Romper con la necesidad de comprar

Las trampas del consumo

Jorge Bucay

Deberíamos estar dispuestos a pagar por las cosas materiales solamente lo que valen y no dedicarles toda una vida.

Como todos sabemos, nuestra educación, incluso la más cuidada y amorosa, está plagada de errores, distorsiones y limitaciones, cuando no de flagrantes mentiras en las que nuestros educadores y responsables creían a pie juntillas.

Una de ellas –seguramente no la de consecuencias más graves, pero sí la más difundida en Occidente– es aquella que nos sugiere que la felicidad depende, en última instancia, de la satisfacción de cada uno de nuestros deseos.

Lo peor –y no es una asociación casual– es que nuestros deseos y ambiciones muchas veces están también condicionados, en un principio, por esa misma educación y, posteriormente, por las exigencias sociales de cada tiempo y de cada entorno.

Cómo nos convencen para entrar en la espiral del consumo

Desde todos los medios, periódicos, revistas, radio y televisión, los publicistas del mundo intentan convencernos de que “necesitamos” conducir tal automóvil, vivir en ese lugar, beber ese licor o tener determinado aspecto físico si queremos estar a tono con los tiempos que corren o ser aceptados con gusto por la mayoría de las personas (y cuanto más agresiva y contundente es la campaña publicitaria, más convicción se genera de que así será).

Como si fuera parte de un macabro plan de manipulación masiva o un microlavado de cerebros, la verdad propagandeada con intensidad y persistencia puede terminar volviéndose cierta. el mecanismo psicológico-social que podemos detectar detrás de este fenómeno es el de la “predicción creadora”, también conocido como el proceso de la profecía que se autorrealiza.

Artículo relacionado

neuromarketing

Cómo manipulan tus deseos para que compres

Por poner solo un ejemplo: si una campaña, o muchas, bombardea durante años a la población mostrándole imágenes de hombres muy atléticos y mujeres casi anoréxicas, riendo y disfrutando de fiestas, mientras beben y bailan, para después abandonar la reunión en el más lujoso de los coches, conduciendo hacia un paisaje de ensueño…, podría generarse la idea –y se genera– de que sin un cuerpo como ese nos será imposible conseguir tales cosas, que, con solo verlas, acarician nuestras fantasías más hedonistas.

Sabemos que lo material no basta para ser feliz. pero, aun así, caemos en la tentación de comprar cosas que seguramente nunca llegaremos a apreciar.

Terminada esa imagen, una voz en off o unas grandes letras nos hacen saber “lo importante”: “tenga el cuerpo que siempre quiso tener usando nuestras cremas modeladoras, tomando estas bellísimas e inocuas pastillas o suscribiéndose a nuestro programa de entrenamiento importado de Tanzania…”. Y aunque no se diga, se insinúa: “…y si no lo hace, el mundo lo tratará como si no existiera”.

Si consiguieran convencerme, aunque sea por un minuto, de que esa amenaza tiene algo de cierto, ¿cómo no salir a comprar la bendita crema, el mágico medicamento o el dichoso programa de ejercicios?

El gran pensador Erich Fromm nos decía hace más de cincuenta años que la sociedad occidental, más tarde o más temprano, terminaría dándose cuenta de que la obtención de todas las cosas que se pueden pagar con dinero no son suficientes para garantizarnos una buena vida.

Artículo relacionado

origen-causas-compras-compulsivas

¿Qué nos empuja a las compras compulsivas?

Sabemos que es así. Y, sin embargo, caemos en la adictiva tentación de encontrar placer en el solo hecho de comprar un millar de cosas en las que nunca habíamos pensado y que posiblemente nunca llegaremos a apreciar –salvo, claro, para hacer saber a otros que las tenemos, que las usamos o que pudimos pagarlas–.

Una especie de enfermiza conducta que alguna vez he llamado “la estupidez cúbica” y que se manifiesta con una actitud repetitiva: gastar el dinero que uno no tiene en comprar lo que no necesita para impresionar a algunas personas que ni siquiera te importan. Como he dicho, la estupidez de la estupidez de la estupidez.

¿Qué se esconde tras nuestra necesidad de consumir?

La sociedad de consumo, como se la llama, vive, crece y se expande gracias a estos lados “flacos” de nuestra conducta.

Funcionamos inventando, creando o fantaseando un deseo –cuando no haciendo nuestro uno ajeno– para después trabajar y esforzarnos a fin de satisfacerlo, alentados por el recuerdo del placer que nos dio saciar alguna vez un deseo genuino.

Dicho así, suena tan ridículo como golpearnos la cabeza contra la pared para poder sentir el alivio del dolor cuando tomemos el analgésico. A nuestro alrededor hay muchos que viven así, y muchos más que toman el analgésico porque siempre creen que algo les duele; y hay algunos, incluso, que lo toman para que nunca les llegue a doler o por si se golpean.

