Besos, abrazos y caricias

La importancia del apego en los seis primeros meses del bebé

Juan Pundik

Cuando el bebé nace, su cuerpo y su cerebro se nutren de todo el cariño que le podamos ofrecer. De estos cuidados iniciales dependen los aspectos más importantes de su vida futura, pues ahora sabemos que el contacto es el mejor estímulo para el desarrollo neuronal del pequeño.

Durante los seis primeros meses de vida del niño se establecen las predisposiciones a las cuestiones más fundamentales de la vida: las futuras enfermedades, la constitución del sistema nervioso, el nivel de angustia y depresión iniciales, la sensibilidad y respuesta frente al placer, la capacidad amorosa y agresiva, y la futura personalidad.

Para que todo esto se desarrolle en equilibrio son fundamentales dos cosas: el contacto físico amoroso y constante, el apego, y un proceso de aprendizaje que permita al niño vivir su crecimiento y progresiva autonomía siguiendo su propio ritmo.

Conexiones sinápticas en los bebés

Todos los que nacemos sanos, sin lesiones cerebrales, patologías genéticas o cromosómicas, disponemos del mismo riquísimo capital potencial: cien mil millones de neuronas que constituyen nuestro sistema nervioso o neurológico y que gobiernan todo nuestro funcionamiento psicosomático a través de la transmisión de información entre neuronas (las llamadas sinapsis).

Se estima que en el cerebro humano adulto hay entre 100 y 500 billones de conexiones sinápticas. Sin embargo, en los niños podrían llegar a alcanzar hasta los 1.000 billones. Las sinapsis permiten a las neuronas del sistema nervioso central constituir la complejísima red de circuitos neuronales que determinarán todas las capacidades potenciales del bebé; su viabilidad, su crecimiento, su respiración, el desarrollo de sus órganos y sistemas, su motricidad, su capacidad de manipulación, de percepción, de audición, visión, comprensión y pensamiento.

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Y, para ello, es sumamente importante una estimulación concreta y distinta para cada función. Si no es así, esa potencialidad se pierde y es difícil de recuperar. Si durante las primeras semanas y meses el bebé no recibe la estimulación necesaria y no atraviesa las experiencias adecuadas, algunas de estas conexiones no se formarán, pues el hecho de que estos canales queden o no establecidos depende de si alguna vez han sido activados: dicho de modo sencillo, si no las usamos, las perdemos.

  • Si no se produce la estimulación temprana, el niño perderá capacidades potenciales en todo aquello en lo que intervenga la actividad cerebral: su capacidad sensorio-motriz, su capacidad de aprendizaje y de pensamiento.
  • El bebé necesita ser acariciado, mecido, abrazado, hablado, cantado, para desarrollar su sistema nervioso. Al cantarle y hablarle estimulamos sus emociones y su interés. Su cuerpo, su orina, sus heces y sus aberturas serán, junto a los estímulos externos, su foco de interés e investigación.
  • El amamantamiento también facilita la estimulación temprana. Por todo esto es tan trascendente para el bebé el contacto y la interacción continuada que normalmente ejerce la madre.

Solo necesitamos escuchar nuestro instinto

Los animales lo saben por instinto. Pero la construcción de la cultura, el desarrollo tecnológico y científico, y el lenguaje simbólico han anulado lo instintivo en el ser humano. Las mujeres de culturas primitivas conservan ciertos hábitos instintivos (parto vertical en cuclillas, llevar al bebé pegado a su cuerpo...). La madre occidental ha pagado los progresos con la pérdida de estas facultades y debe sustituirlas mediante su preparación al parto y la crianza. Quienes participan en la crianza del bebé deberían hacer lo mismo.

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Si la estimulación temprana es suficiente, si hay apego, el niño podrá vivir el proceso de aprendizaje de forma fácil y natural. El motor fundamental del aprendizaje es el amor y la identificación con un objeto amado. Y para ello hay que generar un clima que lo favorezca.

Ya al nacer, el bebé, que hasta ese momento ha sido parte del organismo de su madre, detecta y expresa los estados de ánimo, nerviosismo, depresión o angustia de su madre. Percibe su agresividad y la tensión y conflicto del entorno que lo rodea, y esto afecta a su base de ansiedad o seguridad inicial. Pero ahí no se juega todo; el bebé se sigue desarrollando y su constitución psicosomática se va a continuar formando en relación al entorno social en el que crece.

Cómo influyen la madre y el padre en el desarrollo del niño

El amor de la madre y la función del padre son los que van a permitir al bebé socializarse, acceder al lenguaje simbólico y estructurar su psique. La función materna, mediante su presencia-ausencia, alimentará el circuito de constitución del psiquismo: transformación de la necesidad en demanda y la instauración del deseo. La madre irá separándose de su hijo poco a poco, respetando el ritmo del pequeño.

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Este proceso puede ser interferido por una madre ausente, que no atienda lo indispensable; o por una madre omnipresente, que no pueda separarse. Este ritmo de presencia-ausencia obliga al niño a demandar, a elaborar mediante sus juegos esa ausencia, permitiéndole desarrollar niveles de destreza manual, corporal y de aprendizaje.

Ser conscientes de este proceso y favorecerlo en la medida de lo posible debería ser una función básica para todo padre y madre.

Y ello requiere preparación, dedicación y, sobre todo, amor. Construir el futuro es un proyecto de tal magnitud que deberíamos ser preparados para ello desde pequeños. Debemos encarar esa preparación con amor, con fe, con energía y deseo porque en ello nos va la vida, la nuestra y la de quienes nos rodean. Es la herencia más importante que pueden dejar los padres: su crianza y su educación tempranas.

Las consecuencias de una falta de vínculo con el bebé

El niño o la niña necesita que alguien cumpla cada una de estas funciones. Si este contacto temprano no se produce, el niño entra en situación de riesgo, ya que las terminaciones nerviosas están en la piel.

Esto lo saben las gatas que con su lengua estimulan la epidermis de sus gatitos. Nosotros, ingenuamente, comentamos lo limpias que son, cuando la función de este gesto es mucho más importante, pues estimula el desarrollo y establece el vínculo afectivo.

Fue John Bowlby, psicoanalista inglés especializado en desarrollo infantil, quien describió, en los años 50, la teoría del vínculo, común a animales y humanos. Con sus observaciones, Bowlby demostró que sin esta vinculación afectiva y el estímulo iniciales, las crías detienen su desarrollo hasta el punto de perder importantes facultades.

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Es vital que los padres estén junto al niño en sus primeros meses de vida, que practiquen el apego, aunque las circunstancias sociales y económicas actuales no lo faciliten, sino todo lo contrario, pues nuestras prioridades parece que se han trastornado.

Bowlby escribió: “Mientras la energía que el hombre y la mujer dedican a la producción de bienes materiales aparece cuantificada en todos nuestros índices económicos, la que dedican en sus propios hogares para producir niños felices, sanos y seguros de sí mismos no cuenta en ninguna estadística”.

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Siguiendo sus propuestas, la Oficina Europea de la OMS proclamó que “la salud de los niños ha de ser lo primero”. Pero son muy pocos los gobiernos que llevan esto a la práctica. Nuestro futuro como humanidad depende de ello.

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