Ayudarles a leer

La lectura no puede aprenderse por obligación

Juan Pundik

La mejor forma de que nuestros hijos adquieran este placer es servirles de ejemplo: leer junto a ellos y con ellos historias que les motiven y les seduzcan.

El lenguaje simbólico, el que hablamos, es el que nos hizo humanos y el que nos sigue humanizando en nuestro proceso evolutivo. Se le calcula una antigüedad de 400.000 años. La escritura, en cambio, es, en comparación, una adquisición casi contemporánea. Se le calcula una antigüedad no mayor de 6.000 años.

La base fundamental para la adquisición de la lectoescritura es el lenguaje hablado. Se considera que la edad media para adquirir el lenguaje hablado son los dos años y medio. Esta destreza se adquiere mediante un proceso de inmersión lingüística estimulado fundamentalmente por la madre. Por eso se la denomina lengua materna.

Es conveniente que la madre hable con su bebé desde el mismo momento de la gestación y, en especial, a partir del nacimiento. El bebé no comprenderá inmediatamente el significado de las palabras pero su repetición le permitirá ir descubriendo su sentido.

¿Cuándo deben aprender a leer los niños?

Pedagógicamente se considera que el aprendizaje sistemático de la lectoescritura no debería iniciarse antes de los seis años, consideración que se vulnera en muchos centros de educación infantil de nuestro país.

En los países escandinavos, la educación infantil se extiende hasta los seis años y el aprendizaje sistemático de la lectoescritura no se inicia hasta el primer curso de primaria, a los siete años. Estos países ocupan los primeros puestos en aprendizaje y resultados escolares, mientras que el nuestro está a la cola.

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Según el informe PISA 2006, el nivel de comprensión lectora de los alumnos españoles de 15 años fue el cuarto más bajo de los países de la OCDE, y aunque se han visto incrementos continuados, los datos de 2015 aún dejaban a nuestro país algo por debajo de la media.

Las consecuencias de esta situación son graves porque el aprendizaje de un niño, su capacidad de adquisición de conocimientos, de pensamiento y de cultura, incluida la correspondiente a la etapa adulta, van a depender de la lectura.

¿Debemos enseñar a leer a los niños?

Mi respuesta es negativa porque, si nosotros debemos enseñarles, ellos deben aprender; y si se enfrentan a ello como una obligación, les matamos el deseo.

Con nuestra ayuda, el niño aprende a leer solo. ¿Qué podemos hacer para conseguir niños lectores? Ser lectores nosotros.

Para aquellos niños y niñas en cuyas casas no exista el hábito de lectura, les será más difícil adquirirlo. No obstante, también pueden encontrar modelos identificatorios para la lectura en otras personas de la familia o en profesores que les transmitan este entusiasmo.

Los padres que sienten amor por la lectura basta con que se lo transmitan a sus hijos. Leer como una conquista, como un premio, como un privilegio.

Los docentes que no sientan pasión por la lectura que se dediquen a otras tareas. A un docente le exigiría, en primer lugar, amor por los niños, luego paciencia y respeto por su diversidad y ritmo y, en tercer lugar, pasión por la lectura. Llegar a clase con un libro o un periódico y contarles a los alumnos algo de lo sorprendente y maravilloso que hayan descubierto y aprendido.

Gloria Gorchs, bibliotecaria especialista en educación infantil y juvenil, escribe que “el papel que deben desempeñar los padres es, sin duda, clave. No siempre es cierto, pero en las familias donde existe una fuerte tradición de lectura y los niños crecen rodeados de libros, estos suelen tener una predisposición diferente delante del libro”.

Los niños aprenden a leer solos

Aprenden a leer como aprenden a hablar, con la participación de los adultos con los que interaccionan.

No les hagamos sentir la lectura como una exigencia. No les corrijamos los errores. Ni cuando hablan ni cuando leen. Están creando un síntoma y no lo van a resolver por nuestra corrección, que los desalentará. Ni crítica ni corrección. Amor, paciencia, respeto, comprensión y nuestro entusiasmo y pasión por la lectura.

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Los pedagogos infantiles Bruno Bettelheim y Karen Zelan señalan, en Aprender a leer, que “no es extraño que las mentes de los niños respondan con mayor facilidad a la poesía y que esta sea lo que mejor les motiva para aprender a leer. No es ni más ni menos que otra prueba de que a los niños se les debería enseñar utilizando textos que ellos encuentren dignos de su atención y de sus esfuerzos más resueltos”.

Las actividades lúdicas en las que números, letras y palabras escritas desempeñan un papel en los juegos forman parte de la vida del niño desde que adviene a lo simbólico y comienza a distinguir iconos y marcas comerciales, por ejemplo en los envases de los alimentos y en la publicidad.

El psicólogo Howard Gardner escribe que “el aprendizaje del primer lenguaje sigue siendo el ejemplo más espectacular del temprano aprendizaje de nuestra especie al que los maestros miran con mayor envidia”.

Con anterioridad, el psicólogo Jean Piaget había afirmado:“Todo lo que se le enseña a un niño se le impide inventarlo”.

El lenguaje leído y el escrito son consecuencia directa del lenguaje hablado

En el aprendizaje de la lectura hay algo previo al significado –lo que la iguala al aprendizaje del lenguaje– y es el sonido. Tanto al hablar como al leer, al niño le divierten los encadenamientos de palabras por su sonido, más allá de su significado.

Por eso, la poesía puede ser una buena forma de iniciar al niño en la lectura. Como cuenta el escritor Gabriel García Márquez, él decidió que sería escritor a los seis años, cuando se enamoró embelesadamente de su maestra, que les enseñó el placer de la lectura recitándoles poesía.

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Para poder ayudar al alumno en el aprendizaje de la lectoescritura es determinante que el texto estimule al niño en su actividad descubridora y exploradora. Que el contenido y la forma del texto estimulen su deseo de leer. Que lo impulse a demandar la ayuda del adulto para descifrar las palabras cuyo significado le permitirá, por ejemplo, desentrañar la respuesta a las acuciantes preguntas que se formula o a la marcha y el desenlace de las aventuras de los personajes.

La magia de la transmisión de la lectura consiste en conseguir que el niño descubra que en lo que lee encontrará las respuestas a las preguntas que sostienen su curiosidad.

El texto de lectura no tiene por qué ser común, lo más estimulante sería que cada niño pudiera elegir sus textos de lectura.

  • Un texto que describe a una familia tópicamente feliz en la que la mamá y el papá se quieren, se comunican y se respetan, no será estimulante para un niño que vive una situación de violencia doméstica o que no tiene papá o mamá.
  • Tampoco será estimulante que el aprendizaje de la lectura sea con textos que, por insistir en lo cotidiano, no proporcionen nuevos conocimientos.

El niño requiere estímulos para hacer el esfuerzo de renunciar al placer lúdico más inmediato. En él no funciona la promesa de un futuro mejor.

El estímulo que conduce al aprendizaje de la lectura tiene que encontrarlo en el contenido del texto, en la sorpresiva conquista de un último significante que le desvele el sentido de un descubrimiento o de un misterio, que le produzca la satisfacción de haber llegado a ello y le despierte las ganas de compartirlo.

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