Jugar en familia

¿Sabes jugar con tus hijos?

Lourdes Mantilla (psicóloga clínica)

Jugar con los hijos es la asignatura pendiente de muchos padres, pero tiene grandes ventajas si nos implicamos a fondo en el juego. Te sugerimos actividades divertidas.

El juego permite a los niños experimentar, explorar y conocer el mundo a la vez que se socializan de manera divertida. Mientras juegan desarrollan su creatividad, sus aptitudes físicas, su inteligencia y sus habilidades sociales.

Una creencia muy extendida es pensar que los niños juegan únicamente si tienen juguetes entre las manos, cuando basta observarles para darse cuenta de que continuamente lo están haciendo: mientras comen, cuando andan por la calle, al ver la televisión, a la hora del baño... Y juegan de una forma inconsciente, transformando cada una de estas actividades –comida, paseo, higiene...– en muchas otras vivencias reales o imaginarias.

Si los padres están atentos se sentirán invitados continuamente a participar en ese mundo de creatividad y fantasía. Al hacerlo se crea una conexión mucho mayor con sus hijos, ya que, a través del juego que propone el niño, este va expresando también sus sentimientos, sus temores, sus experiencias. En otras palabras, jugando con los hijos además de divertirnos juntos aprendemos a conocernos mutuamente y se refuerzan los vínculos familiares.

Por todo ello el hecho de jugar en familia debería convertirse en un acto natural y espontáneo, en una actividad más de todos –no solo de los pequeños– y no reservada al momento preciso de "vamos a jugar a tal o cual cosa", sino factible en cualquier momento y lugar.

El juego: una vía de comunicación

La comunicación es una de las claves para fortalecer las relaciones familiares y sociales. Comunicarse correctamente implica hablar y, también, saber escuchar, dos de los elementos fundamentales que también se precisan en el juego.

Por ello el hecho de jugar facilita y potencia la comunicación entre hermanos, entre padres e hijos y entre nietos y abuelos, ya que abre unas vías de complicidad de forma lúdica que difícilmente se logran de otro modo, pues es más fácil expresar las emociones con naturalidad y sinceridad a través de la diversión.

Mientras jugamos aprendemos también a organizarnos entre todos, a proponer y cumplir unas normas y unos retos, a ganar y perder. En otras palabras, el juego es el mejor terreno de entrenamiento para construir juntos un clima de confianza, respeto y cooperación que les servirá, sobre todo a los niños, para aprender a relacionarse mejor con sus semejantes en las distintas situaciones vitales.

Por otra parte, la informalidad del juego frente al rigor de otros momentos facilita la evasión y libera las tensiones familiares, lo que permite hablar de algunas cosas importantes de modo más distendido que en situaciones más serias.

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Jugar por jugar: un reto para los adultos

Es evidente que los niños no juegan para aprender, pero también que aprenden jugando. Es decir, para el niño el juego es una actividad divertida sin más sentido que el de pasárselo bien.

Sin embargo, algo tan obvio –que los niños juegan por jugar– deja de serlo a medida que vamos creciendo y nos hacemos adultos. Se diría que entonces buscamos una especie de «beneficio », una razón que justifique el hecho de ponernos a jugar. Es como si llegara un momento en que dejáramos de jugar porque sí, siguiendo una filosofía acorde con los valores más pragmáticos y productivos de la sociedad.

Dentro de esa "productividad", hay muchos padres que pretenden sacar enseñanzas de cualquier juego o actividad. Así, en vez de disfrutar de la ocasión simplemente jugando, aprovechan para enseñarles a sumar, a que aprendan nuevas palabras, a transmitirles valores...

Eso los convierte en una especie de maestros, justo lo que no piden los niños cuando están jugando, sin darse cuenta además de que lo que pretenden enseñar a través del juego los niños ya lo aprenden por sí solos jugando si se lo están pasando bien.

Reivindiquemos, pues, el disfrute del juego en familia sin necesidad de ninguna justificación y convirtamos al juego en un regalo para todos.

