Plantas de compañía

¿Plantas dentro de casa? Sí, por favor

Ignacio Abella

Discretas y silenciosas, hacen los hogares y los espacios más habitables, transforman el microclima y depuran el ambiente. ¿Cuáles son las más adecuadas?

Las plantas en nuestro entorno, ya sea creciendo en el alféizar, en el huerto o en el interior de la casa, extienden sus efectos benéficos a su alrededor, haciendo nuestros hogares más acogedores y menos tóxicos, y conectándonos con el ritmo vital más básico y sencillo.

Motivos para llenar de vida tu hogar

En el mundo rural, las casas se protegían del viento y del frío plantando árboles, generalmente de hoja perenne, que amparan y abrigan los edificios. Pero, en la tradición, esta protección del árbol familiar atraía también la buena fortuna, de tal modo que en el País Vasco, si en un caserío sucedían muchas desgracias, solía decirse: “Esta casa es sin laurel”.

El moral de los patios castellanos es otro ejemplo de arquitectura inteligente: durante el verano, el árbol refresca y transpira, humidifica el ambiente, da sombra y crea una corriente que enfría la casa, mientras en invierno sus ramas desnudas dejan pasar el sol.

Los vegetales transforman de manera profunda el microclima de su entorno a diferentes niveles.

Del mismo modo, una planta de interior transpira y renueva el aire, regula la humedad y vivifica atmósferas enrarecidas por calefacciones y aires acondicionados. Su papel como filtro del aire es importante para nuestro bienestar. Cada vez que limpiamos las hojas, el trapo queda sucio del polvo, el humo y las partículas que la planta ha capturado y eliminado del aire que respiramos y de nuestros pulmones.

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Esto es lo que vemos, pero hay un efecto oculto de mayor interés. Nuestras plantas capturan y neutralizan no solo a través de sus hojas, sino también y de forma muy importante a través de las raíces, la tierra y los microorganismos que la habitan los gases nocivos: formaldehídos, benceno, tolueno y otros contaminantes que emiten las pinturas, barnices, adhesivos, maderas aglomeradas, aislantes... Sustancias tóxicas de efectos muy negativos para nuestra salud.

Plantas de interior: sin límite de espacio

Potos, sansevieria, helechos, drácenas, hiedra, ficus, orquídeas... son algunas de las plantas más efectivas para eliminar sustancias nocivas. Su capacidad depuradora guarda relación con la superficie que ocupan.

Resulta muy útil agrupar unas cuantas para crear un microclima saludable, pero una simple hiedra que no requiere mucha luz ni presenta dificultades de cultivo es capaz de absorber 12 microgramos de formaldehído por hora o eliminar prácticamente el benceno de una habitación, y todo ello mientras cuelga de manera elegante y pone una nota de vida en el hogar.

Habitamos edificios inteligentes, dotados de materiales y tecnologías asombrosas, pero cada vez más estériles y desprovistos de energía vital.

Solo la vida puede generar espacios saludables y equilibrados, y las plantas resultan claves para restaurar la salud física y psíquica de las personas y sus hábitats. No nos extenderemos sobre sus otros efectos benéficos, como la ionización del aire, pero te animamos a empezar a cultivarlas o a dedicarles más espacio y atención si ya lo haces.

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No sé nada sobre plantas... ¿por dónde empiezo?

Podríamos aconsejar libros o recurrir a comercios o expertos para comenzar, pero desde aquí recomendamos lo más simple y natural. Se habla con la vecina o vecino mañoso, que nos dará un esqueje de su planta favorita y los consejos para cultivarla.

La “hermandad de los jardineros” es uno de los pocos ámbitos en los que aún se comparte de manera natural y desinteresada el conocimiento y la curiosidad, los esquejes y las semillas. Ese será, sin duda, otro de los regalos que van implícitos con el nuevo “oficio”.

Salud física... y psíquica: echando raíces

La planta, no solo en sí misma, sino por todo lo que representa en cuanto a dedicación y cariño, es la antítesis del tiempo que dedicamos a las actividades de supervivencia o productivas o del que invertimos en mundos virtuales.

Podemos estar horas colgados del fijo o el móvil, pero de vez en cuando es bueno acordarse de vivir y regresar a la Tierra como quien aterriza tras un largo viaje espacial.

El que planta un huerto o un jardín desarrolla la certeza de que ya ha llegado y no desea estar en ningún otro lugar. Pero incluso las pequeñas plantas de la casa o de la oficina son capaces de actuar, sin que apenas nos demos cuenta, sobre nuestro estado anímico y nos ayudan a estar presentes, a sintonizar con el mundo de adentro y el de afuera, a olvidar por un momento las pretensiones de ser o hacer otra cosa.

