Recuperar lo femenino

El retorno de Ishtar

Jesús García Blanca

Ishtar simboliza la capacidad de interconectar cosmos, naturaleza y humanidad. Y la mujer puede encarnarla para construir una sociedad libre e integradora.

"Alabada sea Ishtar, henchida de vitalidad, encanto y voluptuosidad; de labios dulces, hay vida en su boca.”

Son palabras escritas hace más de tres mil años en unas tablillas de la biblioteca de Asurbanipal, en Mesopotamia, la tierra entre ríos, el creciente fértil, donde las aguas del Tigris y el Éufrates hicieron brotar numerosas ciudades en las que se establecieron pueblos nómadas llegados de las montañas o del desierto, y que fueron acompasando el ritmo de sus vidas y sus tradiciones a los ciclos de la agricultura.

¿Quién era Ishtar?

En la antigua tradición de los acadios −semitas llegados de la península arábiga−, Ishtar es la guardiana de las leyes cósmicas; es Venus, hija de la Luna, la primera estrella cuya luz surge cada día antes que el sol para guiar a todos los astros, y luego se esconde en un descenso al mundo inferior, donde reposan las semillas de las que surge la vida.

Ishtar es la Inanna sumeria, la Astarté fenicia, la Asherá semita, la Anatu cananea, la Ashtar árabe; algo hay en ella de la Isis egipcia y algo de ella persiste también en la Afrodita helena.

Es la representación, en todas las antiguas tradiciones, de la integración cósmica, de una sabiduría innata que lucha en favor de la vida, del goce profundo, del equilibrio y del retorno a la unidad: un arquetipo enterrado en el inconsciente colectivo que inspiró tradiciones en tiempos remotos y que puede aportar a la humanidad del siglo XXI la energía necesaria para construir una sociedad mejor para todos.

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El mito fundamental relacionado con Ishtar es el que narra su descenso al inframundo, donde reina su hermana gemela, Ereshkigal. Durante el trayecto tiene que atravesar siete puertas, y ante cada una de ellas debe despojarse de una prenda y una joya. De ese modo, Ishtar entra en el mundo subterráneo desnuda y sin adornos, y allí permanece atrapada hasta que el mundo de arriba comienza a secarse al faltarle el impulso de la fertilidad y, finalmente, se le permite regresar.

Actos rituales y feminidad

Esta historia simboliza el camino de iniciación que implica desembarazarse de todo lo prescindible, de las posesiones ilusorias que impiden el renacer al conocimiento.

De hecho, todos los rituales iniciáticos femeninos –mucho menos conocidos que los masculinos− de una forma u otra tienen relación con el mundo subterráneo, con las grutas y cavernas como símbolos, que aluden al papel matricial de la mujer, a las entrañas de la tierra, al fuego vital y al calor de la germinación.

Entre esas iniciaciones se encuentran ritos de paso como el de la pubertad, que a diferencia de los ritos colectivos masculinos, son individuales, ya que están ligados a la primera menstruación y al acceso a conocimientos de la tradición de la mano de las ancianas, que enseñan a las iniciadas a hilar y tejer −oficios simbólicos relacionados con la Luna y el tiempo, que, respectivamente, hilan y tejen el destino de la humanidad– así como los secretos de la sexualidad.

Pero el mito del descenso de Ishtar al inframundo encierra también otra enseñanza clave: la necesidad de energía vital matricia para que el mundo funcione.

Un ritual de legitimación del poder real en Mesopotamia consistía precisamente en la unión simbólica o efectiva con Ishtar, representada en el plano terrestre por una servidora del templo. Estas nupcias sagradas se celebraban el día de año nuevo y consistían en una ceremonia meticulosamente preparada, con una parte privada en la que se consumaba la unión con la consorte ritual, y otra pública, durante la cual Ishtar declaraba al rey digno de ocupar el trono.

Es decir, era el poder de Ishtar el que garantizaba el orden cósmico que se traducía en la fecundidad de los campos, el ganado y las personas; en definitiva, en la prosperidad del reino.

La mujer y el impulso creador

Ishtar induce el deseo de conocer y ser conocido, y lo que es más importante, de conocerse. La unión física se suma a la mente, al corazón y al espíritu en un proceso de crecimiento personal que conduce a la consciencia y permite la creatividad y la comunicación gracias al fluir de la energía.