Lógicamente esas dos actitudes –la del jugar porque sí de los niños y la del beneficio del juego que motiva a los adultos– se encuentran en la vida familiar y, lamentablemente, en más de una ocasión llegan a chocar. Por ejemplo, cuando un niño pide a sus padres que jueguen con él y ellos lo hacen, pero con la atención puesta en otro lugar: en la televisión, en el periódico que están leyendo o en la conversación de otras personas.

A menudo los padres solo ponen su cuerpo en el juego con sus hijos, mientras su cabeza permanece en otro lugar.

Probablemente se debe a que, por un lado, se han olvidado de lo que es jugar y, por otro, no se dan cuenta de que los niños precisan de toda la atención de sus compañeros de juego para poder jugar realmente. Si por cualquier circunstancia no se puede brindar esa atención es preferible decirles que ahora no podemos y aplazar el juego para otro momento.

Por último, no debe perderse de vista que aunque es de suma importancia jugar todos juntos, los padres también deben potenciar el que los pequeños aprendan a distraerse y a jugar por sí solos. No siempre podemos estar a su disposición y para su desarrollo también es muy conveniente que el niño se organice sus propios ratos de ocio.

Conviene facilitarles los juguetes adecuados y aprovechar ese tiempo libre para destinarlo a nuestras aficiones de adultos.

El juego centrado en el niño

Cuando se juega entre padres e hijos, independientemente del tipo de juego y la edad de los niños, debe tenerse presente que, aunque se trate de un juego compartido, el niño es siempre el protagonista principal.

Eso significa que cada niño, por sus características, habilidades y personalidad, tendrá unos intereses u otros, lo que le llevará a decantarse por un tipo de juguetes y juegos que no siempre serán los más atractivos para los padres, pero que deben respetarse.

Ese protagonismo supone fomentar su espontaneidad e imaginación y, desde el lado de los padres, jugar empáticamente, sabiendo que estamos jugando con niños de tal o cual edad que perciben y sienten el mundo desde esa edad, sin pretender imponer en el juego la lógica y los sentimientos del adulto.

Los padres deben tener en cuenta que sus hijos están aprendiendo, lo que implica que seguramente van a cometer muchos errores y a tener muchos enfados. Saber estimularles a superar esas equivocaciones ayudándoles a mejorar, así como poder contener su enojo, es una tarea que compete a los adultos y que también les será muy útil a los pequeños en sus relaciones con los otros niños.

¿A qué jugamos?

La oferta de juegos desborda la imaginación y el tiempo disponible. Pero dentro de ellos existen grupos distintos, cada uno con unas características y recomendaciones específicas; muchos ofrecen una forma lúdica de aprender.

Tipos de juegos para jugar con los hijos

Juegos y juguetes no son lo mismo; los juguetes son las herramientas o el medio que nos permite jugar y varían en función de las modas de cada momento. Sin embargo, los tipos de juegos suelen permanecer inalterables con el paso del tiempo; entre ellos podemos destacar:

Juegos de construcciones

O de montaje de piezas que facilitan el desarrollo intelectual, la motricidad, la atención y la imaginación. Manos y cerebro trabajan a una.

Juegos que implican la motricidad

Permiten el desarrollo sensorial y psicomotriz desde el nacimiento hasta la adolescencia. Para ello sirven desde los móviles y sonajeros hasta los toboganes, columpios, aros, cuerda de saltar, triciclos, bicicletas, balones, etc.

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Juegos simbólicos

A través de ellos se representan y evocan situaciones que se dan en la vida cotidiana. Favorecen la asimilación y comprensión del entorno del niño mediante la imitación de conductas familiares o de profesiones y personajes ficticios, potencian el desarrollo del lenguaje y facilitan la socialización.

Para alentar este tipo de juegos podemos poner a su disposición teléfonos, disfraces, maquillajes, botiquines, cocinas...

Juegos de mesa

Contribuyen al desarrollo social y moral del niño, ya que generalmente son compartidos, están sometidos a unas reglas y en ellos se gana o se pierde.

