Conciliar los opuestos

Libertad, seguridad o una tercera vía

Víctor Amat y Bet Font

¿Libertad o seguridad? Parece que elegir una va en detrimento de la otra. Quizá no se pueda tener todo, pero somos libres para establecer nuestras prioridades.

Henry Mintzberg dijo que la vida se puede resumir en un paso: mientras un pie permanece firme y seguro en el suelo el otro pie explora con libertad y en el aire. La analogía sugiere cómo conciliar dos términos aparentemente opuestos –la libertad y la seguridad– en un todo continuo.

El concepto de seguridad, por sí solo, plantea una incongruencia similar, pues si en lo cotidiano la seguridad se define como la ausencia de riesgo, también expresa un estado de ánimo y de confianza que asociamos a la aventura.

Todos, en algún momento, hemos sentido el tironeo interior entre la curiosidad de explorar nuevos mundos y el temor a los riesgos que comporta adentrarse en terreno desconocido.

Pero, ¿dónde está escrito que tengamos que escoger entre una vida libre o una vida segura? La importancia de conciliarlas y la lógica de la contradicción, a las que nos remitiremos más adelante, nos permite sumar y negociar sin tener que desdeñar ganancias o hacer renuncias no deseadas.

"En el fondo del mar se encuentran riquezas incalculables, pero si buscas seguridad, quédate en la costa". Con esos versos el poeta persa Saadi de Shiraz aludía a los tesoros internos que cada persona debe sacar a la superficie para convertirse en un ser único y completo.

Paradójicamente, el sentimiento de confianza es el motor que permite viajar al fondo de ese mar e integrar esas riquezas.

Las fuentes de la seguridad

La primera vinculación profunda que experimentamos es con los dos seres que nos dan la vida. Nos sentimos vinculados a la familia propia y a la que creamos. Más allá de esa red también tenemos necesidad de pertenecer conectados a un nivel más amplio: grupos, asociaciones, etnias, religiones…

Los seres humanos, al nacer, somos absolutamente vulnerables y dependiente durante años. De ahí las necesidades de protección, nutrición emocional o socialización que la familia proporciona, al margen del sentido de pertenencia.

La teoría del vínculo, expuesta por el psicólogo británico John Bowlby, afirma que el vínculo emocional que desarrolla el niño con sus cuidadores –que dan respuesta a sus necesidades físicas y emocionales– es lo que le permite posteriormente desarrollar sus competencias, crecer y madurar.

A través del hecho de ser aceptado y protegido incondicionalmente el niño podrá explorar el mundo que le rodea, disfrutando de la seguridad emocional básica para un buen desarrollo de su personalidad.

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¿Qué limita la libertad?

El ser humano alberga la esperanza de una vida significativa y rica en experiencias, y de ahí nace el deseo de libertad. El psicólogo y sociólogo Erich Fromm destaca la importancia de la libertad de actuar, es decir, de poder decidir qué hacer en función de un deseo legítimo.

Desde la infancia aprendemos a someter nuestro propio yo en beneficio de la familia o el grupo para sentirnos a salvo perteneciendo a ellos. Pero cuando una persona sofoca ese anhelo de ser ella misma se aleja también de su esencia curiosa. Las crisis aparecen, a menudo, cuando una parte de nosotros desea cambiar en detrimento de la otra.

La disyuntiva entre sentirse seguro y ser libre para actuar de manera diferente puede generar mucha tensión. Decimos "me gustaría X" o "debería Y", en vez de decir "quiero X" o "deseo Y".

Probablemente lo que nos llevaría al escenario temido sería el preguntarse: "¿qué necesito para poder hacerlo?" Quizá nos gustaría otro trabajo pero algo dentro de nosotros teme perderlo todo; o tal vez somos infelices en la relación de pareja pero la preferimos a la soledad.

De este modo, por ejemplo, podría ser que el deseo "me gustaría cambiar de trabajo" contenga la condición "sin ningún riesgo". O dejar una relación de pareja incluya la cláusula "sin equivocarme" o "sin dolor".

