el nivel de frío del que provenimos y el “no contacto” que hemos desplegado en la totalidad de nuestros vínculos personales y sociales. La pobreza de nuestra vida sexual. La falta de contacto emocional con nosotros mismos. Entonces comprenderemos para qué sirve reprimir los pulsos vitales.

Cada vez que una madre “congelada” no se siente atraída ni desesperadamente necesitada por el cuerpo del niño... se ponen en juego siglos de represión y oscurantismo. La represión sexual es eso.

Si ese nuevo niño no puede ser tocado por su madre –no porque la madre no quiera, sino porque no dispone de una capacidad espontánea para contactar con ese nivel de intimidad–, si ese bebé no permanece en contacto constante con el cuerpo materno, si no es amamantado todo el día y toda la noche, si la madre no disfruta de esa fusión con su recién nacido, si esa mujer devenida madre siente que puede perfectamente separarse del cuerpo del niño y que eso no le molesta ni le angustia... es porque el Patriarcado ha ganado una nueva batalla. La gana en cada hogar, en cada nueva relación madre-hijo.

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