Podemos escoger entre los más clásicos, como el parchís, la oca y las barajas, y otros más actuales como son los de estrategia. Algunos requieren precisión manual, como el de los palillos o el jenga, una torre levantada a base de «ladrillos» de madera que se van retirando por la base uno a uno. El carrom o billar indio se juega sin palos y precisa por tanto poco espacio.

Incluso no siendo de mesa, pueden incluirse también en esta categoría los videojuegos.

El juego por edades

El fascinante mundo del juego en familia atraviesa diferentes etapas. En cada una de ellas los padres pueden hacer hincapié en un aspecto u otro según el momento evolutivo de sus hijos, pero el disfrute y la diversión son siempre el eje que debe atravesar todos los momentos de ocio.

Es fácil encontrar clasificaciones de juegos acordes con la edad de los niños, ya que sus intereses y necesidades varían conforme van creciendo. Entender la evolución del juego de los niños ayuda a que los padres puedan adaptarse a ella y seguir siendo unos buenos compañeros para esos momentos.

Durante los tres primeros años

Los niños exploran el mundo a través de los sentidos: siguen un móvil con la mirada, tocan todo lo que está a su alcance, se apasionan con el ruido de un sonajero, tienden a llevarse cualquier objeto a la boca, etc.

Por eso en este periodo los padres deben favorecer y facilitar esta exploración sensorial a través del contacto corporal, de canciones, de juegos de mirada, y proporcionarles juguetes y materiales acordes a estas necesidades.

Asimismo, es importante vigilarles de cerca, ya que ellos apenas han adquirido la noción de peligro y pueden correr el riesgo de lastimarse en alguna de sus frecuentes exploraciones.

Entre los 3 y 5 años

Los padres no solo deben ser ayudantes sino compañeros de juegos, ya que es una etapa en la que se inicia el juego simbólico y de representación, a través del cual recrean situaciones familiares al principio e inventadas más tarde. Les encantan, por tanto, todos aquellos juegos en los que se imiten profesiones y un poco más adelante los juegos que impliquen destrezas físicas.

Es uno de los momentos más gratificantes para los padres, porque es fácil ver la evolución psicomotriz y la reafirmación psicológica de la personalidad de sus hijos con solo acompañarles en tales momentos.

Entre los 5 y 8 años

Los niños tienen un gran desarrollo en esta etapa, y una de las áreas donde podemos observarlo es en la moral e intelectual.

Su pensamiento es ahora más reflexivo y, a su vez, se encuentran bien jugando en grupo, lo que se plasma en su interés por juegos con normas, ya sean deportivos o de entretenimiento. Es entonces cuando los padres deben compartir ese tipo de juegos y fomentar el respeto y cumplimiento de las reglas.

También es recomendable potenciar las actividades al aire libre, como las excursiones familiares, los paseos en bicicleta, etc.

A partir de los 9-10 años

Ya no somos tanto los padres que potenciamos y acompañamos, sino verdaderos compañeros de juego, unas veces rivales, otras cooperantes, pero con la entrega y el tesón que supone jugar con un igual.

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En la adolescencia

Se produce el despegue de la familia; el grupo de amigos se convierte en el referente más importante en la vida de nuestros hijos, pero esto no supone que no pasen ratos en casa en los que podamos compartir con ellos sus intereses, que seguramente pasarán por juegos del ordenador o de la videoconsola.

Sugerencias para jugar en familia y divertirse juntos

Cada familia tiene su propio catálogo de juegos, al que contribuimos con algunas ideas:

  • Jugar en el baño con muñecos, soplando burbujas o cantando canciones.
  • Confeccionar disfraces y máscaras para hacer una pequeña función teatral.
  • Organizar un juego de pistas aprovechando una salida familiar al campo.
  • Montar una pequeña olimpiada deportiva durante las vacaciones.
  • Pintar un mural o hacer un collage con fotografías de la familia para decorar algún rincón de la casa.
  • Completar un puzzle divertido entre todos.
  • Preparar un pastel para la celebración de un aniversario familiar.
  • Realizar una salida en bicicleta por una ruta que sea asequible para todos.
  • Compartir una película en casa o en el cine.

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