Puede que no sea fácil realizar un movimiento sin que surja el legítimo miedo a la pérdida; aun así, es preferible desenvolverse con el desencuentro y el miedo que ir encadenando renuncias y negaciones simplemente para adaptarse o ser aceptado.

Colaborando para avanzar: un ejercicio de negociación mental

Hemos sido educados en la creencia de que las cosas son blancas o negras, descartando terceras elecciones. Pero existen otras posibilidades. Así es en nuestra inteligencia inconsciente: podemos ser valientes y miedosos al mismo tiempo, o sentirnos felices de estar tristes.

La lógica de la contradicción, a diferencia de la aristotélica, reconoce esa coexistencia en lo humano. Enfoques como la Psicología Positiva y la PNL (Programación Neurolingüística) enseñan que la mente responde a la negociación. Por ejemplo, si alguien que está a dieta se permite una pequeña transgresión placentera al día, quizá pueda mantenerse más tiempo cuidándose que si se muestra demasiado exigente, exponiéndose a abandonar la dieta agotado por el esfuerzo.

Ante una disyuntiva vital puede optarse por una tercera vía, no excluyente, que cambie la perspectiva de la situación. ¿Qué sería lo correcto: poder "crecer" o tener seguridad?

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Podemos hacer cosas creativas para darnos cuenta de que la solución pasa por la colaboración: "esto y lo otro", en lugar de por la exclusión: «o esto o lo otro». Este enfoque formaría parte de lo que se ha dado en llamar lógica «no aristotélica», es decir, los contrarios pueden sumarse para conseguir un resultado diferente, nuevo.

La PNL propone un método interesante a fin de conciliar vías aparentemente opuestas. Para realizar esta propuesta necesitamos disponer de unos minutos en un lugar tranquilo.

  1. Identifica las partes que están en posiciones opuestas: Por ejemplo: "me gustaría ser más independiente pero tengo miedo de fracasar". Hay una parte "independiente" y otra, aparentemente contraria, que "me protege del fracaso".
  2. Busca el motivo. ¿Cuál es la intención de cada una de ellas? La parte independiente puede estar queriendo ser "yo mismo", mientras que la protectora puede estar pensando: «si fracaso, nadie me querrá», luego su intención es ser amada.
  3. Ofrece un reconocimiento por el servicio que cada una de las partes está haciendo. Incluso podemos solicitar a cada una que reconozca la intención de la otra.
  4. Acuerdo mutuo. Pidamos a las dos partes si pueden colaborar en encontrar nuevos comportamientos que nos permitan ser uno mismo y ser amados al mismo tiempo. Aunque no se nos ocurra nada de entrada, simplemente observemos qué ocurre con el problema a partir de ese momento. Si permitimos dejar la solución en manos de nuestro inconsciente, ¡es probable que los acontecimientos nos sorprendan!

Resolver el dilema: equilibrando seguridad y libertad

La seguridad es una necesidad emocional básica y muchos de nuestros actos están en consonancia con ella. Permanecemos cautelosos –cada uno en su justa medida– para mantener la dosis de seguridad física y psicológica que nos proporciona bienestar.

Pero no podemos dejar de lado otras necesidades humanas que nos llevan a arriesgar, como por ejemplo crecer, sentirnos significativos o contribuir a la dosis de incertidumbre que nos alegra la vida.

Si el crecimiento implica la búsqueda de equilibrio entre libertad y seguridad, permitirse crecer significa exponerse a la propia deconstrucción. Las crisis podrían considerarse así como una suerte de desequilibrios por los que una persona discurre a fin de no quedarse estancada.

Algunas personas quedan atrapadas en el dilema entre libertad y seguridad con tanta resignación que es su cuerpo el que expresa la sensación de aprisionamiento que experimentan sus necesidades. La ansiedad u otros síntomas pueden ser entonces un aviso de que es preciso atender ciertas cuestiones pendientes. En algunos casos puede resultar útil pedir ayuda psicoterapéutica para poder pasar a otro estadio con mayor soltura.