Tuvieron que transcurrir unos miles de años para que un psicoanalista disidente llamado Wilhelm Reich redescubriese la función que la energía vital desempeña en la economía sexual mediante la fórmula del orgasmo: tensión-carga-descarga-relajación, fórmula que las sacerdotisas de Ishtar conocían y aplicaban en los albores de la civilización.

El mundo clásico rompió con esta concepción de la feminidad ligada a las fuerzas creadoras de la naturaleza. Según el poeta Hesíodo, Pandora, la primera mujer, fue creada por Zeus como castigo a los hombres, y de su caja brotan todo tipo de calamidades. En la antigua Grecia se consideraba a la mujer como un “hombre defectuoso” y se la excluía de la vida pública, con la posible excepción de Esparta.

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Por el contrario, las primeras sociedades asentadas en Mesopotamia guardaban reminiscencias de la organización social de finales del Paleolítico y comienzos del neolítico, anteriores a la implantación del patriarcado, cuya base era lo que el antropólogo suizo Johann Jakob Bachofen llamó muttertum, un término que muchos antropólogos consideran erróneamente traducido como “matriarcado”.

¿Matriarcado, o cambio de estructura?

Muttertum es el hábitat de la madre y remite al ecosistema básico en el que se desarrollan las criaturas, a la relación entrañable de la que aquellos grupos humanos extraían su energía nutricia, en absoluto a una estructura jerárquica en la que las mujeres dominaran a los hombres y cuyas relaciones de poder habría invertido el patriarcado.

El sistema patriarcal no se impuso arrebatando un poder jerárquico a las mujeres, sino que –como dice la feminista y psicóloga Victoria Sau− se levantó sobre un matricidio.

El muttertum representaba la fuerza de lo espontáneo y de lo viviente contra un orden jerárquico impuesto por la sociedad patriarcal y esclavista, y por eso no podía ser tolerado. ¿Cómo podemos aplicar ese conocimiento ancestral a nuestra sociedad actual?

Acabar con la opresión

La historia de la opresión de la mujer está íntimamente entreverada con la historia de la opresión de la humanidad en su conjunto.

Sin embargo, este análisis no siempre se ha hecho desde los movimientos feministas, que han experimentado una compleja evolución en sus tres siglos de historia.

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Así, a partir de una etapa marcada por la lucha por la igualdad de acceso al trabajo, a la educación y a la política –que en el fondo no se oponía al sistema–, el marxismo aportó una dimensión económica y política centrada en la conciencia de clase, aunque olvidando por completo la opresión en la vida privada.

Durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX, el llamado feminismo radical se fue al otro extremo, considerando la heterosexualidad como una construcción social utilizada como arma de dominación.

A finales de los setenta se produce un giro en muchas autoras feministas, que comienzan a plantear que el patriarcado no solo oprime a las mujeres, sino también a los hombres. Así, la antropóloga estadounidense Gayle Rubin acuña el concepto “sistema sexo/género” para distinguir la diferenciación sexual −biológica− de las diferencias de género construidas por mecanismos culturales.

Este enfoque llevará a la socióloga española María Jesús Izquierdo a hablar de una “dictadura del generismo” a la que todos estamos sometidos: mujeres, hombres y todas las posibilidades entre ambos y más allá. La construcción de una sociedad más humana comienza por la mujer.

El fluir de la fuerza vital

Los procesos naturales –menstruación, embarazo, menopausia− hacen conscientes a las mujeres de su conexión con la naturaleza, los ciclos de la Luna, las mareas; en definitiva, facilitan la conciencia de interdependencia.

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La doctora y psiquiatra estadounidense Jean Shinoda Bolen escribe: “La sabiduría femenina es una sabiduría de interconexión”, aludiendo al papel crucial que la mujer puede jugar en la lucha por un futuro más humano, un futuro en el que la crianza se desvincule totalmente de su papel en el esquema patriarcal y se integre en una visión ecológica que recupere la auténtica sexualidad de la mujer incluyendo la maternidad, el parto, la lactancia.

Integrar una sexualidad sana y desinhibida con una crianza que recupere la relación entrañable de la madre con las criaturas permitirá el libre fluir de la fuerza vital y la posibilidad de conectar el tejido social de modo armónico y romper organizaciones jerárquicas.

El retorno de las emociones es, pues, una revolución, es el retorno de la fuente sagrada de energía y del conocimiento perdido, de la luz de Ishtar.

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