Nada que se pueda comprar con dinero podrá llenar el vacío interno. Únicamente el encuentro sincero con el otro logrará satisfacerlo

La decisión de suplir la verdadera necesidad –que es la de llenar o comprender el vacío interno– comprando tiene ese origen. Una conducta que, de muchas maneras, funciona como una adicción –con todo lo que ello implica–, aunque en los casos menos ostensibles sea socialmente avalada con una sonrisa cómplice y hasta aplaudida, especialmente por aquellos que en silencio envidian la suerte de los que pueden darse “todos los gustos” –menos el de sentirse plenos, digo yo–.

Que nadie crea que estoy en contra de darse los gustos. Que nadie piense que propongo el ascetismo de los ermitaños como única manera de conquistar la esencia. Estoy seguro de que el dinero que te has ganado con tu trabajo está en tus manos justamente para que lo uses como te plazca, para disfrute tuyo y de los tuyos.

Lo que digo, en todo caso, es que deberíamos ser capaces de disfrutar con todas esas cosas y también de disfrutar sin ellas.

Artículo relacionado

felicidad-sin-dinero

La felicidad no depende del dinero

¿Merece la pena vender nuestro tiempo a cambio de cosas materiales?

Miles de padres y madres del mundo occidental trabajan más de catorce horas diarias para conseguir, dicen, que a los hijos no les falte nada y, sin darse cuenta, los privan de lo que más falta les hace, la presencia de alguno de sus padres.

Silvia y Sergio son padres amorosos y excelentes, que inundan a sus dos hijas de presencia, de amor y de cuidados. Una noche, las niñas quedan al cuidado de sus abuelos, que también las adoran y miman. Pero, por alguna razón, Danae, la mayor de las niñas, de 5 añitos, está inquieta. al regreso de su madre, la increpa:

Dijiste que tardarías un ratito… ¡y has tardado 846 horas!
–No fueron 846 horas, mi amor –la corrige su madre–. Pero te parecieron muchas, ¿verdad?
–Sí. Muchísisisimas… –dice la niña.
–Cuánto lo siento –dice su mamá mientras la abraza–, pero ya estoy aquí y eso es lo importante, ¿verdad?

Para un niño, un par de horas de ausencia puede ser un tiempo tan largo como 846 horas y, aunque este no era el caso, nos señala la dirección adecuada. Un niño sabe lo que después muchos parecemos olvidar: nada de lo que se puede comprar con dinero puede suplir ni compensar la necesidad de un abrazo. Lo único que satisface ese deseo es, por supuesto, un abrazo.

Artículo relacionado

regalar tiempo

Tu tiempo es siempre el mejor de los regalos

Cómo dejar atrás la adicción a comprar

La sociedad que hemos construido no puede garantizarnos que haya siempre alguien que nos dé un abrazo sincero cada vez que lo deseamos; no puede garantizarnos que seamos capaces de conjurar con nuestra propia compañía nuestro temor a la soledad; no puede garantizar que tengamos la sabiduría de no confundir los deseos propios con los ajenos y poder así diferenciar nuestra conciencia genuina con lo introyectado. A decir verdad, ni siquiera puede enseñarnos a discriminar con claridad una carencia material de un vacío existencial

La sociedad de consumo no puede hacer nada de eso, pero es capaz, claro, de mostrarnos el camino de la prosperidad y de la abundancia; es capaz de ayudarnos a conseguir un buen trabajo, una profesión rentable y combinar, al servicio de los compradores compulsivos, millones de centros comerciales con centenares de tarjetas de crédito de hermosos colores que hasta pueden hacernos creer, por algunos instantes, que ni siquiera estamos pagando lo que compramos.

Me acuerdo ahora de aquella frase del increíble maestro de Oriente Baldwin el Sabio. Él decía, riendo a carcajadas: “Por atractiva que te parezca la idea, no debes probar el veneno sin estar seguro de haber tomado antes el antídoto”.

Y el antídoto a la tóxica conducta de la adicción a la fuga por la vía del consumo es la conciencia de la verdadera necesidad oculta detrás de esa conducta y, desde allí, la recuperación del dominio de nuestras respuestas.

En un principio, podría ayudarnos a la hora de vencer la tentación de comprar y comprar el darnos cuenta de que podríamos vivir igual de felices sin cualquiera de esas cosas que nos urge poseer.

Podría ayudarnos intentar, por decisión, reemplazar esas horas de compras por un encuentro con alguien que –¿por qué no?– sea capaz de abrazarnos, sin metáforas. la sabiduría popular tiene razón cuando nos enseña que el dinero es un excelente esclavo, pero un amo cruel y despótico.

¿Deseas dejar de recibir las noticias más destacadas de cuerpomente?