Hay quien vivencia la parte de sí mismo que se muestra más prudente como represora y hostil a sus deseos, sin caer en la cuenta de que esa especie de Pepito Grillo interno intenta protegerla para que se sienta a salvo. Ese miedo a actuar puede ser una llamada a investigar qué facetas de la personalidad están enfrentadas, sin juzgarlas.

Puede ser útil ejercer como una especie de anfitrión que negocia con sus invitados. Y al tenerlos a todos en cuenta se comprueba que cada uno quiere cuidar de nosotros a su manera.

Otras veces la búsqueda de libertad puede poner en acción un exceso de intrepidez que nos ponga en peligro o deje desprotegidos a quienes nos rodean. La bella y triste película Nadie sabe, de Hirokazu Koreeda, retrata ese cuadro: una madre agobiada huye con su pareja en búsqueda de la libertad dejando solos a sus hijos durante meses.

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Con frecuencia, el intento de mantener una presunta seguridad o la duda obsesiva respecto a si renunciar a ella se trasforma en resignación, evitación o desesperanza. Así ocurre con quienes llevan una doble vida por temor a las consecuencias que todo cambio encierra y a las pérdidas que toda elección supone. Quizás entonces surjan síntomas que indican que algo no va bien, o brote un malestar sin saber por qué.

Lo que ha pasado es que la solución que hasta entonces parecía eficaz –como evitar tomar partido, negar el conflicto o sublimarlo destructivamente– se ha acabado convirtiendo en el problema en la medida en que se apoderó de la persona.

También puede producirse un desencuentro con las personas a las que nos sentimos vinculadas o con las que existe un compromiso importante.

El paso a la adolescencia –un estadio de crecimiento– puede ser vivido como una amenaza por lo que conlleva de desestabilizador y crítico. Lo mismo ocurre en las parejas cuando entran en crisis por las dificultades relacionadas con su propio devenir, o con la superación de las etapas por las que pasa la familia (la crianza de los hijos, su independencia, etc.), o con las legítimas disparidades de ritmo en la evolución de cada miembro.

Uno de los espacios más habituales donde experimentar el conflicto entre la libertad y la seguridad suele ser la pareja.

Quien en la infancia no tuvo esa buena dosis de seguridad y aprendió a renunciar a su yo para ser querido, es probable que haga lo propio con la pareja, sojuzgando su deseo de libertad para actuar. La vulnerabilidad y el miedo a perder el amor del otro puede generar insatisfacción y dolor, o dar pie a relaciones patológicas.

Vivir prisioneros de los celos o negar los propios deseos conduce a la ira, la depresión o el resentimiento, todo ello con la intención de pretender una presunta seguridad, y perdiendo de vista que no es posible sostener una relación de pareja nutritiva y madura si está dominada por el miedo y la insatisfacción.

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La psicoterapia puede ayudar a ampliar puntos de vista y a intervenir en los desencuentros, teniendo en cuenta a los implicados dentro de su contexto y circunstancias. Las intervenciones familiares y de pareja tratan de apoyar los recursos individuales y del grupo y de fomentar experiencias más gratificantes para encarar el futuro con mayor esperanza.

En el terreno individual y familiar la mejoría también puede pasar por la aceptación: aprender a vivir sin tantas certezas ni exigencias, ni siquiera la de poseer un alto grado de seguridad.

Si nuestras experiencias dejaron que desear, siempre nos queda futuro donde ampliar nuestros recursos. Arriesgarse a experiencias diferentes brindará mayor confianza frente a la incertidumbre que estancarse.

Un pie en el suelo y el otro en el aire es lo que nos permite caminar. Los dos pies en el suelo serían demasiada seguridad; los dos en el aire, una libertad temeraria.

Volviendo a la analogía del caminar, sería como si la sincronización necesaria entre nuestros pies simbolizara el engranaje del todo, la necesidad permanente de negociar y cuidar de las diferentes partes.

Dado que como personas y como padres contribuimos a aportar pertenencia, vínculos y seguridad a los demás, eso nos convierte en seres responsables de cuidarnos y de influir positivamente en nuestros círculos.

En el paso –cada uno en su propio estilo andariego– está el equilibrio que nos permite seguir nuestro propio camino y crecer en él.

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