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Como decía la flor al Principito de Saint-Exupéry: “Los hombres no tienen raíces, nunca se sabe dónde encontrarlos, el viento los lleva y esto les causa amargura”. Demasiadas veces nuestra frenética actividad nos impide disfrutar de la vida y echar raíces en el mundo de lo pequeño, lo hermoso y lo vivo, y para esto la humilde albahaca es la compañera y maestra más excelente.

Tulsí: la albahaca sagrada

Las plantas nos ayudan a acercarnos a lo vivo y fraternal que hay en cada uno de nosotros y en los demás. Por eso en muchas tradiciones las plantas son un símbolo de bienestar.

Un célebre mito hindú cuenta que cuando el dios Krisna bajó a la Tierra, los otros dioses empezaron a echarlo de menos e idearon una estratagema para hacerlo volver.

Satyabhama, esposa de Krisna, preguntó a Narada, hijo de Brahma, cómo podría tener para siempre a su marido. Este respondió que se posee eternamente en la otra vida lo que uno ha entregado en esta. Sin pensarlo, Satyabhama entregó a su esposo a Narada y ambos regresaron al cielo.

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No había pasado mucho tiempo cuando la reina, al no poder soportar la ausencia de Krisna, volvió a implorar a Narada su regreso y este improvisó otro ardid para impedirlo: si quería recuperarlo, tendría que entregar a cambio ofrendas equivalentes al peso del propio cuerpo de Krisna, pero advirtió a la reina, para excitar su orgullo, que quizá no tuviera suficientes riquezas para lograrlo.

En principio, aquello no parecía muy difícil. La reina Satyabhama construyó una gran balanza y en uno de los platos se sentó el dios mientras en el otro la reina iba colocando jactanciosamente las joyas y vasijas de oro de su inmenso tesoro. Era inútil; cuantas más riquezas amontonaba, más parecía inclinarse la balanza hacia el lado de Krisna. Impotente, comprendió que la tarea era imposible.

Fue entonces cuando pidió ayuda a la humilde y devota Rukmini, que al acercarse quedó desconcertada ante la absurda idea de tratar de igualar el peso del dios con objetos materiales.

Rukmini cogió una simple hojita de tulsí, la albahaca sagrada que crecía allí mismo, quitó todas las joyas de la balanza y en su lugar puso la hoja mientras pronunciaba el nombre de Krisna con devoción. La balanza se inclinó en ese momento de aquel lado como si el cuerpo del dios fuera tan ligero como una pluma.

La historia sigue contándose en nuestros días bajo diferentes versiones, y en todas ellas hay connotaciones religiosas, morales y filosóficas, pero al mismo tiempo realzan la importancia de esta planta que se utiliza en los rituales y la vida espiritual de gran parte de la India.

Se cree que la albahaca sagrada, que en esta tradición tiene origen divino, ejerce un influjo protector sobre los lugares en los que crece, alejando todo mal, purificando el entorno y guiando a quienes la cultivan y veneran por la vía que lleva hacia el paraíso celestial.

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En algunas regiones de la India, el altar de la casa es la propia tulsí, a la que se dirigen oraciones. Se riega y cuida con esmero en la creencia de que la divinidad reside de algún modo en esta planta que se relaciona con el perfume de la devoción y la humildad.

La albahaca en nuestra cultura

Las albahacas que cultivamos en nuestro entorno son especies diferentes pero estrechamente emparentadas con la tulsí sagrada.

Al igual que en la India, aquí forman parte de antiguas tradiciones, como el regalo de una maceta de albahaca como signo de buena vecindad que se realizaba en primavera entre las vecinas de los pueblos mediterráneos.

En Palma de Mallorca, un ramito de esta planta que llaman alfàbrega, cogido en la romería de San Bernat, sirve de protección durante todo el año, y aún tenemos en Bétera (Valencia) una fiesta de la albahaca en la que se exponen enormes plantas cultivadas con esmero y regadas hasta diez veces al día con el agua más pura que pueda encontrarse, de lluvia o de manantial a ser posible.

Durante todo el verano, la albahaca nos alimenta con su belleza y su aroma, se emplea como medicina o condimento, ahuyenta moscas y mosquitos y se convierte, al fin, en un signo de prestigio de los humildes, en todo parecido al árbol centenario de las casonas solariegas.

En el lenguaje simbólico de las casas de campo, una albahaca frondosa asomada a su ventana quiere decir: “Esta es una familia de bien”, y la lozanía de la planta demuestra el cariño y la benevolencia que desprenden sus moradores.

  • Para saber más Rachel Frely. Plantas beneficiosas y descontaminantes. Obelisco, 2013.

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